En 1823, John Quincy Adams como secretario de Estado del presidente James Monroe, reafirmaba la posición de los Estados Unidos respecto al colonialismo europeo en el continente y comenzaba una era expansionista y de posicionamiento del país en el continente americano.

Desde entonces, la Doctrina Monroe, junto con el Destino Manifiesto, han delineado la política de los Estados Unidos y han llevado el interés nacional a buscar la expansión y la hegemonía.

La premisa América para los americanos propició que la complejidad de los países latinoamericanos conformara un fértil “patio trasero” en el que inestabilidad de sus gobiernos, la polarización de sus sociedades y sus recurrentes problemas económicos requirieran de manera constante el “auxilio” de la súper potencia mundial.

Estados Unidos llegó al siglo XX con una importante ventaja respecto al resto de los países del continente; con un claro avance tecnológico, instituciones más consolidadas y una creciente economía. Por otro lado, desde México hasta el Cono Sur, los países tenían de manera recurrente insurrecciones, crisis económicas, conflictos sociales y una creciente élite política proclive a la corrupción.

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Los esfuerzos por amalgamar la presencia estadounidense en América Latina con el desarrollo democrático y económico de la región han sido numerosos y constantes. Así como constante ha sido el imponente posicionamiento del dólar como referente de estabilidad y crecimiento económico.

Conforme se fue delineando el nuevo equilibrio de poder posterior a las grandes guerras, la Guerra Fría ofreció un escenario en el que América Latina volvía a ser el escenario perfecto para la expansión del poder político, económico y ahora militar de Estados Unidos.

El surgimiento de la izquierda latinoamericana disparaba todas las alertas de amenaza desde el “patio trasero” y generaba todas las razones necesarias para contener el avance de los golpes de estado fraguados en el interior de las frágiles democracias tercermundistas.

Desde los años cincuenta, Estados Unidos ha intervenido en los asuntos internos de todo aquel país en el que, desde su rol de “policía del mundo”, considere se amenaza la democracia y la libertad. Sin embargo, sus intervenciones han condenado a los países latinoamericanos a una serie casi interminable de golpes de estado, guerrillas, corrupción y subdesarrollo.

La explotación sistemática de los recursos, naturales y energéticos, ha generado una profunda dependencia del Sur hacia el Norte, el establecimiento de gobiernos “tutoreados” por Estados Unidos a lo largo de la historia contemporánea de América Latina se suman a la larga lista de países alrededor del mundo cuya desafortunada historia no cuenta lecciones exitosas del intervencionismo estadounidense.

Hoy, preocupa Venezuela, duele Venezuela. Así como han preocupado y dolido un sinnúmero de capítulos de la historia en los que el intervencionismo no ha dejado más que guerra, pobreza, inestabilidad y crisis recurrente.

Sin duda alguna, el fin del régimen Chavista en Venezuela es inevitable (si, Chavista. Porque Maduro es legado de Hugo Chávez, quien es el principal responsable de la crisis humanitaria que se vive hoy en ese país). A dos décadas del inicio de un régimen populista y nocivo en Venezuela, parece que hoy por fin se asoma la luz de la democracia. La oportunidad que necesitan los venezolanos no viene de Estados Unidos, sino de su propia voluntad para salir a votar.

 

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