Venezuela enfrenta una crisis humanitaria que aunada a la falta de gobernabilidad ha terminado con el sueño mesiánico que alguna vez, Hugo Chávez representó.

La consolidación de la Revolución Bolivariana en 1999 y la llegada de Hugo Chávez a la Presidencia de Venezuela, fueron respaldadas por la promulgación de una nueva Constitución gracias al Congreso Constituyente convocado por Chávez como resultado de la Revolución.

Con 350 artículos la nueva Constitución prometía ser un proyecto complejo de reestructuración del Estado en el que se garantizaba el acceso a la educación media superior, sistema público de salud, mejores condiciones ambientales y derechos humanos de nueva generación.

Durante casi 15 años, Hugo Chávez tuvo a bien hacer uso de sus habilidades discursivas para promover una corriente anti-imperialista que le aisló del desarrollo comercial y económico, pero que llegaba, como todos los discursos “revolucionarios” a los corazones de los ciudadanos más vulnerados y olvidados de Venezuela (y quizás de América Latina).

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Con el paso del tiempo no sólo llegó la desilusión, sino que la pérdida paulatina de fortaleza comercial y económica logró polarizar aún más a la población y mermar de manera importante el poder adquisitivo y la tasa de empleo entre la población venezolana.

Durante 13 años el “sueño venezolano” parecía ser la respuesta a los ideales revolucionarios y bolivarianos que, suspendidos en el tiempo, esperaban su consolidación. Y durante este tiempo, mientras crecía la tensión entre Venezuela y “el mundo capitalista”, también crecía al interior la fortaleza de un sistema dictatorial, autoritario y desafiante que no solo gozaba con enfrentar discursivamente a las hegemonías capitalistas, sino que encontraba su fortaleza en los aliados regionales que poco a poco, siguiendo su liderazgo, adoptaban la idea de una nueva era bolivariana y neo-revolucionaria en América del Sur.

La figura de Nicolás Maduro se fue forjando silenciosamente dentro del primer círculo de poder Chavista y al llegar a la vicepresidencia de Venezuela, logró consolidarse como el heredero contundente de un régimen constitucionalmente validado y acorazado en sus propias instituciones. A la muerte de Hugo Chávez, Nicolás Maduro llega al poder no sólo con la sentencia anticipada que a la letra dice: “Las segundas partes nunca serán buenas”, pero además llega a un país en donde el modelo de desarrollo hacia adentro no logró concretarse; a un país con una población sumamente polarizada y en una región en donde se avecinaban importantes crisis políticas.

El contexto internacional no favoreció la estabilidad geopolítica en América Latina al menos, económicamente hablando y conforme ha avanzado la gestión de Nicolás Maduro, Venezuela se ha convertido en uno de los focos de alerta humanitaria política, económica y social más importante del mundo.

El resultado de la reciente jornada electoral asestó el golpe final a la esperanza de cambio y democracia en Venezuela, la bajísima participación del electorado (por miedo o desesperanza) resulta en un gobierno ratificado en mando pero no en legitimidad ni confianza.

El ciclo de elecciones fraudulentas que intentan legitimar el poder venezolano parece interminable. En los anales de la historia venezolana, han sido las guerrillas, las tiranías, los militares los actores que han llevado los cambios radicales al escenario político, económico y social.

A lo largo de esa historia, y a pesar de algunos destellos de desarrollo, el costo humano y material de la radicalización han llevado a Venezuela a un colapso de dimensiones catastróficas.

Nicolás Maduro seguirá negando la realidad evidente, la del país y la de él. La única vía para la recuperación de Venezuela es un cambio en el modelo económico, de entrada para negociar la deuda y acordar nuevos plazos de pago, al tiempo que se abriera el paso a las importaciones, pues probado está que la autosuficiencia no ha hecho más que aniquilar la producción interna. Claro está que mientras no haya elecciones libres y no haya un cambio en el reconocimiento de la Asamblea Nacional, Venezuela seguirá siendo el país con abundante riqueza, que lo tenía todo y al que le han destruido todo. Pero, por ahora, tendrá que esperar al menos seis años más.

 

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