DW.- Robert Byarugaba, que ahora tiene 45 años, se inició en la caza furtiva con su padre en la Selva Impenetrable de Bwindi, en Uganda, a la edad de ocho años.

“Mi padre me obligaba a seguirlo al parque porque yo era su único hijo”, cuenta Byarugaba. “Cazábamos furtivamente de lunes a domingo. Pasábamos todos los días en el bosque”, recuerda.

Padre e hijo no eran los únicos. Había muchos cazadores que vagaban por el bosque en busca de cerdos, antílopes, cabras y hasta gorilas. Los grandes simios podían ser sacrificados para alimentar a familias enteras. Su carne y determinadas partes del cuerpo podían, además, venderse por mucho dinero en el mercado de carne de animales silvestres o de medicina tradicional, donde se abastecen los curanderos locales.

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Uganda es el hogar de casi la mitad de los 1,000 gorilas de montaña que se calcula que sobreviven en el mundo. En 1991, cuando la población de primates se redujo a unos 300 animales, el gobierno ugandés convirtió a Bwindi en parque nacional. Esto se tradujo en una mayor protección y regulación del acceso al parque. Pero muchos cazadores furtivos continuaron cazando de todos modos porque su sustento dependía de ello.

Después de cinco años, Byarugaba dejó la caza furtiva y comenzó a cultivar café, pero no vendía lo suficiente para ganarse la vida. Como actividad complementaria, empezó a llevar a los turistas a observar aves en el bosque.

Desde 2017 todo ha cambiado para él. Gracias al trabajo de Gorilla Conservation Coffee, Byarugaba puede ahora ganarse la vida con los ingresos de su pequeña plantación de café, como él mismo dice. La empresa social asesora a los pequeños caficultores y les compra la cosecha para que no dependan del saqueo de la selva.

Rentabilizando el café

El proyecto fue iniciado por Gladys Kalema-Zikusoka. La veterinaria viajó por primera vez a Bwindi en 1994 y quedó impresionada por la pobreza que asolaba a las comunidades que rodeaban el parque. Posteriormente, fundó la ONG Conservación a través de la Salud Pública (CTPH, por sus siglas en inglés) para estudiar los mecanismos de transmisión de enfermedades entre los seres humanos y la vida silvestre. Rastreando gorilas en el bosque, solía atravesar fincas cafetaleras y tuvo una idea.

No todos los caficultores complementaban sus escasos ingresos con ocupaciones legales como el avistamiento de aves. “Encontramos que algunos de ellos eran cazadores furtivos y se dirigían al bosque para conseguir alimento para sus familias y leña para cocinar. No tenían suficiente dinero para comprar carne”, explica Kalema-Zikusoka.

Un campesino que encajaba en ese perfil era Safari Joseph. Comenzó a cultivar café en 2007, pero al igual que Byarugaba, durante muchos años no pudo vivir de ello. Se reunió con otras miembros de su comunidad para encontrar una solución. “Nuestro desafío era encontrar un mercado para nuestro café, ya que cuando empezamos con el cultivo de café, no había mercado para él”, explica.

“Entonces acudimos a la Dra. Gladys y la convencimos de que trabajara con nosotros y comercializara nuestro café. Dijo que sí, con la condición de que dejáramos la caza furtiva”. En 2015, Kalema-Zikusoka fundó Gorila Conservation Coffee.

Hoy en día, la marca abastece a tiendas de Uganda, Kenia, Nueva Zelanda, Canadá y Estados Unidos. Actualmente la organización paga el equivalente a 0.31 euros (0.34 dólares estadounidenses) por un kilo de granos rojos de café, casi el doble del precio normal de mercado. Los 500 agricultores que se benefician de estos precios superiores son miembros de la Cooperativa de Cafeteros de Bwindi, de la que Joseph es secretario.

Musimenta Allen, de 32 años, supervisa el cumplimiento de la cooperativa, asegurándose de que sus miembros cumplan con las normas legales y los métodos de cultivo sostenibles para proteger el bosque. También es una de las dos mujeres de la organización, una posición que emplea para asegurar que se escuche la voz de las mujeres productoras de café.

Desde que su esposo murió, en 2014, Allen ha tenido que mantenerse a sí misma y a sus dos hijos de su plantación de café. Solía depender del bosque para sus necesidades diarias, como la leña, pero desde que se unió a la cooperativa, en 2016, puede permitirse comprar leña en su lugar.

Safari Joseph y su colega Sanyu Kate, miembros de la Cooperativa de Agricultores de Café Bwindi, en Uganda.

Luchando contra los problemas de liquidez y de plagas

A pesar del logo del gorila, que distingue el café de Allen en las estanterías de los supermercados, las relaciones de vecindad con los primates en peligro de extinción no siempre son fáciles. A veces los animales también atacan su granja y destruyen sus cultivos. A Allen le gustaría que Gorilla Conservation Coffee proporcionara microcréditos a sus agricultores para ayudarles a aumentar su producción. “A veces me gustaría cultivar más café, pero no tengo suficiente dinero”, aclara Allen.

Asimismo, Joseph está preocupado de que Gorilla Conservation Coffee no siempre pueda permitirse comprar todo el café a sus agricultores, dejándolos frustrados.

Kalema-Zikusoka admite que esto es un problema. La organización depende de donaciones para pagar el café por adelantado y evitar así intermediarios. Sin embargo, la empresa a veces no tiene suficientes fondos líquidos para comprar tanto café como podría vender. “Como no tenemos suficiente dinero para comprar el café a los agricultores, no podemos satisfacer la demanda del mercado”, aclara.

A Byarugaba también le gustaría que la empresa social proporcionara mayor apoyo técnico. Aunque se forma a los agricultores en mejores métodos de cultivo, carecen de expertos para evaluar el estado de las plantaciones de café. “A veces nos enfrentamos a plagas y enfermedades de las plantas que no comprendemos, y los cafetos se secan”, lamenta el caficultor.

Una elección ética sobre la emoción de la persecución

Por otro lado, Byarugaba echa de menos los viejos tiempos, extraña el sonido de las campanas de caza y la emoción que sentía cuando sus perros atrapaban un antílope, así como los largos días de senderismo a través del bosque, que hoy en día rara vez visita.

“Me gustaba la caza furtiva, la mayoría de las cosas que más me gustaban tenían que ver con la caza furtiva”, admite Byarugaba, mirando hacia la Selva Impenetrable de Bwindi y riéndose entre dientes. Pero, en general, cree que vale la pena el sacrificio: “con el cultivo de café, puedo estar seguro de ganar lo sufienciente para pagar las cuotas escolares de mis hijos”, añade.

Según los últimos datos de la Autoridad de Vida Silvestre de Uganda, el número de gorilas en la selva de Bwindi ha aumentado de 300, en 1995, a más de 400 en la actualidad. Esta es una buena noticia para Byarugaba, porque su decisión no solo le asegura las cuotas escolares de sus hijos, sino que también ha contribuido a un bien mayor.

“Hubo años en los que me arrepentí de mi decisión porque podía obtener mucho del bosque”, admite. “Entonces empecé a ganar algo de dinero y ya no me arrepiento: esta vida es mejor que la anterior”, concluye.

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