Trump dice: “Estoy contra la globalización y soy nacionalista”. Y como lo explicó al periódico El País, Francois Heisburg, presidente del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, con sede en Londres: “Trump a su manera rústica y simple, resume bastante bien la esencia de este nuevo tipo de nacionalismos, que es el rechazo de las identidades múltiples, de la complejidad, de la libre circulación de las personas y los bienes”.

El dilema de hoy en el mundo, al ver estos movimientos en conjunto, es que hay ocasiones en que no se encuentran las diferencias entre el nacionalismo, patriotismo o populismo. Igual vemos a populistas de izquierda como de derecha, o a nacionalistas con ideologías contrarias, arengando el mismo discurso de ir en contra de la globalización, defendiendo a sus países de la migración y en contra del libre comercio, cerrando fronteras o poniendo aranceles a sus exsocios comerciales. Algunos especialistas comparan estas prácticas políticas con el nacionalismo europeo de principios del siglo XX.

Hoy pareciera que nada tiene sentido en política, igual gritan Trump o Putin de ir en contra del libre comercio y el presidente chino pide defender el comercio global. Y qué decir de la última noticia de la Gran Bretaña, en donde ganó el polémico Boris Johnson, el promotor del Brexit será a partir de ya el Primer Ministro de Inglaterra.

En diferentes latitudes, estos movimientos cuestionan a las instituciones que fueron creadas en la postguerra o las que fueron creadas en sus países bajo la óptica del sistema posterior al llamado neoliberalismo, en donde como parte del proceso de globalización y la promoción del concepto democrático liberal, buscaron hacer a los gobiernos sólo rectores de la economía, erradicando a los monopolios públicos y privados. Hoy la ruta es regresar a una interpretación de concepto de Estado-nación, con un control sobre las importaciones, el comercio, la migración y replegarse a una economía interior, en donde esos nacionalismos buscan fortaleza hacia dentro de sus economías y aparatos de producción y con una política internacionalista muy débil o acotada.

Estos movimientos me traen a la memoria aquella frase que la historia le atribuye al Rey Sol, Luis XIV, y de lo cual por cierto no hay certidumbre de que la haya dicho: L’Etat c’est moi (El Estado soy yo), considerada la expresión más acabada del absolutismo y de la concentración del poder en una sola persona, esto a pesar del dilema de entendimiento, de que en aquel momento en el país se hacía lo que el Rey ordenara, pero el Estado no tenía las facultades que hoy tienen los gobiernos, por lo que sólo queda como una frase real de cualquiera de los presidentes nacionalistas de la actualidad.

Hace algunos días en Estados Unidos entrevistaron a Stephen King, famoso escritor de obras de terror, y que hace 40 años escribiera un libro llamado “The Dead Zone”, de la cual se filmó una película del mismo hombre, en la cual el actor Martin Sheen actúa como el candidato a la Presidencia. King afirma en esta entrevista: “hace 40 años ya veía y tenía el temor de que pudiera llegar a la presidencia un hombre, que, a través de decirle la población de clase media y baja, cualquier cosa que pudiera capturar la imaginación de la gente, y que en un principio lo tomaran como una broma, pero con el paso del tiempo en los mítines se prometieran tantas cosas que el pueblo se las creyera y votaran por él. Hoy esto es una realidad y me da más miedo que cualquiera de mis novelas, hasta pueden llegar a crear una guerra nuclear”.

Como estamos hablando de un autor de obras de terror y de una película, me veo obligado a terminar este articulo con la famosa frase con la que siempre terminan todas las películas, por aquello de deslindar responsabilidades, “cualquier parecido con la realidad de algún otro país o personas, es una mera coincidencia”.

 

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