Los luditas originales surgieron en Gran Bretaña en el siglo XVIII, preocupados porque las máquinas les quitarían sus empleos; los neoluditas temen que les roben su privacidad.

 

Por Kashmir Hill

 

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Una de las pocas cosas medianamente entretenidas de la tediosa Trascendence de Johnny Depp es su retrato de los terroristas antitecnología. En lugar de cambiar sus smartphones por yoga y meditación, los neoluditas usan mucho delineador de ojos, en los antebrazos portan tatuajes que dicen “Desconéctate” y están determinados a evitar que Siri llegue a convertirse en la Scarlett Johannson de Her, tratando de destruir al personal y las instalaciones de laboratorios que trabajen en cualquier tipo de investigación similar a la realizada por proyectos como los de Google-X.

En los últimos meses hemos visto algunos intentos menos radicales que buscan destruir la tecnología en el mundo real, sobre todo en forma de ataques contra personas que usan Google Glass, drones de otros, e incluso han atentado contra sus propios drones (los fans de los Sacramento Kings derribaron uno del equipo pensando que era de la policía). Al igual que en la película, los destructores no han sido identificados ni sancionados, con una excepción: Andrea Mears, de 23 años, fue acusada de asalto en tercer grado por atacar a un adolescente, Austin Haughwout, de 17, quien volaba un dron en una playa de Connecticut. Ella consiguió la libertad condicional, según han señalado algunas fuentes. Es fácil llamar a estas personas luditas, en honor de los trabajadores británicos que en vano intentaron hacer retroceder la marea de la mecanización de finales del siglo XVIII y principios del XIX, llegando a destruir las máquinas que, decían, les robaban fuentes de trabajo y reducían sus salarios. Algunos de ellos incluso mataron a los propietarios de la maquinaria. Las revueltas motivaron la aprobación en Gran Bretaña de leyes que castigaban con la muerte la destrucción de una máquina. Sin embargo, las motivaciones de los nuevos luditas son diferentes. Los originales estaban preocupados porque las máquinas le quitarían sus empleos; los neoluditas temen que les roben su privacidad.

“La gente está rechazando de forma confusa la tecnología motivada por el miedo a la ubicuidad de la red, que nos está absorbiendo”, dice Steve Jones, profesor de la Universidad de Loyola, Chicago, autor de Against Technology, sobre la historia de los luditas. Jones dice que los luditas originales eran tecnólogos que solían usar máquinas manuales, en especial para la confección de ropa y mercancías, pero a los que no les gustaba el desarrollo de máquinas hiper eficientes que eliminaban el aspecto artesanal de su trabajo y reducían sus salarios y puestos de trabajo. La definición de ludita ha cambiado desde entonces, dice:

“Ahora significa temer a las máquinas y a una fuerza abstracta llamada tecnología, en lugar de a la opresión económica y política. Las personas que dicen ser luditas son neoluditas y tienen la sensación de que hay una fuerza incorpórea, no humana, llamada ‘tecnología’, que es una amenaza.”

Y no hay un botón de apagado o una opción para darse de baja cuando esa fuerza nos rodea cada vez más, al estilo del Internet de las cosas (IoT), a menos que te mudes a la aldea amurallada ficticia de la que habla The Onion. La mayoría de la vigilancia tecnológica mediada es imparable físicamente; no se puede tirar una piedra a una cámara montada a un avión que vigila una ciudad entera, pero aquellos que se sientan incómodos con la vigilancia pueden arrancar la cámara montada en la cara de alguien y destrozarla cuando sea obvio que los estén grabando, o derribar un pequeño cuadricóptero que vuele a baja altitud.

Jones piensa que la economía está en juego en algunos enfrentamientos tecnológicos:

“Hay una reacción hostil y visceral ante una sensación general de clase y status. El objeto del odio no es la tecnología en sí, sino la diferencia de estatus que representa, en esa presuntuosidad implícita en aquellos que se muestran como Explorers o tienen lo más nuevo. El término Glasshole (de Glass y asshole o imbécil) lo dice claramente.”

“Un dron destruido y un ataque a un portador de Glass no hacen un movimiento”, afirma Kirkpatrick Sale, un académico que ha estudiado a los luditas y ha sido señalado como el líder del movimiento ne0ludita. “Que algunas personas piensan que un dron los está espiando es una cosa, pero si nos fijamos en la forma en que muchas personas quieren usar los drones —agricultores, policías, pizzerías, UPS, etcétera— verás que realmente es una tecnología nueva y popular, que pronto estará en todas partes y vamos a tener que adaptarnos a ella, como siempre lo hacemos con nuestra irreflexiva adopción y tácita aceptación de las nuevas tecnologías.”

Aunque debemos preocuparnos por los empleos perdidos gracias a las máquinas, esa angustia no parece estar impulsando a la gente a atacar los coches autónomos o celebrar fiestas para quemar sus teléfonos inteligentes.

“Los teléfonos inteligentes se han apoderado del mundo en menos de una década, hasta el punto de que la Suprema Corte de Estados Unidos los considera algo esencial y personal, como la identidad. Tenemos la forma de pensar de la que advertí en Rebels, adoptando a ciegas una tecnología tras otra sin ningún conocimiento de ella ni noción alguna de lo que hará de nosotros como individuos y como sociedad. Es una locura, y no sé cómo terminará”, escribe Sale vía email:

“No estoy seguro de que exista el ludismo real hoy en día. Había neoluditas en la década de 1990, y yo era uno de ellos. Advertimos del uso obsesivo de la computadora en todas las transacciones e interacciones, y ese movimiento se hizo humo cuando las computadoras, desde los chips hasta las laptops, se hicieron universales.”

Sales dice que aún hay antitecnólogos que tratan de reunirse alrededor de la causa, pero él piensa que es inútil. Los ataques a los drones y al Glass se detendrán y la sociedad deberá acostumbrarse a ellos y a la vigilancia que les acompañará, como lo ha hecho con tantas otras tecnologías. Al igual que los luditas originales, se rebelarán en contra de la máquina, pero van a perder. “Hemos perdido la batalla, no queda ni una pizca de ludismo, y los tecnolocos han triunfado”, escribe.

Steve Jones es más optimista que Sales sobre las pequeñas maneras de protestar por la tecnología a través de tecnologías diseñadas para permitir que puedas optar por mantenerte fuera de esa esfera de forma temporal. Será difícil esconderse de los drones en el espacio público. Pero hay fundas de Faraday para teléfonos inteligentes que permiten bloquear las señales, y ya hay un detector para bloquear Glass.

Al igual que los luditas originales, la gente hoy en día tiene una relación de amor-odio con las máquinas. “En el exterior parece ser odio a las máquinas, pero en realidad es una reacción ante la ubicuidad de la red”, dice Jones. “Una gran cantidad de personas con teléfonos inteligentes en sus bolsillos, que los valoran y no pueden vivir sin ellos, también los odian a veces.”

 

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