El nuevo gobierno, con la idea de transformar el país, ha querido tomar muchas decisiones y propuestas que en efecto quieren cambiar la inercia de la administración pública, de la burocracia y, definitivamente, de los cotos de poder en el país, desafortunadamente, se ha generado una terrible reacción en cadena que está generando un escenario de crisis que debió evitarse en el inicio de la actual administración.

Ha existido una gran polémica por los temas de la reducción de salarios de los burócratas, la descentralización de las oficinas de gobierno, la austeridad republicana, la reasignación de presupuestos, y se ha discutido mucho si son un tema de justicia social, de combate a la corrupción, etcétera, pero estas decisiones ya generaron una reacción en cadena nada favorable para la ciudadanía y menos para el gobierno mismo.

Si se reducen los salarios, los funcionarios renuncian, se llevan la información y el conocimiento, llegan los nuevos funcionarios a tomar decisiones que pudieran parecer lógicas, pero ante un entramado tan complejo como lo es la administración pública, afectan de manera grave otros frentes y así sucesivamente.

El mejor ejemplo es el tema de las gasolinas, se toma la decisión de cerrar los ductos cuando no existen suficientes pipas (este sistema de distribución era cosa del pasado), entonces se tienen que contratar servicios externos. De por sí el sistema de distribución es caro, con esta decisión se encarece más, incluso llega el momento en que se descontrola el servicio de logística, no hay suficientes choferes, entonces se tienen que pagar tiempos extra, los camiones empiezan a fallar, los humanos se cansan y todo se encarece. En paralelo, al cerrar los ductos, los almacenes se mantienen llenos, por lo tanto, no se puede descargar el combustible y los barcos se atoran en el Golfo de México y se genera el retraso y la lentitud en el abasto de gasolina. Lo que crea una crisis de magnitudes mundiales y la imagen de México no es la más adecuada en el sector de negocios globales. Todo esto ocurre justo cuando Pemex tiene que dar explicaciones a los mercados financieros y los resultados no son favorables.

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En administración de empresas, ya sean públicas o privadas, podríamos decir que ante el cambio de una administración, lo primero que se tiene que hacer es tomar el control de cualquier empresa, sobre todo de empresas tan complejas como Pemex, CFE o cualquier secretaría, proceso que normalmente lleva tiempo, pero si se quieren hacer cambios o transformaciones tan profundas con demasiadas prisas, se produce una reacción en cadena de eventos que no son nada favorables y pueden crear crisis y falta de credibilidad.

La Cuarta Transformación quiere hacer cambios profundos en nuestro México, lo que se considera un esfuerzo acertado, pero no se debe de correr antes de saber caminar, y menos antes de haber tomado el control. Se ha querido abarcar mucho y hacer cambios en muy poco tiempo, lo que ya ha generado la primera crisis, esperemos que esta experiencia sirva como una gran lección y se busque tener un ritmo más tranquilo, sobre todo porque todas estas decisiones afectan a trabajadores, a las empresas, a los ciudadanos y a toda nuestra democracia e involucran un fuerte cambio cultural.

En este caso los mexicanos somos, como lo dicen por ahí, un pueblo bueno, pero también somos bastante necios y nos movemos según la máxima de “hágase la ley en los bueyes de mi compadre, no en los míos”. Precisamente ahí es donde el pueblo bueno deja de serlo y lleva tiempo convencerse de los cambios, ahora bien, también es necesario ver resultados firmes, no solo historias de lo terrible que son las cosas, se necesita que los culpables paguen sus delitos.

 

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