El gobierno entrante tenía ante sí la oportunidad de hacer una diferencia histórica y completar un ciclo de la transición democrática nacional. Pero parece que está empeñado en que no sea así de ninguna forma. Esta oportunidad se fundamentaba en un triunfo contundente en las elecciones con el 53.2% de la votación, con niveles de popularidad previos a la toma de posesión que rondan el 72%, así como una confianza del consumidor en niveles récord y mayoría simple en ambas cámaras. La mesa está puesta para hacer grandes cambios que por años se han estado pidiendo en el país para atender situaciones del mayor interés como lo son el ritmo de crecimiento de la economía, la atención a la pobreza, las medidas para reducir la desigualdad, el mejoramiento de la calidad de la educación, así como el combate a la corrupción y el fortalecimiento del Estado de Derecho.

Sin embargo, llama la atención que dos de las acciones más claras de cara al inicio de su administración hayan sido la decisión sobre revertir la obra en curso del NAIM y la eventual cancelación de la Reforma Energética. Por una parte, la decisión de consulta popular sobre el NAIM ha sido polémica por su naturaleza, su deficiente organización y marcada falta de representatividad. Es clara la necesidad de un nuevo aeropuerto y la obra tiene nivel de avance considerable, cancelarla según algunos rondaría los 450 mil millones de pesos y la alternativa que se ha ofrecido ha sido descartada por diversas instituciones y especialistas, independientemente de los costos a los usuarios y las limitantes para convertir al NAIM en un centro de operaciones (Hub) latinoamericano.

Por otra parte, la reciente iniciativa del grupo parlamentario de Morena para quitar la autonomía a los órganos reguladores en materia energética como la Comisión Nacional de Hidrocarburos y la Comisión Reguladora de Energía no deja de sorprender pues el hecho de contar con instituciones con autonomía de gestión, presupuesto propio, con comisionados transexenales y aprobados por el Poder Legislativo, así como con personal especializado y que trabaja con base en criterios técnicos ha sido uno de los grandes logros del México de los últimos años dejando atrás los gobiernos donde las decisiones eran tomadas “por un solo hombre”. Más aún, la cancelación de las siguientes rondas petroleras no hace más que pensar que se está desmantelando la implementación de la Reforma Energética.

La discusión sobre el NAIM en medios, con especialistas y en las sobremesas se había centrado en la conveniencia de construir el aeropuerto en Texcoco y a la imposibilidad de hacerlo en Santa Lucía, así como a lo apropiado o no del proceso de consulta que es una decisión más de carácter técnico-financiero que de preferencias, gustos o inclinaciones. En el caso de la autonomía de los organismos reguladores en materia energética la discusión se ha enfocado más hasta ahora sobre el futuro de la Reforma Energética y las implicaciones sobre esta. La discusión ha sido mucho más literal y menos se ha hablado de los mensajes que revelan.

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Si bien estas dos discusiones son válidas, hay un par de mensajes más importantes que estamos dejando de lado al enfocarnos más en ver las ramas que en el bosque. Ese mensaje tiene que ver con la relación del gobierno de México con su palabra. En ambos casos estamos hablando de revertir decisiones de inversión en las que nuestro gobierno dio su palabra ante inversionistas nacionales y extranjeros, que ha tenido un impacto directo en el ánimo de los inversionistas. Los mercados han sido prudentes y han dado la credibilidad del bono democrático al gobierno entrante.

La reversa a la obra del NAIM ha tenido ya un impacto económico inmediato y la de facto cancelación de la Reforma Energética tendría un impacto potencial de 500 mil millones de dólares, más la necesidad de realizar esas inversiones con recursos públicos que competirán con otras demandas apremiantes. Y el impacto mayor es sin duda en la seriedad como país para ser un polo de atracción de inversiones. Si a esto sumamos la cancelación de la Reforma Educativa, el control de los precios de las gasolinas, un nuevo papel para Pemex que implica mayores necesidades de recursos públicos, la construcción de nuevas refinerías, así como la reducción de las exportaciones de crudo para usarlo como materia prima necesariamente hablan de mayores recursos fiscales y debilitamiento de instituciones. Sería una suerte de regresión a épocas en las que el país se destruía y refundaba cada seis años, en el que no había una política de Estado sino todo era la apreciación del jefe del gobierno en turno. Cuando la política económica “se hacía en Los Pinos”, sin instituciones ni criterios técnicos privilegiando a la política.

