Sin mayores sorpresas llegó el primer informe de gobierno de AMLO. Como el hombre de formas, frases y símbolos que es, este primero de septiembre López Obrador simplemente se reiteró a sí mismo y a su gobierno. Todo empezó con el nombre: “tercer informe”. Andrés Manuel cumple los mínimos requisitos legales que su cargo exige, pero siempre prioriza su narrativa de cambio; pone el acento en su relación con el pueblo por encima de lo que, quizás, considera las formalidades, aunque estas sean constitucionales. Una vez más, la diferenciación al centro de su acción política y el contraste entre el pasado y el presente.

Y es que ¿qué más puede decir un hombre que habla más de dos horas todas las mañanas, que hace giras permanentes, que viaja en avión comercial y que se deja abordar por la gente con bastante facilidad? ¿Qué tanto más puede decir alguien que llega con más de 70% de aprobación según varias encuestas? Este primer informe fue para AMLO una simple oportunidad más de repetirse en cadena nacional.

El presidente se veía bien, relajado, de buen humor. Se sigue enfocando en cambiar las formas sin que sepamos aún si eso implicará mejores resultados. Por ejemplo: aunque se buscó romper con el show ostentoso que solía ser cada 1 de septiembre, en realidad AMLO siguió por el camino de despreciar lo que el informe representa para una República democrática. No olvidemos que la rendición de cuentas que significa que el titular del Poder Ejecutivo se pare frente al Legislativo tuvo su mayor deterioro con Felipe Calderón, quien no podía pisar la Cámara de Diputados tras las elecciones de 2006 y, por ello, se cambiaron los términos del informe presidencial. Lejos de devolverle su naturaleza política y democrática, López Obrador continuará debilitándolo bajo el formato de informes “monólogo” al pueblo de México, con las implicaciones que ello tiene para una efectiva exigencia de la representación popular que se supone encarna el Congreso -imaginando que existiera una oposición suficiente y digna-.

Por otro lado, un informe de gobierno es igual de importante por lo que dice que por lo que no se dice. Al analizar las palabras pronunciadas en más de una hora de mensaje, encontramos lo siguiente: la palabra “mujeres” fue pronunciada 1 sola vez, la palabra hombres fue pronunciada dos veces, la palabra indígenas 4 veces, mientras que la palabra comunidades se mencionó 10 veces y pueblo se dijo 22 veces. La palabra violencia se utilizó 10 veces, mientras que corrupción se utilizó 4 veces, impunidad 2 y justicia 8 veces. Al hablar de castigo y responsables, solo se refirió al asesinato de personas mexicanas en Texas. A las empresas y los empresarios se refirió 11 veces, pero la palabra medio ambiente solo fue mencionada una vez, para hablar de la Secretaría del ramo. La palabra Fifí desapareció del lenguaje del presidente una vez que ha sido sembrada en el lenguaje de la sociedad mexicana.

Las palabras importan y el peso que se les da, también. El presidente habla a partir de conceptos vagos que le permiten, por un lado, hacer pedagogía y, por otro, no asumir los costos de categorizar. Porque es claro que no es lo mismo hablar de violencia en general que de violencia contra las mujeres, no es lo mismo hablar de delincuencia organizada que de trata de personas, no es lo mismo hablar de justicia social que de su relación con los recursos naturales o la comunidades indígenas, no es lo mismo hablar de distribución del ingreso que de aumento de impuestos. Quizás, la habilidad para manejar esta ambigüedad es lo que permite al presidente mantener esa popularidad.

Lo que es claro es que estamos viendo a un López Obrador que frente al contexto económico apela al empresariado y a la obligación de representación amplia que tiene el gobierno: “somos servidores públicos, somos funcionarios, somos comerciantes, empresarios, por encima de todo somos mexicanos”, dijo el presidente en un tono positivo, pero que probablemente se dirige solo al sector privado, pues las organizaciones de sociedad civil no fueron mencionadas una sola vez.

Por supuesto, una vez más se equivocaron un grupo de analistas y opositores que anhelan que el presidente hable en el tono y en los términos que se usaban antes. No se resignan a dejar ir esas formas y a entender desde donde analizar y criticar la pedagogía y narrativa del actual gobierno. Mientras eso siga siendo así, no hay razón alguna (más allá de las propias circunstancias de gobierno) para pensar que el presidente se verá obligado a cambiar sus formas o su fondo.

 

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