Por Jimena Cándano*

Los seres humanos, a diferencia de otros seres vivos, somos criaturas sociales y esto debe a que nuestro proceso de sobrevivencia y adaptación se concentró en la agrupación y en el entendimiento de las acciones, intenciones y emociones de los demás. Si bien es cierto que somos racionales, muchas de nuestras acciones se llevan a cabo sintiendo más que pensando. 

Esto se debe a las neuronas espejo que actúan no solo en conductas motoras sino también emocionales. Además de ayudarnos a reconocer las acciones y los pensamientos del otro, desempeñan un papel muy importante en la comprensión de los comportamientos violentos, ya que el cerebro interioriza esquemas de acción y de percepción de acuerdo al contexto social y cultural en el que nos desarrollemos. La construcción de políticas de prevención del delito y reinserción social ha ignorado la empatía que necesitan las personas que han incurrido en un delito.

La ausencia de empatía por parte de las autoridades y de nosotros como sociedad, acompañada de otras variables como la violencia intrafamiliar, el fácil acceso a estupefacientes y la deserción escolar, desemboca en que la intervención en las medidas contra la delincuencia sea superficial y poco funcional. 

En la medida que entendamos que no nacemos con predisposición a la bondad o la maldad, que el humanismo se construye con base en nuestros procesos de socialización y que en la medida que éstos se lleven a cabo con una perspectiva de derechos humanos y empatía podremos comenzar a atender la violencia desde su origen, podremos empezar a revertir las tasas tan altas de delitos en México. 

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En temas de combate a la delincuencia y violencia, las neuronas espejos se ven envueltas en dos niveles, si un individuo en su etapa primaria vive en un ambiente violento e inhóspito, las neuronas se activan para replicar los actos violentos, se produce un trastorno de personalidad que incluso puede derivar en tendencias sociópatas imposibilitando al sujeto a ponerse en el lugar del otro, afectando su bienestar sin considerar las consecuencias que esto puede tener, por eso la estabilidad en nuestro entorno y los círculos sociales son cruciales en el desarrollo personal, que nos permitirá relacionarnos de manera sana con los demás. 

El segundo nivel refiere a la revisión de políticas y programas de prevención del delito y la violencia, como sociedad tenemos una enorme responsabilidad respecto de las y los adolescentes, debemos orientar los esfuerzos a garantizarles mejores oportunidades de estudio y empleo, considerar sus inquietudes y áreas de interés con el objetivo de alejarlos de las actividades delictivas e impulsar su desarrollo físico y emocional.

Dejemos la apatía atrás, trabajemos en reducir y eliminar el prejuicio de nuestra mente, si supiéramos por lo que está pasando el otro podríamos ayudar a generar entornos más seguros y estables para que las niñas, niños y jóvenes se formen. Entendamos que si les brindamos un contexto sano ellos podrán identificar sus aptitudes,  las desarrollarán y así encontrarán una herramienta que los aleje del delito como forma de vida, lo cual los hará más felices y comprometidos con su comunidad. Generemos un cambio de conciencia que ayude a mejorar las oportunidades para todos. 

Contacto:

LinkedIn: Jimena Candano

 

*La autora estudió la licenciatura de Derecho en la Universidad Iberoamericana. Obtuvo el grado de Maestría en Administración Pública, con enfoque en Desarrollo Comunitario y Transformación Social en la Universidad de Nueva York. Actualmente es la Directora Ejecutiva de la Fundación Reintegra.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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