Por Edgar López Pimentel*

En materia de salud, qué duda cabe, el mundo ha avanzado a pasos agigantados: el avance tecnológico ha neutralizado varias de las principales causas de muerte y enfermedad que aquejaron a la humanidad por varios siglos. La esperanza de vida se ha elevado dramáticamente: la mortalidad infantil y materna han disminuido; el rumbo ascendente de epidemias como el VIH y las muertes por malaria se han reducido a la mitad, y, sobre todo, el acceso a servicios de salud es cada vez más universal.

Aún falta mucho por hacer. En los mercados en desarrollo, el acceso insuficiente a servicios de salud y a atención médica de calidad a precios accesibles, aunado a los cambios en los perfiles de las enfermedades que aquejan a la población, provocan un número de muertes prematuras significativamente más alto que el de los países desarrollados. Esta brecha impide que los países alcancen niveles más altos de productividad y una mayor calidad de vida. El problema también es generado por factores económicos: muchas veces los inversionistas y proveedores no encuentran las condiciones propicias para inyectarle viabilidad económica a modelos enfocados a la “base de la pirámide” -es decir, el sector más pobre y desprotegido de la población-, el cual asciende a 4,500 millones de personas en los países de bajo y mediano ingreso.

La salud conforma un círculo virtuoso: es resultado del desarrollo sostenible, al tiempo que lo impulsa y lo consolida. La salud produce desarrollo, y el desarrollo genera salud. Las personas sanas están mejor capacitadas para contribuir al bienestar de sus países. En todo el mundo, cada año 100 millones de personas caen por debajo de la línea de pobreza como resultado de los costos de atención médica. Mientras luchan por brindar mínimos básicos de atención, los países emergentes deben atender las enfermedades de una creciente población en envejecimiento, como el cáncer y la diabetes. El aumento de las clases medias y el aumento de la esperanza de vida presionan el aumento del gasto en atención de salud. La ampliación del acceso a la salud constituye un elemento fundamental de cualquier estrategia que pretenda poner fin a la pobreza e impulsar la prosperidad. Por ello, la banca de desarrollo debe brindar apoyo a empresas dedicadas a la atención médica y las ciencias biológicas mediante factores como el suministro de financiamiento, la difusión de conocimientos pertinentes para el sector, la mejora de parámetros clínicos y de gestión, la colaboración en el diseño de políticas gubernamentales y el apoyo a la cooperación entre el sector público y el privado.

De acuerdo con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), trazados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con miras a conseguirse en 2030, no hay progreso posible sin una respuesta contundente de los sectores público y privado a la creciente complejidad e interconexión de la salud y el desarrollo, incluida la ampliación de las desigualdades económicas y sociales, la rápida urbanización, las amenazas para el clima y el medio ambiente, el agobio continuo de enfermedades infecciosas, y los nuevos problemas de salud, como las enfermedades no transmisibles.

El cumplimiento de los ODS es una de las guías principales que guían el comportamiento de gobiernos, banca de desarrollo internacional, empresas y otros stakeholders comprometidos con el bienestar del planeta. Consciente de esto, la Corporación Financiera Internacional (IFC, por sus siglas en inglés), miembro del Grupo Banco Mundial, ha desplegado una agresiva estrategia para vincular al sector privado en proyectos de alto impacto en el sector salud. México juega un rol importante en este objetivo. IFC realizó a mediados de 2018 su primera inversión en el rubro farmacéutico mexicano mediante un paquete de financiamiento conjunto de alrededor de 100 millones de dólares para apoyar el plan de expansión de Genomma Lab. El financiamiento apoya la construcción de la primera planta de fabricación de Genomma en México.

Otro botón de muestra es el financiamiento de 160 millones de dólares otorgado a Siegfried Rhein. El financiamiento consiste en un préstamo por 75 millones de dólares de IFC más la movilización de otros 85 millones de dólares por parte de Bancomext y Monex.

La idea, finalmente, es que la banca de desarrollo y otros actores trabajen con compañías farmacéuticas locales y de tecnología médica global para brindar los últimos estándares de atención a los mercados emergentes de manera barata y accesible. El estado no puede hacerlo todo. El sector privado debe asumir su responsabilidad y enfocarse en la solución del problema.

*Edgar López Pimentel es especialista en responsabilidad social de Expok.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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