Miguel Caballero es un empresario, pero también es el nombre de una marca de ropa, aunque un poco suigéneris. Sus diseños están hechos para resistir cualquier embate violento de la delincuencia. Ésta es su historia.

 

Por Rafael Croda

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Para Miguel Ca­ballero, Centro­américa era un dolor de cabeza. Cuando comenzó a incursionar en ese mercado, hace cuatro años, este empresario colom­biano de la ropa blindada se encon­tró con que las bandas del crimen organizado en la región empezaban a utilizar los proyectiles de acero Wolf y Barnaul, que perforaban sus prendas de mayor demanda.

Esas municiones de aleación bimetálica y de origen ruso re­volucionaron el mundo delictivo centroamericano por su alto poder en su versión de calibre 9 milíme­tros, y se convirtieron en un desafío para Miguel.

“A esas balas se les conoce como matapolicías, y no había un blindaje que las resistiera porque en los estándares internacionales del blindaje esos cartuchos no existen”, recuerda este bogotano afable e hiperactivo de 47 años.

Miguel sabía que para ingresar al mercado centroamericano debía resolver ese problema, y lo hizo. En cuestión de meses, el departamento de Investigación y Desarrollo de su empresa inventó un nuevo blindaje, el III-A Plus, capaz de detener el trayecto de las municiones de gue­rra Wolf y Barnaul, de uso común en las cloacas del hampa y entre los carteles de la droga que operan en el Istmo.

El resultado fue evidente. Luego de un primer año flojo en Centroamérica, las ventas de Miguel Caballero en la región crecieron de manera exponencial: mientras en 2010 se ubicaron en 21,200 dólares, en 2013 llegaron a 1.5 millones de dólares, lo que sig­nifica un crecimiento de 7,000% en sólo tres años.

Y es que este empresario que apostó por un negocio insólito, la ropa blindada de diseño, ha hecho de la innovación una parte fundamental de su compañía, que además lleva su nombre y apellido.

Miguel Caballero es hoy una marca a prueba de balas que produ­ce camisetas, blazers, trajes, chaque­tas, guayaberas, camisas, chalecos deportivos y todo tipo de prendas de vestir con blindaje de alta tecnología que resiste impactos de Magnum .357, Glock, MAC y Mini Uzi, entre muchas otras armas.

Lejos de lo que podría imagi­narse de una prenda blindada, ésta es ligera, de unos cuantos gramos más pesada que una prenda común, y puede ser ele­gante, fresca o casual, de acuerdo con lo que el comprador requiera. Para crear ropa menos pesada cada día, más resistente y con mejores texturas, el departamento de Inves­tigación y Desarrollo genera más de 300 productos nuevos cada año, más de uno cada día hábil en promedio, lo que patentiza la capacidad de innovación de esa empresa.

“Yo quiero morir haciendo cosas nuevas”, sostiene Miguel. Entre los clientes de este administrador de empresas de la Universidad de Los Andes de Colombia, figuran 12 jefes de Estado (el rey de España, Felipe VI, es uno de ellos); presidentes de multinacionales; políticos como el exgobernante y senador colombiano Álvaro Uribe Vélez; estrellas de Ho­llywood como el actor Steve Seagal; gobiernos, fuerzas militares de una decena de países y corporaciones como el FBI y el Servicio Secreto de Estados Unidos.

La discreción es parte de este negocio y por eso Miguel Caballero poco puede hablar de las personalidades que usan sus ropas, pero se atreve a contar que un cliente lati­noamericano que reside en Miami le compró una colección de 23 prendas hechas a la medida por la que pagó 92,000 dólares.

El auge de esta empresa de nicho se refleja en que su facturación anual es cercana a los 14 mdd.

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Más allá de fronteras

Mientras cuenta su historia Miguel camina de un lado a otro en el área de Producción de su planta, ubicada en una zona industrial en las afueras de Bogotá. Cruza por entre las máquinas de costura, saluda a los empleados, entra de improviso al departamento de Investigación y Desarrollo, pide el dossier de un nuevo producto, atiende a una delegación de funcionarios policiacos de Costa Rica y pre­para una prueba de tiro con un revólver calibre .38 para mostrar el poderío del blindaje de una de sus chamarras.

