Por Juan Fernández*

Cuando era niño, en la década de los 70, las opciones televisivas eran pocas y mediocres. Pero uno de los programas más gustados era la serie de caricaturas Los Supersónicos (The Jetsons), del extraordinario estudio de animación Hanna-Barbera. Además de haber sido una sana -y divertida- fuente de entretenimiento para muchos niños de mi generación, el futurismo tecnológico que presentaban los Supersónicos resultó ser inadvertidamente una fuente de inspiración para múltiples casos de innovación tecnológica que vemos hoy día, o que cuando menos, se encuentran ya en etapas de investigación y desarrollo.

A fuerza de repetición, lo que más recuerdo del programa era la introducción: se veía a la familia Jetson trasladarse a la escuela, al centro comercial y al trabajo en una nave conducida distraídamente por George Jetson, el papá. Cada miembro de la familia era lanzado en una especie de escape pod que volaba automáticamente hasta su destino. Al llegar a su trabajo, el papá Jetson, solamente oprimía un botón y ¡voilá! la nave familiar se plegaba para convertirse en un práctico portafolio con el que George entraba tan campante a su oficina. ¡Adiós problemas de estacionamiento!

Por increíble que le parezca a alguien de mi generación, y que se divirtió viendo a los Supersónicos, la tecnología de los vehículos self-driving ya se encuentra disponible, y llegó para quedarse. Existe una especie de carrera armamentista entre las empresas de tecnología -ver Waymo de Google vs. Otto de Uber- y las empresas automotrices tradicionales para desarrollar exitosamente el primer vehículo 100% autónomo: Ford Motor Company ha anunciado que en 2021 saldrá al mercado su primera generación de vehículos que no requieren conductores, pues carecerán de volante y pedales de acelerador/freno. Mercedes Benz ha probado con éxito camiones autónomos en las autobahns de Alemania. Tesla, el caballo negro de la industria automotriz, ha tenido avances significativos en su tecnología Autopilot y Elon Musk ha anunciado que para 2019 el conductor de un Tesla podrá dormirse al volante si así lo desea.

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Todo esto, repito, me sigue pareciendo salido de una novela de ciencia ficción, aún mejor, de un episodio de los Supersónicos.

Uno de los aspectos más relevantes de la tecnología driverless es el incremento significativo en la seguridad: un estudio del Departamento de Transporte de Estados Unidos muestra que las tasas de accidentes de los vehículos Tesla con Autopilot instalado en 2015 se han reducido en 40% desde entonces. McKinsey predice que cuando los vehículos autónomos sean predominantes, los accidentes viales podrán reducirse en un 90% con respecto a las tasas actuales.

Este incremento en seguridad naturalmente se traduce en beneficios inmensos: menos pérdida de vidas a causa de accidentes, reducciones masivas en gastos de hospitalización, y menores costos de reparación de los vehículos y vías de comunicación. Sin embargo, existe una víctima que puede sufrir daños colaterales enormes: la industria del seguro de daños.

Un reporte de KPMG indica que, solamente en Estados Unidos, las primas por seguros de daños de vehículos alcanzan los 200,000 millones de dólares al año. Aproximadamente el 80% de los siniestros se refieren a colisiones, por lo que estos eventos representan la mayor prima de riesgo contenida en el pago realizado por los asegurados. Si la siniestralidad de colisiones se reduce tanto como un 90% cuando los vehículos autónomos sean predominantes, estaríamos presenciando la gradual desaparición de este —hasta ahora muy redituable— negocio.

Y los consumidores no se conformarán con reducciones menos que proporcionales al costo de las primas que pagan actualmente: Elon Musk declaró recientemente que “si las compañías de seguros no ajustan el costo de las primas proporcionalmente al riesgo del vehículo, Tesla proveerá dicho seguro al costo adecuado”, implicando así la desintermediación de los aseguradores. De hecho, Tesla ya ofrece un paquete de mantenimiento y seguro como parte del precio de compra de sus vehículos. Y si piensan que Musk está alardeando, el CEO de Volvo anunció en 2015 que su compañía aceptará la responsabilidad total de cualquier accidente que ocurra mientras sus vehículos se encuentren en modo autónomo.

Algunas aseguradoras han identificado formalmente a los vehículos autónomos como un riesgo a su modelo de negocio, e iniciaron ya su proceso de reinvención. Un modelo prometedor es el que Google busca ofrecer como cobertura para los pasajeros en sus vehículos Waymo. Mediante la asociación con la startup de seguros Trov, los pasajeros del servicio autónomo Waymo estarán cubiertos contra daños y lesiones en caso de un accidente; la prima del seguro estará incluida en la tarifa del viaje.

Este modelo de negocio refleja una evolución interesante. El reasegurador Munich Re invirtió recientemente 45 millones de dólares en una participación en Trov, y se convirtió en el suscriptor de facto de las pólizas que se emitirán bajo este novedoso modelo. Lo verdaderamente innovador es que se trata de pólizas de seguro con micro-duración: el pasajero estará asegurado contra cualquier riesgo al momento de subirse a cualquier Waymo, y la cobertura expirará tan pronto el viaje concluya exitosamente y sin accidentes. Munich Re tuvo la visión de abandonar el modelo tradicional de seguros, pues irá conociendo la siniestralidad correcta conforme va recabando datos de los trayectos, y estos seguros de micro-duración pueden ser la innovación financiera que permita una más rápida adopción de los vehículos autónomos.

¿George Jetson habría comprado un seguro de micro-duración mientras transportaba desenfadadamente a su familia en su ovni autónomo? Lo dudo, pues invariablemente Jane Jetson le arrebataba la billetera antes de irse de shopping en su escape pod.

*CFO de Engenium Capital

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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