Cualquiera pensará que esa es la parte más difícil de ejercer la autoridad, de asumir el liderazgo, de ser quien manda. Pero, no. Hay que tener claridad en la forma en la que se sostendrá el rumbo y hay que enfrentar la crítica perene porque siempre se habrá de desafiar la certeza ajena de que alguien lo habría hecho mejor. Esa es parte de la carga que viene en el paquete. El problema es cuando hay cargas adicionales que se agregan casi en forma gratuita y que se convierten en piedras en el zapato que sacan ampollas y provocan dolores de cabeza.

Todos los líderes tienen una figura así: un hermano incómodo, un hijo descarriado, un invitado que no se sabe comportar, un yerno travieso, un amigo vividor. A la distancia, uno se pregunta cómo es posible que zutanito o menganita estén causando tantos problemas y cómo le hacen para que se les consientan tantos desaciertos, tantos abusos. El problema de estos personajes no es tanto lo que ellos son —que queda claro— sino lo que representan: son los flancos débiles de un líder.

De pronto, uno se llega a preguntar las razones que llevan a alguien a tolerar tanto: desde errores, incompetencias, groserías, ridículos. El líder se hace de la vista gorda y se traga el bocado amargo. Desgraciadamente, este tipo de personajes despostillan hasta a las figuras más impolutas, los jefes más intachables, los mandatarios más bien intencionados. Y, a la distancia, nos hormiguean las manos y se nos hace tarde para que se de un buen golpe de autoridad que ponga las cosas de una buena vez en su sitio. El problema es que no sucede y estos personajes aparecen por todos lados y las situaciones se reproducen con la rapidez y con la terquedad de los hongos. 

Pasa hasta en las mejores familias. Si miramos a las monarquías y nos detenemos en la casa de Windsor nos sobrarán los ejemplos. El más reciente gira en torno al príncipe Andrés de Inglaterra, el tercer hijo de Isabel II a quien se le despojó de sus obligaciones reales, aunque se le ha permitido conservar sus títulos nobiliarios. ¿Quién puede culpar a una monarca de 93 años?, ¿quién le puede exigir a una madre que ponga en orden a un hijo que ya está en edad de ser abuelo? Andrés de Windsor no tiene la exclusividad. 

También sucede en el mundo empresarial. Herederos que prefieren vivir una vida alocada que le dan carne de alimento a la prensa del corazón, que parecen más afectos al escándalo que al trabajo y que les gusta más estar en el mundo de la farándula que del negocio. Pienso en cachorros de empresas familiares que llegan a la dirección general de una empresa por decreto más que por mérito. Pero, el amor paternal no se exenta de encontronazos que producen altibajos. O, sucesores a los que les quedaron grandes los zapatos de sus antecesores y que no pudieron llenar la silla que les fue legada. Los ejemplos de muchachitos berrinchudos que quieren el poder pero no las obligaciones, que buscan el privilegio pero no la responsabilidad, sobran. Muchos tristísimos ejemplos terminan con las empresas y con los patrimonios que tanto reclamaron y que luego no supieron administrar ni proteger, mucho menos multiplicar. 

Desde luego, están los invitados que llegan y no saben ocupar su lugar. Se les abre la puerta con una sonrisa de bienvenida y en vez de portarse bien, se comportan en formas inapropiadas. Se ofrece refugio y se les sorprende en una llamada telefónica organizando revueltas que abren el camino a investigaciones por sedición y terrorismo. El anfitrión se ve en el epicentro de enfrentamientos y acusaciones de insurrección, de denuncias, dichos y desdichos, argumentos y mentiras. Pasa como el cuento del sapo y la ranita. La ranita se guarecía de la tormenta debajo de una hoja elegante. El sapo le pidió que lo dejara entrar. Ella sabía que el espacio no era muy grande, pero mostró compasión y lo dejó pasar. El sapo se empezó a inflar y a inflar. Ocupó tanto espacio que la ranita ya no cabía. Oye, no te infles tanto, le dijo. El sapo respondió: si no te gusta, salte. La ranita en vez de sacar al sapo a patadas, decidió irse a otro lado. 

Digo que esta es una carga que se agrega al paquete del liderazgo: pagar por los errores que cometen otros que están cerca del que ostenta el poder. Es la uña enterrada que molesta en el peor momento, es la mancha en la solapa, la media corrida, es la nimiedad en la que todos se fijan para dejar de ver los esfuerzos que se han hecho, los aciertos que ha habido. Estos personajes representan la oscuridad al final de túnel que el líder no quiere ver o que ve y tolera. Son el sol que se quiere tapar con un dedo. Es una de las razones por las que las palabras y los hechos de quien está a la cabeza, dejan de ser escuchadas y vistos.

El problema de estás personas que se convierten en la mosca en la sopa de los líderes es que muestran un nivel de empatía de cero, que su principal característica es estar ahí ocupando un espacio para generar problemas sin que nadie les pueda decir nada, sin que medie una nalgada oportuna, una reprimenda atinada, una advertencia que los lleve a ser prudentes. 

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Todos tenemos debilidades y puntos ciegos. No es novedad que el lado flaco de una persona sea alguien más. El problema es que estos personajes son un hilo fino, son el eslabón más delgado, la representación más débil de la imagen de un líder. Son la grieta por la que se puede derramar todo su capital político y simbólico. Es el cuervo que criaste y que terminará sacándote los ojos. No hay duda de que oponerse a tales situaciones es difícil, ya que la persona que decide plantear las objeciones que se tienen de un protegido, podrían dañar la relación con la persona que detenta el poder, lo que podría perturbar en forma negativa a sus oportunidades de carrera. El silencio no es opción. Nos puede convertir en cómplices por omisión. Soltar la lengua, tampoco es correcto ya que puede resultar contraproducente. 

La conclusión es que los patrones de comportamiento sesgado, ofensivo o abusivo sin control en el lugar de trabajo tienen el potencial de erosionar la participación total de los empleados y afectar la efectividad de la organización. A menudo las respuestas emocionales inhiben nuestra capacidad para abordar en forma adecuada y efectiva el problema. Si nos enojamos será imposible corregir esas conductas. Por eso, vale la pena dar un paso atrás y tomarse el tiempo para plantear lo que desea comunicar a fin de garantizar que el contenido de nuestro mensaje no sea socavado por su entrega. El tema es delicado y merece análisis para darle un planteamiento que sea aceptado y entendido. No es con chismes, es con hechos como se abordan estos asuntos. 

Lo correcto es acercarse con información verificable de lo sucedido, con datos medibles de lo que puede suceder si se siguen tolerando estas conductas. Es preciso hacerlo en forma profesional, objetiva y delicada. Informar y dejar que sea el líder quien justiprecie los datos y sea quien tome la decisión. Lo más duro es, cuando nos enfrentan a los datos, saber que como líderes hemos permitido que un agente externo debilite nuestra posición y tener que tomar una decisión. Evidentemente, es mejor decidir que hacerse de la vista gorda. A nadie le gusta tragarse las cucharadas de sopa con moscas flotando.

 

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