Él viste una larga bata blanca que ostenta junto a la solapa iz­quierda el logotipo de su empresa: es su nombre en letras cursivas. El mensaje es simple e inequívoco: la aspiración de Miguel es global, mucho más allá de las fronteras colombianas.

La firma tiene presencia en el continente americano, Europa y el Medio Oriente, así como en los países de la antigua Unión Sovié­tica. Cuenta con 23 distribuidores en el mundo, oficinas operativas en Guatemala, México y Colombia, y plantas de producción en estas dos últimas naciones.

En su oficina del Parque Indus­trial La Florida dice a Forbes que el 80% de sus ventas se generan en el exterior y que de estas la tercera parte son en México y Centroamérica.

“Hace mucho que Colombia no es nuestro principal mercado”, indica este emprendedor que cursó su carrera en una época en la que las escuelas de administración no estaban interesadas en formar em­prendedores, sino gerentes.

Recuerda que el lema de la Uni­versidad de Los Andes a finales de los 80 y principios de los 90 era “Aquí formamos a los gerentes del futuro”.

“En el último año de la carrera (en 1992) me enseñaron algo que se llamaba juego gerencial, donde uno era el que administraba los recursos, pero nunca me enseñaron a conseguir recursos para generar una empresa”, dice.

— ¿Y cómo es que pasa de gerente a empresario?

— Creo que eso lo aprendí de un empresario con el que mi papá (Jor­ge Caballero) trabajó 42 años. Es un señor muy exitoso que se llama Arturo Calle (tiene una cadena de tiendas de ropa en Colombia que llevan su nombre) y a mí, desde los 12 años, no me mandaban de vaca­ciones, sino a los almacenes a poner las etiquetas a los pantalones y a atender clientes. Eso me formó.

 

— ¿Y cómo surge la idea de fabri­car ropa blindada de diseño?

— Es que una compañera mía de universidad tenía escoltas y usaban chalecos antibalas muy pesados, de seis o siete kilos, y muy incómodos. Eso me llevó a pensar en prendas cómodas, discretas y con blindaje, que pasaran desapercibidas sin afectar la seguridad de las personas.

Miguel plasmó la idea en su tesis de grado y con un capital inicial de 10 dólares creó su empresa. En un viejo edificio del centro de Bogotá arrendó una oficina que tenía como único mobiliario un escritorio y una silla que le prestó un familiar. La primera prenda que confeccionó, una chamarra con blindaje nivel III que pesaba siete kilos, se la vendió al papá de su primera esposa, un acaudalado empresario a quien le gustó el concepto que combinaba seguridad y discreción.

Eran principios de los 90 y Colombia registraba una escalada de violencia por cuenta del Cartel de Medellín —que libraba una feroz lucha contra el Estado colombia­no para impedir la extradición de nacionales a Estados Unidos—, la delincuencia común y las guerri­llas izquierdistas. En 1991, la tasa de homicidios llegó a 79 por cada 100,000 habitantes, la mayor en el mundo, y el asesinato se convirtió en la segunda causa de muerte, después de las enfermedades car­diovasculares. Los empresarios, los políticos y hasta el ciudadano co­mún temían por su seguridad, y las medidas de protección se volvieron un buen negocio.

Había siete guardaes­paldas privados por cada policía, pero no era claro que ellos o sus patrones requirieran prendas de di­seño. Por eso la propuesta de Miguel Caballero le pa­reció descabellada hasta a su propio padre, don Jorge, quien hoy está jubilado y le ayuda en su empresa.

 

Las más vendidas

“Los primeros cinco años de mi negocio —explica— mi papá me decía, ‘deje eso, deje de pende­jear y búsquese un empleo, pero mi testarudez no me dejó”.

— Pero es que usted creó un pro­ducto nuevo para el que no había demanda.

— Sí, pero yo sabía que había que crear algo nuevo, y le voy a decir algo muy importante: nosotros creamos la demanda porque esa de­manda no existía. Ese fue nuestro principal éxito, crear una demanda para un producto que nadie sabía que podría funcionar, como son las prendas blindadas discretas, de diseño y estéticas, como una gua­yabera o una camisa que a simple vista parecen comunes y corrientes.

Miguel, quien tiene 184 empleados, desarrolla nueve líneas de productos. La Black es su colección de mayor deman­da. Incluye desde camisetas de un kilogramo de peso que son imperceptibles bajo cualquier camisa y que cada año pesan menos por la incorporación de nuevos materiales, hasta chaquetas elaboradas con gamuza italiana. Los precios de esas prendas van de los 1,900 a los 4,000 dólares.

