Hay llamadas que se responden por deseo, otras por coincidencia, algunas por error y otras más por conveniencia. Cuando estás al frente del Ejecutivo en cualquier país, tu teléfono, tus llamadas, tus mensajes, tus conversaciones, son públicos. Es decir, responden al interés y al bien superior, que es el de la Nación.

No tomar la llamada de un homólogo podría incluso ser una omisión a las atribuciones enunciadas en el artículo 89 constitucional, que claramente señala la conducción de la política exterior mexicana como una de las principales responsabilidades del Poder Ejecutivo (si, del Poder Ejecutivo, no sólo de la persona que ostenta el cargo de presidente de la República sino de todos quienes integran el Gabinete).

La política exterior es en sí misma una expresión del interés nacional, por lo que no tomar la llamada del homólogo que quiere conversar temas de interés nacional es una omisión que incluso a la luz de la Ley de Responsabilidades de los Servidores Públicos podría ser observada.

En el marco de la actual crisis de la relación bilateral México-Estados Unidos, se ha dejado saber a la opinión pública que el presidente Trump intentó hacer contacto telefónico, pero, al parecer, el presidente López Obrador “estaba haciendo algo más importante” por lo que no pudo tomar la llamada. Se abre entonces lugar para el dilema ético del servidor público, pues tanto la agenda nacional como la internacional debería ser igualmente importante. Y mejor aún, esto pone sobre la mesa nuevamente la eficacia en los mecanismos transversales de ejecución de las políticas públicas actuales.

En otras palabras, debemos preguntarnos ¿cuál fue el seguimiento dado por el Canciller o la Secretaria de Economía ante esta llamada?

Las señales no favorecen el clima de incertidumbre, pues hoy se quiere recomponer el rumbo politizado de una imposición arancelaria cuando bajo la estrategia de negociación y solución pacífica de controversias y del uso de medios alternos para la solución de conflictos, atender esa llamada pudo haber hecho la diferencia.

El desaire y desdén que se muestra ante los asuntos multilaterales preocupa y no cabe en un mundo en el que México es un actor importante, un destino atractivo para los mercados y un punto de inflexión al interior de la región.

Nada justifica la ausencia en el G20, porque no es la ausencia de López Obrador, es la ausencia de México.

 

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