Más que la discusión acerca de si la economía está o no en una recesión, o si el crecimiento de 0.1% reportado por el Inegi para el segundo trimestre de 2019 indica que no lo estamos, el hecho es que la economía nacional se encuentra estancada. A pesar de que AMLO mantenga su optimismo con un pronóstico de crecimiento anual de 2% y festeje que no estamos en una recesión, al ritmo que vamos, lo más seguro es que tengamos un crecimiento cercano a cero durante el año. Y aunque públicamente el presidente dice que “vamos bien”, y que “no les funcionó el pronóstico del PIB a los expertos”, lo cierto es que las alarmas ya se prendieron al interior del equipo económico y se ha lanzado un paquete de estímulos a la economía por 485 mil millones de pesos. El miedo no anda en burro.

Más aún, el bajo crecimiento económico sorprende porque se da en un contexto de una expansión muy vigorosa de la economía de los Estados Unidos. Parece que esta vez cada país ha tomado su propia dinámica de crecimiento y que la locomotora estadounidense no arrastra ya a la economía mexicana como lo hacía antes. Como decía el dicho popular: “cuando Estados Unidos estornuda a México le da pulmonía, y cuando a Estados Unidos le va bien a México nos va requetebién”, pero esto ahora ya no está pasando. Hay viento a favor, pero no logramos izar la vela.

En gran medida, el estancamiento de la economía mexicana tiene que ver con decisiones propias y autoimpuestas. El cambio de sexenio históricamente inicia con un crecimiento menor al año anterior por el cambio de manos, esta vez acelerado con una curva de aprendizaje más larga de lo que estábamos acostumbrados en el pasado reciente. Decisiones como la cancelación del NAIM, la reversa en la Reforma Energética, la cancelación de subastas eléctricas, el arbitraje para los gasoductos, los errores en la importación de combustibles que crearon un desabasto innecesario (huachicol), todas estas son minicrisis creadas que han ido minando la confianza de los empresarios e inversionistas sobre el panorama económico. Y esto ha ocurrido al mismo tiempo que se insiste una y otra vez en el compromiso con la inversión privada y el respeto a los contratos e inversiones en marcha. Por su parte, las medidas de austeridad republicana no han hecho otra cosa que agravar el subejercicio del gasto público por el cambio de sexenio y se han convertido en un verdadero lastre que ahoga a la economía. Se “llevaron” el músculo para quitar algo de grasa.

Decir que la economía “va bien” y festejar que no estamos en recesión no ayuda en nada a recuperar la confianza perdida, que es el verdadero asunto que hay que atender. Actuar así resulta contraproducente, crea la sensación de que el gobierno no quiere sincerarse respecto a lo que ocurre. Es poner “más de lo mismo” que ha creado este clima que ha inhibido a la inversión. Más allá del “bien” o del “mal”, lo único que funcionará para recuperar la confianza será admitir públicamente el impacto de las decisiones propias y autoimpuestas y pedir apoyo para reactivar el crecimiento. Y sí, dar marcha atrás en muchas decisiones, aceleraría la confianza y el crecimiento.

 

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