Para contextualizar el liderazgo femenino, es necesario evocar la innegable pero limitada participación de la mujer en el ámbito público. Si bien es cierto que, de manera tradicional la mujer ha participado mucho menos en el ámbito público que el hombre, también es cierto que los patrones sociales y familiares han ido evolucionando y con ello se han desarrollado nuevos esquemas sociales que han permitido una mayor apertura a un estilo de liderazgo más femenino, más horizontal, en el que están presentes la sensibilidad, junto con la buena comunicación y el respeto por los valores y las diferencias personales.

Así pues, en el siglo XXI, las características del liderazgo difieren de las de antaño, y se deberían tener en cuenta la franqueza, la confianza, la creatividad, la capacitación permanente y la comprensión de otros, elementos que las mujeres han incorporado a su estilo de liderazgo, reemplazando con mayor horizontalidad las del arquetipo de la pirámide clásica que caracterizaba a las empresas.

El reconocimiento de la mujer en el ámbito público el día de hoy se generó a partir de la asociación de lo privado con lo público; es decir, de la paulatina incorporación de las mujeres en las actividades económicas y su permanente participación en el ámbito privado (hogar). En un primer momento, los ciudadanos de la posmodernidad vieron cómo el reconocimiento de los derechos de las mujeres quedaba reducido únicamente al deber ser, pero no lograba ser.

En esta sentido, la igualdad se convierte en desigualdad en todos los ámbitos de la vida social, consolidada a través de la violencia legítima y en muchos casos invisible que se lleva a la práctica contra las mujeres en su día a día, mediante la violencia institucionalizada y la doméstica.

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En 1979 Joan Kelly analizaba la relación entre capitalismo y patriarcado como un binomio que opera simultáneamente para reproducir las estructuras socioeconómicas dominadas por el varón perteneciente a un orden social concreto. Como resultado de esta conformación de la sociedad civil, a través de los años se perpetuaron la desigualdad y la violencia llevada a cabo contra las mujeres, que se mira como natural a la luz de las construcciones sociales de las identidades de género.

Es así que las dinámicas sociales y económicas actuales definen la desigualdad salarial y la violencia contra las mujeres, como ajustes que el sistema económico ha de ir haciendo, como restos que aún sobreviven de lo que fue en su día una sociedad machista, pero que “ya no lo es” (o al menos está intentando dejar de serlo).

Hoy en día, el empoderamiento de la mujer encuentra eco no sólo en la voz colectiva de la sociedad civil, sino en el mismo sistema internacional que con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, han buscado respaldar las acciones que promuevan un mejor y más pronto desarrollo en condiciones de igualdad para las niñas y mujeres.

En el siglo XXI, una de las prioridades es desarrollar desde lo local y hasta lo global, una agenda de políticas públicas que aseguren la atención acentuada en temas como la educación, la salud, el empleo, la seguridad, entre otros; cuidando tanto la equidad y los derechos humanos como la sustentabilidad de planes y programas que permitan en el mediano y largo plazo una importante mejora en las condiciones de vida de los grupos más vulnerables de la población alrededor del mundo.

Uno de los grandes retos de estas agendas es que con perspectiva de género en pro de una verdadera igualdad se generaran acciones para atender el creciente dilema de la ambición femenina, que consiste en desarrollar una carrera profesional y tener familia, todo al mismo tiempo.

La concepción de liderazgo femenino en el mundo del siglo XXI está ligada a esa idea de que las mujeres no deberían elegir entre el trabajo o la familia, a modo de exclusión, sino que por el contrario, hoy en día deberían existir aquellas oportunidades que permitieran compatibilizar la vida familiar/personal con el trabajo. Pero para llegar a esto, el liderazgo femenino requiere tener en las organizaciones y las instituciones aliados por excelencia, que sean más comprometidos con la célula básica de toda sociedad: la  familia; y por lo tanto, aliados más humanos.

 

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