Por Oscar González Escárcega*

El pasado 10 de abril, Roberto, un estudiante del primer año de medicina, se sentó en uno de los sillones de su casa, como hace cada martes a las 5:00 de la tarde, tomó su visor de realidad virtual y unos guantes similares a los de un jugador de Polo. Estaba listo para iniciar su clase de anatomía y fisiología; desafortunadamente, esta vez su maestro inició algunos minutos antes la sesión.

Roberto, un poco angustiado, le preguntó a su compañero de ‘banca’, ubicado a su lado derecho dentro de un salón virtual, si había perdido mucho tiempo de clase. Éste le respondió que no, “que el maestro recién había iniciado con la disección del corazón y que estaba explicando la dirección de las arterias coronarias”.

El profesor se percató que Roberto estaba angustiado por los minutos que perdió y se dirigió a él para decirle que no se preocupara de más. Desde entonces, el joven estudiante se conecta minutos antes a su clase. Él está en la Ciudad de México. Su profesor en Massachusetts, Estados Unidos. Tomar esta clase a varios kilómetros de distancia, y en la comodidad de su hogar, es posible gracias a los sistemas de Detección de Emociones y Reconocimiento Facial (Emotion Detection and Facial Recognition, EDFR) y a las interfaces basadas en gestos.

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Con este sistema, los catedráticos y directivos de la universidad pueden percatarse cuándo los alumnos están distraídos, tristes, alegres, preocupados o interesados en las clases sin verlos o fijarse directamente en cada uno de ellos, pues el EDFR lleva un registro puntual de cada estudiante.

Para ello, se conjugan tecnologías cada vez más comunes, como big data, realidad virtual, realidad aumentada, inteligencia artificial, machine learning y deep learning, teniendo como base Internet de las Cosas (IoT).

Así serán las clases en un futuro no muy lejano, son desarrollos y tecnologías que ya se encuentran en fase experimental y que fueron presentados recientemente en la reunión Ellucian Live 2018, en San Diego, California, organizada por la compañía de servicios de tecnología para instituciones de educación superior Ellucian.

“Estas tecnologías permitirán que cada vez más jóvenes tengan acceso a la educación superior de alto nivel, será más fácil y accesible para todos, inclusive para los gobiernos, ofrecer educación a sus gobernados”, comentó a Forbes Latam Laura Ipsen, presidenta y directora general de Ellucian, ejecutiva que ha pasado por firmas tecnológicas como Oracle, Cisco Systems y Microsoft.

 

¿Desaparecerán los campus universitarios?

Con toda la tecnología que existe y la que está por venir es pertinente la pregunta de qué pasará con las universidades físicas y con servicios académicos, administrativos y estudiantiles, toda vez que una sola plataforma parece resolverlo.

Pero para el Chief Information Officer (CIO), una especie de vicerrector-vocero de la Universidad de San Diego, California, esto nunca se dará sin importar lo avanzada que esté la tecnología; a pesar de ser uno de los principales impulsores de tecnología en educación en Estados Unidos, Christopher Wessells comentó a Forbes que se debe buscar un balance entre una cosa y la otra.

“Recordarás que hace unos tres o cuatro años hubo una explosión de los cursos abiertos masivos en línea (Moocs, por sus siglas en inglés). Pronosticaban que las universidades caerían en shock por el número de estudiantes que perderían. Sin embargo, yo no creo que los jóvenes quieran privarse de venir a universidades como ésta (la Universidad de San Diego) y privarse de la interacción humana, cara a cara”.

 

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Argumentó que no se debe impedir, ni mucho menos eliminar el desarrollo humano que obtiene un joven de 18 años que inicia su educación superior, al convivir con otros alumnos y maestros en un lugar como la universidad. La convivencia física y personal entre clases, en las cafeterías del campus, en los jardines, en las canchas deportivas, en los mismos pasillos, es insustituible, dijo.

Wessells concluyó que las clases del futuro, en efecto, serán un híbrido entre lo virtual y lo presencial; sin embargo, en un campus universitario se realizan actividades paralelas que nutren el espíritu humano, como las deportivas y culturales, y eso no podrá ser sustituido por ninguna tecnología.

Por cierto, la clase de Roberto continuó hasta las 19:00 horas. Hasta esa hora, cada alumno pudo manipular el corazón, cortarlo, fragmentarlo, volverlo a unir, así como ver y palpar su funcionamiento; Roberto se despidió de su compañero del lado derecho que estaba en Ámsterdam, Holanda, de su compañero del lado izquierdo que estaba en Nueva Delhi, India, y de su profesor de Massachusetts.

Roberto, quien físicamente estaba solo en la sala de su casa, se retiró los guantes y el visor, listo para descansar y tomar otra clase media hora más tarde desde el sillón de su casa, en algún punto de la Ciudad de México.

*El autor es periodista de negocios.

 

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