Todo esto ha tenido ya un impacto financiero con la depreciación del peso, la degradación a negativa de la perspectiva de la calificación internacional de Pemex y la degradación de la perspectiva de los bonos mexicanos por varias calificadoras, así como las señales de que se va en reversa en las políticas de las últimas décadas no hacen más que enrarecer el ambiente económico. Una cosa es que los mercados den el bono democrático, la credibilidad y escuchen un proyecto que se había presentado como moderado y prudente, y otra muy distinta que consideren atractivo a un país cuyo gobierno que cambia las decisiones a su antojo y afecta de la rentabilidad de las inversiones.

Un tercer mensaje que se envía tiene que ver con esta necesidad de establecer quien es quien manda en el país. Esta suerte de recuperar la fuerza del Estado frente a los poderes fácticos que parece estar marcando su proyecto de gobierno. Esta explicación del devenir del universo a partir de “La mafia del poder” está por encima de la oportunidad histórica. En esta lógica es preferible destruir que construir sobre lo que se tiene. Es clara su posición al respecto y la reversa que está planteando a las principales reformas y, en particular, la cancelación del NAIM, se vuelven mensajes clave. Pero hacerlo así no funciona, el costo es altísimo, no es algo que la ciudadanía haya pedido en esa forma ni tampoco queda claro que esté en el interés de esta última el debilitamiento de las instituciones para concentrar las decisiones en un solo hombre y así fortalecer el papel del estado.

En las decisiones que ha empezado a vislumbrar el futuro gobierno hay un mensaje todavía más preocupante. Esta noción de que las decisiones se toman con una visión de alcance limitado, con soluciones de corto plazo, de parches, acciones para tapar el pozo. Esta narrativa de austeridad, de “estar fregados”, lejos de una visión de abundancia. La ausencia de una visión de abundancia nos deja en la escasez, en el privilegiar los costos sobre los beneficios, en lo “chiquito”, en las limitaciones, en lo “poquito”. La noción de división, de enfrentamiento, de los que votaron por Morena (los buenos) y los que no (“La mafia del poder”), el México de pobres y fifís, de revancha, de “quítate tú para ponerme yo”, el México de “ustedes” y “nosotros” opuesto a una narrativa de inclusión, de unidad, de sumar, de sólo nosotros, de trabajo en equipo. Por último, esta noción de un “partido” contra “otro partido”, “un grupo” contra “otro grupo” opuesto a pensar a un país entero. Opuesto a pensar en un México en el que quepamos todos, en ese México que funciona para todos.

Hoy en día tenemos el gran reto como democracia y como ciudadanía para tener un triunfo sobre el pasado. En nuestra joven democracia, como ciudadanos, hemos sido complacientes con el candidato por el que votamos. De pensamiento, palabra u omisión dejamos hacer, dejamos pasar. Y en esa comodidad hemos creado el espacio para la ausencia de resultados, hemos dado el beneplácito a las desviaciones de los gobiernos respecto al mandato que les hemos dado. No se trata ahora de dar un cheque en blanco o ser solidarios a ultranza con el candidato de tus simpatías o por el que votaste. Se trata de llamar a cuentas y comprometernos con la funcionalidad. Y si el nuevo gobierno se desvía del mandato que le diste, pues tienes la oportunidad de dejar de ser tapete y hacer esta vez una diferencia. Una nueva manera de ejercer la democracia. Es tu oportunidad y privilegio, de nadie más. México te lo reclama.

 

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