Por Adolfo Laborde*

Ante esta idea, cabría preguntarnos ¿Cuál sería la posición de nuestro país ante una eventual guerra entre Estados Unidos e Irán? La respuesta es compleja, sin embargo, podría ir de la mano con el apego a los principios de nuestra política exterior que se reflejan en el artículo 89 fracción 10 de nuestra constitución política, especialmente los referentes a la no intervención y solución pacífica de las controversias y la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales. En teoría no habría ningún problema, sin embargo, en el fondo estaríamos inmersos indirectamente en el conflicto dado la vecindad (posición geográfica de México) y por la larga lista de temas de la agenda bilateral. Simple y sencillamente el “amor y paz o en eso no nos metemos” no es suficiente. Recordemos lo que sucedió en el año 2003 cuando el Presidente Fox no asumió su responsabilidad (se sometió a una cirugía de espalda) de tratar el tema con su homólogo estadunidense George Bush Jr. por el caso de la invasión a Irak. En esa ocasión México se opuso a la invasión militar. Las consecuencias y represalias por parte de Estados Unidos a causa de la posición mexicana en el conflicto son difíciles de precisar, sin embargo, hubo enfriamiento de las relaciones bilaterales y la tan famosa reforma migratoria (enchilada completa) no volvió aparecer en la agenda.

Si bien es cierto todo parece indicar que el presidente Donald Trump ha decidido enfriar el conflicto no respondiendo militarmente al ataque perpetuado con misiles iraníes a dos bases iraquíes que ocupa en días pasados, prefiriendo mantener sanciones económicas que ahogaran la por sí debilitada economía de Irán, lógicamente esto no significa que ese país regrese en automático al acuerdo nuclear firmado en el año de 2015, mismo que ha sido desconocido por el gobierno de los Estados Unidos. De hecho, una de las primeras frases de su discurso del presidente Trump fue que “no permitirían que Irán tenga armas nucleares”. Si a esto sumamos la posición de Israel sobre el tema, la cuestión se complica aún más y está lejos de ser resuelta. 

Ante este escenario, nuestro país debe de preparar la estrategia que seguiría ante un eventual conflicto, la cual deberá poner sobre la balanza la importancia de nuestra relación con Estados Unidos, el apego al multilateralismo y a los principios de nuestra política exterior citados anteriormente. Es difícil saber en qué acabará este conflicto, sin embargo, además de las coyunturas de la política doméstica en Irán (protestas sociales por el malestar económico) y en Estados Unidos (juicio político y reelección de Trump) no hay que dejar a un lado la existencia de otros actores internacionales como China y Rusia que además de una nueva gobernanza global, demandan una transición de poder en el mundo. La pregunta en cuestión es si los Estados Unidos aceptarán dicho cambio de lógica de un mundo unipolar a uno multipolar y todo lo que de eso emane. No lo creo. La transición de poder está en marcha; los recientes acontecimientos en Medio Oriente que rebasan las coyunturas son una prueba de ello. ¿Estará nuestro país preparado para lo que viene en el concierto de las relaciones internacionales? Seguramente la respuesta la tendrá el Canciller, sus Subsecretarios, Embajadores y Cónsules que se reúnen durante esta semana. Esteremos atentos de sus propuestas.  

 

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*El autor es Doctor en Relaciones Internacionales. Profesor Investigador de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Anáhuac México.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

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