Carlos Pérez*

Estados Unidos está dando un giro de 180 grados en materia de política comercial. El país que por décadas ha promovido la globalización se torna ahora proteccionista y nacionalista.

La globalización como tendencia económica ha promovido el éxodo de capitales hacia aquellos países que ofrecieron las mejores condiciones y ventajas comparativas para producir. Esa incansable tarea de hacer más con menos e impulso a la eficiencia para generar competitividad y rentabilidad se convirtieron en el común denominador en el ambiente de negocios del mundo capitalista.

Debemos ser claros en el sentido de que los gobiernos de los países establecen las reglas bajo las cuales operan los acuerdos y son los empresarios quienes deciden si esas condiciones les son favorables para realizar sus inversiones.

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En el largo proceso de globalización que lleva décadas, una vez negociadas las reglas de origen y disminuido los aranceles a su mínima expresión, surgen las iniciativas de mayor integración regional entre países, el crear una política migratoria y energética, impulso a la facilitación comercial, desregulación económica, eficiencia de procesos logísticos para hacer el flujo comercial más óptimo, etcétera.

En lo que concierne a la región de América del Norte, el enfoque fue crear mayor valor como región económica, y con el potencial para producir y vender en el mercado mundial. Ese era el estatus del Tratado de Libre Comercio de América del Norte antes de este cambio de timón.

Si México se convirtió en un país muy competitivo como maquilador o productor, fue por las condiciones ofrecidas a los empresarios y el potencial para satisfacer las necesidades del mercado estadounidense. No es casualidad que más de 81% de las exportaciones tienen como destino Estados Unidos, ya que el grado de integración comercial entre países es alto.

El mundo ha cambiado y es claro que la manufactura ahora es global e interdependiente, las tendencias que impulsan los acuerdos multilaterales reconocen la integración regional como consecuencia natural de la generación de acuerdos y bloques económicos.

Esta es una de las razones por la que nos hemos hecho dependientes hacia el mercado estadounidense, la economía más grande del mundo con una población que tiene uno de los ingresos per cápita más altos.

También es claro que ante los cambios de paradigma propuestos por la administración de Donald Trump, son las propias empresas las que definirán cuáles serán los destinos de la producción que se genera en México.

Durante 23 años se desarrolló una relación de negocios con beneficios económicos para ambas partes. Se ha creado una enorme interacción comercial y de negocios muy rentable que quizás no pueda romperse por aspectos ideológicos y políticos del Ejecutivo; debería ser en todo sentido un clamor del sector empresarial el hecho de que el acuerdo está alterando los intereses de los inversionistas.

En mi opinión, México deberá analizar el sentir de los empresarios y generar una política comercial e industrial que vayan de la mano con estos vientos de cambio; se vuelve prioritario generar nuevas oportunidades de inversión, impulsar y apoyar la exportación y diversificación de mercados para empresarios mexicanos.

*Carlos Pérez, con 25 años de experiencia en comercio exterior, despacho aduanal y temas arancelarios, es director general de NYCE y socio fundador del IMECE.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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