Fue en la década de los 80, cuando estudiaba en Japón y pudo conocer ahí el comportamiento de las partículas del agua debajo de la tierra, cuando a Miguel Álvarez Sánchez se le ocurrió implementar en México el concepto de presas subterráneas, una especie de enormes recipientes que captan el agua que corre por debajo de la tierra de manera permanente, pero que una vez que el ‘recipiente’ se llena, permite que el agua continúe su curso, casi siempre hacia el mar, como sucedería de manera natural.

Sin embargo, fue apenas en 2015, casi 30 años después, cuando Miguel Álvarez puso en marcha el primer proyecto de presas subterráneas en Querétaro, después de que la Comisión Estatal de Aguas lo contrató para dotar de agua a la comunidad de Charape de los Pelones, un lugar con poco menos de 1,000 habitantes.

A esa primera presa subterránea le han seguido varias más. La más reciente fue en Chihuahua, para dotar de agua a 2,600 personas en una comunidad tarahumara, con condiciones semidesérticas. Hoy esa comunidad goza de agua las 24 horas del día, además de utilizar el vital líquido para riego en 12 hectáreas de tierra de manera permanente.

“Para la construcción de estas presas trabajamos con casi 100% de materiales de los mismos lugares. Utilizamos bancos de aluvión, y con el mismo material hacemos lo que llamamos cortina. También estamos utilizando concreto y arcilla”, comenta el fundador de Presas Bajo Tierra.

Por este proyecto, el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual (IMPI) le otorgó a Miguel Álvarez la Patente No. 347027, bajo la denominación “Proceso para el almacenamiento de agua por medio de Presas Bajo Tierra y su posterior aprovechamiento”, lo que la convierte en la primera patente mexicana en el área de geohidrología , con una vigencia de 20 años y con grado de ‘prioridad’.

Las ventajas de las presas subterráneas

A diferencia de las presas al aire libre, que pierden al año entre 30 y 40% de agua por evaporación, las que están bajo el suelo no tienen este problema, asegura Miguel Álvarez. “Además de que la contaminación del líquido se reduce prácticamente al mínimo, pues la temperatura, la calidad del agua y la pureza se mantienen, ya que el contacto con el hombre es casi nula”.

Otra de las ventajas es que, hasta el momento, se han aprovechado pendientes en los lugares donde se han instalado para tratar que el agua corra hacia las comunidades de manera autónoma sin energía eléctrica de por medio. Las bombas que se utilizan para sacar el agua se activan con paneles solares, por lo que no se requiere ninguna línea eléctrica ni pagos mensuales por el uso de electricidad.

“Y el ciclo de vida de las presas es amplio. Estamos hablando de décadas”. Salvo aspectos como fracturas en las presas por eventos naturales como un temblor o una maquinaria pesada que la pudo afectar, no se requiere durante varios años la intervención del hombre en su estructura.

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Las pequeñas comunidades son las que más se pueden ver beneficiadas con esta iniciativa, considera Miguel Álvarez, por ser poblaciones distantes, sin servicios básicos en muchas ocasiones y de bajo número de habitantes. En México hay 180,000 comunidades con poblaciones de menos de 2,500 habitantes y 70% de estas poblaciones tienen problemas relacionados con agua, de acuerdo con el INEGI. “Presas Bajo Tierra es una opción para poder dotar de agua al 23% o 24% de la población”.

El proceso de construcción de estas presas es, en promedio, de seis meses. El monto de inversión es cercano a los 10 millones de pesos. “El principal reto al que nos podemos enfrentar al construir una de estas presas es su ubicación y el terreno; sin embargo de cada 10 proyectos que nos caen, 6 o 7 han sido positivos”, concluye Miguel Álvarez.

 

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