¿Ser un político antisistema es una estrategia de campaña, una moda, una crisis del sistema de partidos o todas las anteriores? Alrededor del mundo vemos ejemplos de que presentarse como un político antisistema o un antipolítico es la forma de abrirte camino en el campo político. Vaya contradicción. Los sorpresivos resultados de algunos referéndums, como el tantas veces mencionado Brexit, o de algunas elecciones como la apenas tenida en nuestro país, tejen el contexto en el cual se dan las narrativas antisistemas en este siglo XXI.

Son numerosos los ejemplos de discursos antiestablishment que están ganando el apoyo o el voto de los ciudadanos, casi en igual proporción que acérrimos detractores. Habrá quienes señalen que esos discursos ya han sido pregonados desde hace tiempo y que son inherentes a la política. Alberto Fujimori llegó al poder en 1990 sin experiencia política previa pero sólo dos años después impulsaría un autogolpe de Estado, con la bandera de sentar las bases de un Nuevo Perú y romper con la partidicrocia. Un discurso semejante al de Hugo Chávez, quien en 1998 ganó por primera vez las elecciones, con la promesa de romper con el duopolio partidista que dominó Venezuela por cuarenta años.

Sin embargo, a diferencia de estos ejemplos, parece que la narrativa antisistema se ha propagado en todo el mundo, sin distingo si son países desarrollados o democracias consolidadas. En Europa tenemos a Jeremy Corbyn, líder del partido laborista, quien ha mantenido un discurso anti-Unión Europea desde la década de los 70s. También tenemos a Emmanuel Macron, prácticamente un desconocido hasta hace poco, pero que, en las elecciones presidenciales francesas de 2017, logró hacerse de la victoria como candidato de su movimiento “En Marche!”.

En Estados Unidos está Bernie Sanders, el Senador por Vermont que le disputó la candidatura demócrata a Hillary Clinton, con un discurso autodenominado “socialismo democrático” y que logró ganar gran popularidad entre los jóvenes. Y desde luego, tenemos el caso de Donald Trump, quien probablemente mejor representa esta disrupción de la política tradicional, con un discurso abiertamente racista, sexista y xenófobo no solo como candidato sino ahora como mandatario.

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Recientemente en las elecciones presidenciales de Colombia, Gustavo Petro irrumpió la escena política con una serie de propuestas de gobierno contrarias al establishment tradicional y tras la segunda vuelta, puso a los electores en la encrucijada de elegir entre dos opciones políticamente opuestas. Y recientemente, Jair Bolsonaro se habría llevado la victoria de la elección presidencial de Brasil, si no hubiera segunda vuelta electoral en aquel país, a pesar de su retórica abiertamente homofóbica, racista y misógina.

¿Es correcto meter en la misma categoría a los políticos mencionados, separados por posturas ideológicas opuestas e intereses políticos y económicos concretos, en realidades tan diferentes como las de Estados Unidos, Inglaterra, Francia o América Latina? Es precisamente este carácter “transversal” del discurso antisistema que lo hace particularmente útil para entender lo que está pasando en diversas democracias. Por un lado, su maleabilidad permite que políticos de distintos orígenes y tradiciones puedan enarbolar tal narrativa mientras que, por el lado de los ciudadanos, se trata de un discurso generalmente sencillo y directo que habla de las cosas que les preocupan y a las que atribuyen el detrimento de su calidad de vida.

El tema es desde luego más complejo de lo que parece. Mirarlo únicamente como una estrategia en campañas para ver quién es capaz de capitalizar de mejor manera el descontento popular, cuenta solo una parte del fenómeno. Detrás del discurso antisistema hay una profunda crisis de representatividad política y un desencanto de amplios sectores de la población con las democracias, incluso las que pensábamos consolidadas. Vale preguntarnos en todo esto, ¿dónde queda la viabilidad de la democracia como la mejor forma de gobierno?

 

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