Ernesto Cardenal le debe a los Papas dos de sus momentos más esterales, por angustiosos. El primero, con Juan Pablo II, cuando el pontífice polaco lo reprendió, en pleno aeropuerto de Managua (1983), por su apoyo al Frente Sandinista y el segundo, de Francisco, quien lo reivindicó y levanto las prohibiciones eclesiásticas que el fueron impuestas y entre ellas las de oficiar misa, hace apenas unos días.

Cardenal fue ministro de Cultura durante la primera etapa del FSLN en el poder, justo después de la caída de Anastasio Somoza.

Despachaba en una residencia que había pertenecido a algún miembro del clan Somoza y que por aquellos días se encontraba en plena fuga.

Nicaragua, al inicio de los ochenta, era la esperanza de la izquierda en el mundo, porque podía transitar a la democracia y preservando el carácter social de su revolución.

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Acaso por ello, el presidente mexicano, José López Portillo, apoyó fuerte el proceso de cambio en el país centroamericano. Nicaragua significaba un equilibrio en un continente en el que aún prevalecían dictaduras de corte derechista.

Ernesto Cardenal, como otros sandinistas históricos, terminó alejado de Daniel Ortega y de su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo.

Las decisiones papales sobre cardenal dan cuenta de etapas distintas para la Iglesia Católica.

Cuando Juan Pablo II llegó a Nicaragua, dentro de la gira que también lo traería a México, el mundo estaba dividido por el telón de acero y se respiraba el aire cargado de la guerra fría.

Para un Papa polaco, todo gesto cercano al “comunismo” era una afrenta que le recordaba miedos antiguos.

Por eso Juan Pablo II veía con desconfianza a un sacerdote como Ernesto Cardenal, que no solo había apoyado a la guerrilla, sino que formaba parte de ella. Le dijo, y para que lo escucharan los comandantes sandinistas que, para recibir la bendición, “primero tendría que reconciliarse con la iglesia.”

Era un momento, además, de discusión con los teólogos de la liberación quienes, como Leonardo Boff, enfrentaron también la hostilidad del Vaticano.

El antiguo ministro sandinista se encuentra enfermo y a sus 94 años ha padecido la persecución de un gobierno de corte dictatorial como el de los Ortega.

No deja de ser una paradoja que las inclemencias espirituales que tuvo que padecer por décadas, tengan que ver con el apoyo a un proyecto político que se autodestruyó y del que no quedan ni las sombras.

El Papa Francisco juega también sus cartas en el tablero internacional. Así lo demostró con los acercamientos entre el presidente Barack Obama y los hermanos Castro en Cuba.

La reivindicación para Ernesto Cardenal lo es también para un político que supo mantener sus convicciones y nunca ser seducido por los demonios del poder encarnado por los Ortega.

Ahora y en la última etapa de su vida podrá oficiar misa y seguirá insistiendo, como desde hace décadas, que Nicaragua merece una mejor suerte y que no tiene que estar condenada a ser gobernada por sátrapas.

 

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