Discursos sectarios permean las democracias alrededor del mundo, ya sea en Europa, Estados Unidos o América Latina. La estrategia de demonizar al adversario político no es nueva, pero parece más efectiva en los últimos años, como instrumento para ganar elecciones o conservar el poder. Amerita citar un ejemplo de lo anterior. Hace poco, con motivo de las elecciones en España, los analistas criticaban la pobreza de argumentos de una u otra alternativa, reducidos a decir que se abriría la puerta al caos si se votaba por la opción contraria. “Que viene la derecha” o “volverá la derecha” son proclamas que en ese país se han escuchado en voz de sus políticos, en varios momentos de su historia reciente.

Pero no es necesario ir tan lejos. El recurso del miedo lo hemos visto varias veces en casa, desde la elección presidencial de 2006 de la que se recordarán para la posteridad los spots que anunciaban que López Obrador era un “peligro para México”. Han corrido apenas siete meses del gobierno en manos de Morena y el balance del gobierno se debate entre opiniones polarizadas en redes sociales y la “comentocracia”, mientras que la opinión del grueso de la población sigue arropando el proyecto de la 4T, según lo confirman diversas encuestas de opinión.

Como si la sombra de la polarización recorriera el mundo, vemos diagnósticos compartidos sobre sociedades divididas y crispadas en Estados Unidos con Donald Trump o Brasil con Jair Bolsonaro. El amplio y polémico triunfo de este último ha quedado como un ejemplo de lo que podríamos ver en otros países en un futuro cercano. La elección brasileña fue el laboratorio perfecto de un candidato de ultraderecha capaz de capitalizar el enojo y el desencanto de la gente, en un contexto de corrupción, crisis y una campaña basada en fake news. Ni los adjetivos de racista, homofóbico, machista, su admiración por la dictadura, o su trayectoria previa más bien gris como político, fueron razones suficientes para contener su triunfo.

Para algunos, siete meses son suficientes para evaluar el destino del gobierno de López Obrador, en medio de vaticinios de que estamos ante el preámbulo de convertirnos en la Venezuela de América del Norte. Es la fecha que no vemos una reconfiguración de los partidos políticos tradicionales, a pesar de las recientes elecciones en algunos estados en este año, que trajeron algunos triunfos locales para el PRI y el PAN. Morena por su lado, enfrenta los retos inherentes a la transición de movimiento a partido, en medio de divisiones internas y la carencia de una base ideológica consistente capaz de aglutinar a la diversidad de posturas que, en el momento electoral, fueron bien recibidas. En este contexto, si acaso algunas organizaciones de la sociedad civil y empresariales se han manifestado como voces opositoras al gobierno federal en algunas decisiones controvertidas.

Mientras tanto, desde redes sociales o grupos de WhatsApp se intensifican las batallas virtuales contra López Obrador. La facilidad con la que fluye la información es tan solo proporcional con la fluidez con la que pueden correr noticias falsas y veraces compartidas por personas con alguna afinidad. Ante la ausencia de alternativas políticas tradicionales, es factible la emergencia de actores que sean la antítesis de López Obrador y su proyecto. La fórmula “Bolsonaro” o “Trump” no es infalible. Pero es una gran tentación para emularla en tiempos donde la verdad pasa a segundo plano, y confluyen crisis de distinta índole, además de hastíos largamente guardados. Felipe González decía que el gran peligro de la izquierda es la tentación de inventar el futuro para no comprometerse con el presente. El gran peligro para la 4T emana, paradójicamente, de sus gestores.

 

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