Desde 1945 mediante la firma de la Carta de las Naciones Unidas, se estableció el primer acuerdo internacional de la historia para afirmar el principio de la igualdad entre hombres y mujeres. A partir de entonces, la comunidad internacional ha llevado a cabo normas, programas, estrategias y llamados a la acción con el objetivo de mejorar las condiciones de niñas y mujeres alrededor del mundo.

Desde las sociedades antiguas hasta el siglo XXI, las niñas y mujeres han tenido que sobrevivir a un mundo pensado y diseñado para hombres, en el que las oportunidades de educación y desarrollo se ofrecen a aquellos que gozan del privilegio de no haber nacido siendo mujer.

A pesar de los avances científicos y tecnológicos que trajo al escenario la primera Revolución Industrial, el campo de acción de las mujeres se ha visto tradicionalmente confinado a la voluntad de usos y costumbres que limitan su potencial.

Importantes han sido las participaciones de mujeres a lo largo de la historia, tanto antigua como contemporánea, que rompiendo paradigmas han cruzado las fronteras de lo permitido para escribir, junto a un hombre nuevas líneas en la historia.

Hoy en día, el empoderamiento de la mujer encuentra eco en la voz colectiva de la sociedad civil, a pesar de que el mismo sistema internacional, con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, han buscado promover acciones para desarrollar un mejor y más pronto desarrollo en condiciones de igualdad y equilibrio de oportunidades para las niñas y mujeres en el plano personal y profesional.

Sin embargo, el incumplimiento de compromisos por parte de gobiernos que dejan de lado el diseño de políticas públicas con perspectiva de género vulnera de manera constante el desarrollo de la mujer en diferentes planos y bajo condiciones de equilibrio para la mejor de sus condiciones de vida.

En el siglo XXI, una de las prioridades debería ser el desarrollo de una agenda de políticas públicas que aseguren la atención acentuada en temas como la educación, la salud, el empleo, la seguridad, entre otros; cuidando la perspectiva de género, así como la equidad y los derechos humanos, la sustentabilidad de planes y programas para permitir en el mediano y largo plazo una importante mejora en las condiciones de vida de los grupos más vulnerables de la población alrededor del mundo.

Desde la visión local, el desarrollo de una agenda de políticas públicas con perspectiva de género no sólo significa centrarse en la igualdad, la equidad y el empoderamiento de la mujer como derechos humanos; significa que sí se quiere crear una economía más fuerte, mejorar la calidad de vida de las mujeres, las familias y las comunidades es imprescindible proveer de las condiciones que permitan la participación plena y en todos los sectores de niñas y mujeres.

El aseguramiento de un piso parejo de oportunidades en el ámbito laboral para las mujeres es responsabilidad del Estado y apremia el desarrollo de ambientes de bienestar que permitan el acceso a un concepto de seguridad integral y sostenible.

Los principios del empoderamiento de la mujer permiten fomentar la igualdad de género y desarrollar los parámetros sociales desde los que se desarrolle el talento, las aptitudes y la energía de la mujer en todos los ámbitos de participación social bajo condiciones de equilibrio para mejorar.

 

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