En la entrega anterior de esta serie, se revisaron las diferentes propuestas sobre la mesa para regular a las Big Techs. En esta ocasión añadiré algunas consideraciones relevantes para hacer efectiva esta regulación, más allá de qué entidad u organismo esté a cargo de ello.

Algoritmos con más ética

Si bien es difícil relacionar la ética con los algoritmos tecnológicos que rigen parte de nuestra vida, el tiempo y los datos han demostrado que dichos algoritmos reflejan sesgos que consciente o insconscientemente les imprimen quienes los desarrollan, y que tales sesgos pueden ser flagrantes y enormes, o sutiles, infinitesimales.

Viéndolo de forma práctica es algo esperable: muchos algoritmos son los primeros pasos sobre un área a veces inexplorada, que son hechos por personas que tienen una forma particular de interpretar el mundo, y que los datos que introducen en los algoritmos pueden venir de diferentes tipos de fuentes, que tienen sus propios sesgos.

Ante ello, la pregunta de fondo es, ¿cómo mejorar estos algoritmos, para que tengan menos sesgos y puedan llevar a una especie de política pública con una ética más aceptable ante diferentes sociedades? Una respuesta está en la misma naturaleza de las leyes antimonopolio.

Como se destacó en un texto pasado, el paradigma de las legislaciones como la estadounidense se enfoca principalmente a que los precios no suban y la calidad no decaiga, por lo que parte del reporte regulatorio acaba ejecutándose como una lista de verificación de deberes. En cambio, una regulación como la europea, que tiene mayor amplitud de miras,  también pide a las empresas que anticipen efectos negativos de sus acciones y los mitiguen o eviten. Sería deseable evolucionar la naturaleza de la regulación y las formas en que se lleva a cabo su cumplimiento.

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Abrir los datos más que dividir empresas

Los conceptos de portabilidad y datos abiertos han sido utilizados para empoderar a los usuarios y darle un empuje tecnológico a las industrias. Sin embargo, abrir los datos de las Big Tech en formatos manejables por el stakeholder capitalism o capitalismo de partes interesadas, busca un efecto distinto.

En una industria basada en datos, ¿cómo se podría legislar sobre una materia de la que se desconocen muchos de los sucesos detrás de las plataformas? Una respuesta fundada en ellos permitiría entender mejor la operación de las compañías, sus efectos puntuales en el mercado y establecería medidas más justas para la sociedad. De no atenderse este aspecto, las compañías seguirán auto regulándose en la práctica, que es uno de los fenómenos que quieren evitar los reguladores.

De abrirse los datos, el volumen de información producida y por gestionar desbordaría a externos que no cuenten con una infraestructura adecuada, debido a la impresionante actividad por segundo de las Big Tech. Ante ello, se necesitaría un acercamiento para que los reportes de las tecnológicas sean relevantes, mientras que los externos tengan capacidad de procesar temas clave, sin inundarse de información.

Así, el enfoque parece más el de un sistema nacional de pagos con supervisión continua que el de una procuraduría que apenas puede atender algunos casos al año. Esto lleva a la pregunta, ¿quién pagaría tanto por los especialistas que realizaran dicha supervisión como por la infraestructura para soportar el análisis a esa escala? Y, ¿se necesitaría una parte especializada en todos los rubros, o una que integre lo que varias competencias supervisan?

Cabe destacar que estas empresas aún son innovadoras y no tienen prácticas rentistas, como sucede en capitalismos más oxidados, pero sus principales stakeholders, los inversionistas —muchas veces “inversionistas activistas”—, sí añaden factores como si fueran empresas rentistas a su valuación.

La agilidad debe llegar a la regulación

El enfoque regulatorio tradicional no es suficiente para atender a unos gigantes tecnológicos en evolución diaria, y para hacerlo se requeriría gran procesamiento de información y especialización por parte del personal. Además, requiere estar más basado en principios sólidos y gestión dinámica de riesgos que en políticas estáticas que parezcan una lista de deberes por cumplir. Inclusive, tendrán que trabajar con las Big Tech, que ya en el pasado se han pronunciado por ser reguladas.

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Por tanto, es inevitable que el regulador tenga prácticas de empresa tecnológica: agilidad, dinamismo, flexibilidad, colaboración, capacidad de respuesta, evolución constante y toma de decisiones basada en datos. ¿Qué agencia regulatoria tiene estas características? ¿Podrán los reguladores evolucionar del mundo lineal al exponencial, o bien, se tendría que crear una institución nueva?

Cruzar prioridades de interés nacional

Aunado a las consideraciones anteriores, es necesario y estratégico perseguir los siguientes tres objetivos: no asfixiar a las pequeñas tecnológicas, no retroceder en el ritmo y capacidad de innovación, y privilegiar la Inteligencia Artificial (IA) como una ventaja geopolítica futura. Vamor por partes.

En primer lugar, la implementación del Reglamento General de Protección de Datos (GDPR, por sus siglas en inglés) impulsado a nivel europeo, buscó mejorar la privacidad de los usuarios, pero un efecto relevante fue el encarecimiento de los costos de cumplimiento, especialmente para empresas medianas. Ante una regulación obesa y onerosa, las grandes empresas tendrán mayor capacidad para asumir los costos y administrar tanto el riesgo regulatorio como de cumplimiento… y esto podría ser inasumible para las startups de tecnología, que tienen el potencial de convertirse en grandes empleadoras. Así, parte de privilegiar la competitividad es que la escala sea adecuada para cada tamaño de empresa.

En segundo lugar, una regulación inadecuada corre el riesgo de cortarle las alas a las empresas tecnológicas, que generalmente lideran la innovación a nivel nacional e internacional. El modelo de innovación que más está bajo la lupa es el de fusiones y adquisiciones de startups, que en decenas de casos ha resultado en que el jugador grande absorbe a uno pequeño que tenía potencial de competirle. Este apartado requiere un análisis que se realizará próximamente.

En tercer lugar, el creciente nacionalismo digital, enmarcado por un mundo de hackeos, bloqueos, competencias entre polos, entre otras acciones, tiene a la IA como un pilar futuro, misma que ya recibe trato entre países desarrollados como asunto de seguridad nacional. La ventaja se obtendrá de factores como coordinación entre sectores, priorización del gobierno, cantidad de datos, tamaño de mercado, desarrollo de industrias clave, entre otros factores. Así, una regulación adecuada deberá calibrar sensiblemente esta consideración.

Conclusión

Las consideraciones vistas a lo largo de esta serie de textos muestran que, para regular a las Big Tech, se necesitan premisas nuevas y que la complejidad dinámica que tienen incrementa las posibilidades de error. Por tanto, lo más sensato es tener paciencia y ver este proceso como uno que requerirá muchos pasos correctos, y dados en el orden correcto. Mientras llega ese día, hay que preveer que las Big Tech serán aún más grandes, aunado que sería muy deseable aislar a la política de este proceso.

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No hacer nada, que también puede suceder, incrementará los efectos que ya hoy preocupan a los reguladores. Hacerlo sobre premisas cuestionables o al vapor será igual de malo, como nos mostró el caso TikTok, cuya resolución regulatoria no se ve clara luego de que la Casa Blanca de Trump tomara el caso personalmente para forzar una compra-venta, y éste perdiera las elecciones, aunque seguirá gobernando hasta el próximo 20 de enero.

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