Abraham Lincoln pronunció las siguientes palabras en el discurso de Gettysburg: “Puedes engañar a todo el pueblo parte del tiempo, y algunas de las personas todo el tiempo, pero no se puede engañar a toda la gente todo el tiempo”. Tarde o temprano, la verdad sobre nuestras capacidades se revela. Desde luego, todos tenemos un límite: somos humanos. Conocer nuestras fronteras es una herramienta profesional muy útil que nos puede ahorrar muchos sinsabores y evitar muchas vergüenzas. Lawrence J. Peter, en 1969 abordó el tema con su famosísimo Principio de Incompetencia.

Es verdad, el mundo ha cambiado mucho de aquellos años para acá. En 1969, se llevó a cabo el primer trasplante de corazón, el Boeing 747-100 hace un primer vuelo de 75 minutos, el Apolo X lleva a cabo los preparativos para un posterior descenso lunar, se emite el primer capítulo de Plaza Sésamo, las grandes corporaciones expanden sus operaciones a territorios más amplios. En fin, no hay ni Internet, ni teléfonos móviles, ni hornos de microondas, ni autos eléctricos es un planeta tan distinto que a los habitantes del siglo XXI nos costaría trabajo desenvolvernos en aquellas condiciones. La evolución de las teorías administrativas y de la forma de hacer negocios también se ha transformado. No obstante, hay una revalorización del Principio de Peter que vale la pena observar para ponerla a trabajar a nuestro favor.

A pesar de estar insertos en un mundo en el que los negocios tienen una caducidad más reducida, en que los modelos de Lean Startup y Canvas se han posicionado como métodos vanguardistas y en que lo efímero se ha convertido en una característica reinante, que las estructuras organizacionales se han achatado y las jerarquías se han aplanado, la propuesta de Peter se abre paso y llega a la línea de flotación para ser revalorada. El tema de la incompetencia salva la distancia del tiempo y nos pone a reflexionar.

El mundo laboral tiene prisa y ¿cómo no? La vida profesional ha sufrido un recorte en términos de los años en los que se le permite al Ser Humano ser productivo. Si estudiamos para obtener un grado de licenciatura y maestría para ser competitivos, estaremos entrando al mundo laboral bien remunerado alrededor de los treinta años y podremos quedarnos ahí máximo hasta los cuarenta y cinco. Esos son los cánones vigentes en el mercado. Eso significa que tenemos quince años de vida productiva. Por supuesto, entenderlo no sólo se genera prisa, también angustia. La ansiedad que se provoca al saber lo reducido del tiempo con el que contamos para concretar nuestros sueños nos precipita a una serie de toma de decisiones que pueden ser contraproducentes. Especialmente, si no tenemos claridad de lo que queremos lograr. La importancia del plan estratégico sube en el nivel de importancia.

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Es así como el Principio de Peter empieza a tomar vigencia de nuevo. El principio de incompetencia establece que los miembros de una organización se enfrentan a una estructura jerárquica y si realizan bien su trabajo serán promocionados, pero llegará un punto en que el llegará el momento de ser ascendidos a un puesto en el cual serán incompetentes. Aunque en principio, lo dicho por Peter parece contrario a la lógica y aunque su planteamiento nos parezca que está envuelto en una contradicción, no es así.

El principio de incompetencia es una realidad que puede afectar enormemente al rendimiento de un ejecutivo, de un emprendedor y también de un proyecto. Cuando un trabajo se realiza perfectamente, en numerosas ocasiones los ascensos acaban por colocar en puestos equivocados a las personas menos indicadas. En la emoción, terminamos aceptando responsabilidades para las que no somos aptos o acabamos postulando a candidatos que no podrán llevar a cabo la labor porque no son competentes. Tenemos tanta prisa que perdemos de vista lo evidente.

Situamos a buenos elementos en posiciones donde no van a poder ser productivos, ocupamos sillas que nos pueden resultar demasiado grandes. La consecuencia no es gloriosa: además de provocar frustración e insatisfacción, reducimos aún más el rendimiento. El desastre es redondo. Este es el gran problema de avanzar sin un plan estratégico ─personal o empresarial─, perdemos perspectiva de la misión y la meta; olvidamos los objetivos y traicionamos la estrategia. Con la mejor de las intenciones, se afectan los resultados de una empresa, ya que en su estructura jerárquica alguno de sus escalones es defectuoso. Los eslabones de la cadena de valor se debilitan y ponemos en riesgo el proyecto en su conjunto.

Si uno o varios de los puestos de responsabilidad están ocupados por empleados con un alto nivel de incompetencia, las decisiones que tomarán dichas personas serán erróneas, negativas e incluso catastróficas para cualquier negocio. Incluso es posible que los propios ascensos sean decididos por empleados incompetentes, por lo que se crea un círculo vicioso. Por su parte el empleado, tentado por el aumento de poder y sueldo que conlleva un puesto superior, acaba aceptando la promoción. El espejismo nos lanza a nuestro techo de incompetencia.

El pesimismo con el que Peter planteó su principio tiene que ver con una vena sarcástica y algo cruel de ver los negocios. No obstante, la verdad de su postulado es contundente. ¿Cuál es la solución? Entender que las relaciones laborales se basan en un sentido de utilidad profesional. Tenemos que tener muy claro cuál es el camino que queremos recorrer, cuál es la meta a la que queremos llegar y la misión que queremos ejercer. Si tenemos claridad en estos conceptos podremos valorar los riesgos y ventajas que se presentan cuando una nueva ventana de oportunidad se abre frente a nosotros.

El Principio de Peter nos advierte si al tomar esa opción nos estamos precipitando a nuestro nivel de incompetencia, si es así, lo mejor es dejar pasar y enfocarnos por obtener la oportunidad que verdaderamente será la que nos impulse hacia adelante. Porque como dijera Lincoln, no es posible engañar a todos, todo el tiempo. Y, las consecuencias de no entenderlo, generalmente no nos agradables. Cuidado, una carrera de ascensos no planeados acabará por estancar a las personas, lanzándolas a su techo de incompetencia.

 

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