Con el título de “Tercer Informe de Gobierno al Pueblo de México” el presidente López Obrador habló sobre lo alcanzado por su administración, a nueve meses de haber entrado en funciones. Tal controversia suscitó la denominación del evento que, en Twitter fue tendencia y generó duros señalamientos sobre la falta de respeto al formalismo de ser el Primer Informe de Gobierno, como lo dispone el artículo 69 constitucional. Y aunque la explicación es muy simple de por qué se trata del tercer informe que rinde el presidente, lo cierto es que el dato es revelador del tipo de controversias que hemos escuchado acerca del estilo personal de gobernar de López Obrador en estos meses: el de un hombre provocador, en sentido positivo y negativo del término.

Con un nivel de aprobación superior al 60%, el presidente llegó a Palacio Nacional a dar el informe que, más de gobierno o de resultados, fue un informe de acciones que ha realizado esta administración bajo su liderazgo. Para resumir el plan del nuevo gobierno el presidente ofreció la frase “acabar con la corrupción y la impunidad”, lo cual es coincidente con la exitosa apropiación que sobre este problema hizo en su discurso, desde que era candidato presidencial y que prácticamente cada día lo refrenda desde el inicio de su gobierno a través de las “mañaneras”. Y justamente estas conferencias que hace el presidente con los medios todas las mañanas hace que los contenidos de los tres informes que ha presentado el mandatario resulten altamente familiares en frases, conceptos y compromisos.

Uno de los aspectos a resaltar son las palabras con las que el presidente abrió su discurso: “el gobierno actual representa a todos, a ricos y pobres, a creyentes y librepensadores, así como a todas las mexicanas y mexicanos al margen de ideologías, orientación sexual, cultura, idioma, lugar de origen, nivel educativo o situación económica”. Esta vez no hubo insistencia en citar la “Mafia del Poder” salvo al hablar de la inseguridad y la violencia. En general, se trató de un discurso conciliador que recuerda a las palabras pronunciadas cuando ganó la presidencia y que, a más de un año de ese hecho, hoy tienen una valía particular, en un contexto económico y de seguridad altamente complejo.

Con justa razón el presidente dedicó buena parte de su informe a las decisiones económicas. No es un dato menor que, con motivo de los acuerdos logrados recientemente en torno a los gasoductos, las alusiones personales hayan sido hacia Carlos Slim, Carlos Salazar y Antonio del Valle, y solo una para un miembro de su gabinete, Manuel Bartlett, irónicamente sobre quien desde hace unos días yace la polémica por una supuesta fortuna inmobiliaria. Este tipo de gestos con el sector empresarial nos recuerdan que este último no es un monolito sino un actor plural dentro del cual algunos han logrado tender puentes estratégicos de comunicación y alianzas con la actual administración y que esta relación también está siendo capitalizada por el presidente.

Algunas críticas sobre este informe tienen que ver con una abundancia de autocomplacencia y una ausencia total de autocrítica. Habrán de correr todavía varios meses para estar en condiciones de evaluar las acciones de esta administración y medirlas a la altura de la promesa de una Cuarta Transformación, de la tesitura de otros tres momentos fundamentales de la historia de México: la Independencia, la Reforma y la Revolución. Para cerrar su discurso el presidente eligió recordar a Maquiavelo: “la política es virtud y fortuna”. En este momento del sexenio, el presidente y su gobierno deberá centrar sus esfuerzos en lo primero como si un cambio de fortuna fuera inminente.

 

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