La camiseta Armor T-Shirt II, que tiene un sistema termorregulador y un nivel de blindaje III A, es la vestimenta más vendida. La usan exmandatarios como Uribe Vélez y gobernantes en activo como el presidente ecuato­riano Rafael Correa.

Las que Miguel llama prendas VIP —las Black, las Gold y las Plati­num— constituyen la cuarta parte de las ventas de la empresa, con unos 4 mdd proyectados para este año, y su demanda crece a un ritmo de 20% cada 12 meses.

Entre la colección 2014-2015 hay un portafolio de cuero blindado, que sirve como escudo en caso de un ataque, pero si la oferta de pro­ductos le resulta insuficiente a la clientela, siempre existe la opción de solicitar un diseño especial y a la medida. Puede ser desde una guayabera hasta una sotana. Esa es la línea platinum. Un saco de lana italiana o un smoking hechos a la medida pueden costar hasta 10,000 dólares por unidad.

Miguel Caballero produce ade­más escudos y cascos para policías; atuendos con blindaje pesado para labores de desminado y ropa de protección para motociclistas. Una de sus líneas más peculiares es la MC-Kids, que ofrece desde mo­chilas escolares con blindaje hasta chalecos antibalas para niños, con diseños casuales.

En una región azotada por la vio­lencia, Miguel Caballero no puede garantizar que sus prendas acaben en manos de capos del crimen or­ganizado ávidos de sistemas sofisti­cados de protección, pero él sostiene que toma sus previsiones.

“Yo duermo muy tranquilo porque desde el momento en que monté la empresa, en 1992, cada prenda va marcada con un código que la identifica para que no caiga en malas manos. Y además priorizamos vender a empresas, no a particulares. En cualquier caso, antes de cualquier venta consultamos la lista Clinton (creada por el expresidente de Estados Unidos Bill Clinton, y en la cual figuran empresas y personas vinculadas al blan­queo de dinero) y si alguien está ahí, no vendemos”.

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— Pero usted no puede garan­tizar que una prenda acabe en manos de un mafioso.

— Claro, no lo podemos garan­tizar, porque si usted como testa­ferro de un mafioso me compra, la prenda queda a nombre de usted, y eso es difícil de controlar para cualquier empresa o gobierno.

 

— ¿Se han dado casos de que su ropa acabe en manos de mafiosos?

— Que nosotros sepamos, ninguno.

En 2007, un cargamento de 650 chalecos y 10 chamarras blindados de Miguel Caballero fue robado en la ciudad de México mientras una camioneta los trasladaba del aero­puerto a la oficina de la empresa en el barrio de Polanco. Él puso la denuncia ante las autoridades judiciales y un año después versio­nes periodísticas indicaron que 40 de esas prendas habían apareci­do en manos de una célula del Cartel de Sinaloa desmantelada por la policía.

“Ninguna autoridad informó oficialmente de eso, sino que alguien inventó una historia y en el mundo de las especulaciones cabe todo. Yo pedí que me mostraran las prendas, porque todas mis prendas están identificadas con un código”, asegura Miguel Caballero.

Está sentado con la pierna cruzada en un sillón negro tras el que cuelga un gran óleo de un paisaje rural. Pone la taza de café sobre la mesa de centro, en la cual hay un ajedrez, y sigue platicando mientras agita las manos. De pronto ingresa su asistente y le indica que la delegación de funcionarios poli­ciacos costarricenses está lista para la prueba de tiro.

“Ah, entonces vamos y dispara­mos”, exclama.

El personal que trabaja en la lí­nea de máquinas de coser, mujeres en su mayoría, suspende labores cuando el jefe grita: “¡Atención, prueba de tiro!”. Luego pregunta a Fallas si está listo. Miguel le pide firmar un documento en el que acepta su participación en la prue­ba. Apunta el arma a la altura del estómago, a unos 10 centímetros del estómago, y dispara.

“¿Ven? No pasó nada. Prueba superada”, afirma mientras toma del blindaje el proyectil achatado, casi liso. El personal y la comiti­va costarricense aplauden. Fallas sonríe con un poco de inquietud. Miguel también sonríe y levanta los brazos, victorioso.

 

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