Por Manuel Aguilera*

El prolongado ciclo que siguió a la Gran Recesión de hace una década parece estar llegando a su fin. En 2018, la economía global inició el cambio de ciclo y, con este, la desaceleración de su crecimiento. Tras alcanzar su máximo cíclico en el segundo trimestre de 2018, la economía del mundo ha ido perdiendo dinamismo de manera gradual hasta situarse en una tasa anual de crecimiento en torno al 3.6%. De cara a 2019, se prevé una desaceleración media de tres décimas adicionales, hasta alcanzar el 3.3%; un ritmo que ya se ubica por debajo del potencial de crecimiento global.

Esta desaceleración cíclica parece compartir tres características. En primer término, será asimétrica, con mayor margen para la mejora en los mercados emergentes y, previsiblemente, menores vientos de cola para los mercados desarrollados. Así, mientras que en 2018 las economías emergentes crecieron en torno al 4.7%, en 2019 podrían hacerlo cerca del 5%, y, por el contrario, los mercados desarrollados que crecieron en el entorno del 2.2% el año pasado, lo harán por debajo del 2% en este año.

En segundo lugar, la desaceleración de la economía preservará los sesgos monetarios y financieros divergentes que han estado presentes en los últimos años. En este sentido, la política monetaria global se ubicará entre la neutralidad que ha alcanzado la Reserva Federal, la laxitud del Banco Central Europeo y el Banco de Japón, el tono neutral del banco central chino, y la postura esencialmente restrictiva en el resto de los mercados emergentes como respuesta a la normalización monetaria estadounidense.

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Y finalmente, aunque se anticipa como ordenado, el proceso de desaceleración de la economía global será frágil y con riesgos a la baja. A pesar de que el escenario central anticipa que el ajuste cíclico derive en una corrección gradual de los desequilibrios acumulados tanto en los mercados emergentes como en los desarrollados, el balance de riesgos es a la baja y un escenario de ajuste más severo no es improbable. Por una parte, los riesgos que se avistaban hace dos años (los geopolíticos, los derivados de los desequilibrios soberano-financieros en China y en otros países emergentes, y los relacionados con la gobernanza económica regional y global), no solamente se han incrementado, sino que, en un entorno de menor crecimiento y mayor fragilidad, adquieren un carácter potencialmente más severo. Y por la otra, la compleja relación de la tríada “Estados Unidos–China–Mercados emergentes” ha cobrado mayor vigencia por tres motivos: primero, la política exterior estadounidense, y en especial su política comercial, ha puesto en tensión el orden multilateral (tarifas, pactos comerciales, tensiones fronterizas, etc.); segundo, la economía China prosigue su tendencia a la desaceleración (y no solamente por motivos cíclicos), dejando espacio para la emergencia de vulnerabilidades y planteando retos para acometer los planes de ajuste a sus desequilibrios, y tercero, las tres regiones enfrentan el costo de haber mantenido —o heredado— una combinación de política económica fuertemente procíclica a lo largo de la última década.

México en el contexto global

En este entorno de crecimiento en desaceleración protagonizado tanto por la política económica y exterior estadounidense y su relación con el bloque emergente, como por los riesgos que se anticipa dominarán el panorama global los próximos años, la economía mexicana podrá mantener su actual dinámica de crecimiento, pero enfrentando importantes retos.

En 2019-2020, el crecimiento de la economía de México podría situarse en el entorno del 2%, en promedio. Se trata de un ritmo de crecimiento por debajo de su potencial, pero en consonancia, por una parte, con los efectos de la desaceleración cíclica que liderará su mayor socio económico (Estados Unidos) y, por la otra, con las limitaciones estructurales que aún mantiene la economía mexicana. En este crecimiento influirá positivamente una demanda doméstica robusta como resultado de altos niveles de empleo, crecientes transferencias del sector público y remesas apreciadas, además de una política monetaria que buscará situarse en un sesgo neutral llevando el control de la inflación a la banda objetivo del Banco de México. Asimismo, a ese ritmo de crecimiento contribuirá el desempeño del sector externo, al haberse despejado las incertidumbres comerciales con la aprobación del USMCA.

En la otra cara de la moneda, los mercados parecen buscar garantías adicionales frente a la incertidumbre de la política económica y el aumento en la percepción de riesgo, como se aprecia en el crecimiento de la prima de riesgo del bono mexicano a 10 años durante los últimos meses. A ello, se suman dos hechos. El primero, el entorno que ha propiciado el sistema consultivo instruido por la nueva administración que podría abrir la puerta para modificar o dar marcha atrás a obras de infraestructura y reformas estructurales relevantes, con lo que la inversión privada y la inversión extranjera directa podrían verse afectadas en el mediano plazo. Y el segundo, la reciente baja en la calificación crediticia a Petróleos Mexicanos, que es no solo un tema de viabilidad futura de una de las principales empresas petroleras del mundo, sino también un asunto íntimamente ligado a la estabilidad de las finanzas públicas de México.

En definitiva, la economía global enfrenta un entorno de desaceleración que, en principio, se anticipa como ordenado y gradual, pero en el que abundan los riesgos, en especial para los mercados emergentes. Por el tamaño de su economía y su vinculación con el mundo, México se encuentra fuertemente condicionado por este entorno y, en esa medida, debe preservar la credibilidad de su política económica para garantizar una adecuada transición durante los próximos años.

El reto para la economía mexicana sigue siendo no solo superar el nivel de crecimiento sub-par que la ha caracterizado en las últimas décadas, sino también que ese aumento en la generación de riqueza vaya acompañado por una mejor distribución del ingreso, dotando al crecimiento económico de vigor, fortaleza y equidad. Como para tantos mercados emergentes, ese sigue siendo el gran desafío de México.

*Director General del Servicio de Estudios de MAPFRE

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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