Más cuesta mantener o equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía.  Simón Bolívar

Tratar de encuadrar la actual situación de Venezuela en definiciones que llevan a debate acerca de la legitimidad del movimiento o el término a utilizar (si es golpe de Estado o no) parece continuar con la visión reduccionista de un grave problema en América Latina.

Pareciera que en la región poco o nada se ha aprendido de la historia reciente, de la complicada década de los setenta, en la cual la polarización social llegó disfrazada de lucha antiyanqui y ofrecía gobiernos de izquierda como un paraíso en el que la igualdad, el final de la pobreza y la voz del pueblo enmarcarían “el verdadero cambio”. La creciente ola populista y la constante inestabilidad política se hicieron constante en países cuyo crecimiento económico no sólo se postergó, sino que además desarrolló (paradójicamente) mayor dependencia del exterior.

La tan anhelada revolución le llegó a Venezuela hasta 1999 y durante casi quince años el régimen chavista se encargó de todo menos del desarrollo venezolano. La corriente antiimperialista aisló al país de su propio potencial comercial y económico pero la elocuencia y vasta popularidad de la cual gozaba Hugo Chávez logró llegar a los corazones de los ciudadanos más vulnerables y olvidados de Venezuela (y quizás de América Latina).

Con el paso del tiempo no sólo llegó la desilusión, llegó también la crisis alimentaria, la perpetuación de un régimen dictatorial que, a la muerte de Chávez, encontró sucesor en Nicolás Maduro. Ante los ojos críticos de la comunidad internacional Venezuela pasó de estar en crisis a la realidad de un Estado fallido en el cual la población se volvió víctima de su propio sueño bolivariano.

En este momento, pareciera que Juan Guaidó pasará a la historia como el gran libertador venezolano, que con golpe de Estado o sin él, ha logrado mover las conciencias de una población que vivió adormecida, aletargada por años al son de un discurso populista que consignó cualquier expresión capitalista, occidental, yanqui y globalizadora.

El llamado al derrocamiento de Nicolás Maduro, más que un llamado a la libertad es un llamado a la cordura, al regreso de la sensatez y el sentido común que seguramente traerá dolor, pero no más de aquel soportado por años de tiranía, indignación, corrupción y abuso de poder.

La transición de Venezuela será compleja, tan compleja como su misma historia y como la historia de América Latina. Los retos que enfrenta el -opositor-legislador-presidente Guaidó son muchos.

Por un lado, está el restablecimiento el Estado de Derecho en su país y la celebración de elecciones libres y democráticas, reto mayúsculo para el restablecimiento del orden, las instituciones y las condiciones humanitarias.

Y, por el otro, está el lograr vencer la inercia del pasado que aqueja en América Latina. Venezuela tiene hoy, la oportunidad de renacer y reemerger de entre el caos del neopopulismo en la región. Tendrá que romper de tajo los paradigmas que tienen hoy sumergido a otros países de la región (como Nicaragua, Colombia, El Salvador, Honduras) en ciclos no virtuosos de desigualdad, pobreza, corrupción inseguridad y en la permanente repetición de patrones políticos a pesar de revoluciones, intervenciones y movimientos sociales.

Si Guaidó es el líder que dice ser, si su lucha es genuina, o dejará que los intereses extranjeros ensucien la lucha del pueblo venezolano, esta que sin duda será dolorosa y complicada.

 

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