Como cada tres años de elecciones, el electorado mexicano se enfrenta a la disyuntiva de votar o no. La indecisión no es cosa de preferencias políticas, sino de credibilidad.

 

Por Jennifer Juárez

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Yo me quejo de la delincuen­cia, tú te que­jas de la impu­nidad, él se queja del mal gobierno, nosotros nos quejamos de la falta de Estado de derecho, ustedes se quejan de la deficiente educación, ellos se quejan del ‘narcoestado’. Todos nos quejamos.

Y por ello (¿o a pesar de ello?), en las próximas elecciones del 7 de junio de 2015, mediante las que se elegirá a 2,159 funcionarios federales y locales, se prevé que vote menos de la mitad de los ciudadanos a nivel federal (aunque la participación aumentará en estados con guberna­turas en juego). Esto favorece, según analistas, a los partidos políticos, so­bre todo a los mayoritarios, ya que les permite concentrarse en mantener su voto duro y evitarse la fatiga de convencer a los abstencionistas.

“Lo que deseamos es que pueda haber un mayor número de parti­cipación con respecto a la anterior elección intermedia, es decir, don­de solamente se eligen diputados federales. En el año 2009 hubo una participación de 44%. Cualquier número arriba de 44% será bien recibido”, dice el consejero del Instituto Nacional Electoral, José Roberto Ruiz Saldaña.

Aunque la expectativa de 45% es baja, el Instituto Nacional Electoral (INE) todavía puede trabajar en un peor escenario. “Incluso si votara el 5% del listado nominal, al final del día tendremos nueve gobernadores y 641 diputados (…) Con una representación nula, pero las decisiones se van a seguir tomando”, dijo el consejero presidente del INE, Lorenzo de Córdova, a principios de 2015, en entrevista con Carmen Aristegui.

El 63.8% de los ciudadanos cree que habrá algo o mucha abstención en las próximas elecciones, mientras que el 30% dice que habrá poca o nada, según el reporte Complejidad de las elecciones 2015, publicado por la encuestadora Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE) en abril de 2015.

Las razones que los mexicanos citan para no ir a votar son: des­contento con los partidos políticos (26.5%), desconfía del proceso electoral (20.4%), no les importa la votación (11.6%), no sirve de nada votar (9.4%), la inseguridad (6.5%) y con menos del (5%): el mal gobierno.

“No se puede generalizar, porque la participación varía de Estado a Estado y de municipio a municipio. La abstención será mayor, más del 50%, donde nada más haya elección de diputados federales, que es casi el 40% del conjunto electoral. Y donde haya elección de gobernador y de presidente municipal, la participa­ción superará al 50%, es decir, el abstencionismo será de menos de la mitad”, de acuerdo con el director general de la encuestadora GCE, Federico Berrueto.

Independientemente de si es más o menos del 50%, los partidos políticos que hagan bien sus cuentas pueden beneficiarse del fenómeno, aunque no lo expresen.

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Entre menos burros…

“Lo que se ha calculado, sobre todo por los partidos mayoritarios o más grandes, es que con un nivel de parti­cipación bajo, ellos pueden asegurar que su voto duro les permita marcar la diferencia. Para los partidos emer­gentes o más pequeños, también una baja participación pudiese represen­tar una menor dificultad para man­tener el registro. Pero nadie maneja ese discurso; todos manejamos el interés de que los ciudadanos salgan a votar”, explica Ruiz Saldaña.

En marzo reciente el excandidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, pidió a los electores ir a las urnas y no anular su voto. “De hecho está acusando a aquellos que van por el voto nulo de ser parte de, como él los llama, ‘la mafia del poder”, pero es cierto lo que dice: si la gente no sale a votar, lo más probable es que esto favorezca al PRI.

“Es absolutamente cierto lo que dice”, afirma Francisco Abundis, pre­sidente de Parametría. “¿A quién be­neficia el abstencionismo? Sobre todo a los partidos que en esos territorios tienen mayor estructura partidaria. Pero cuando son más los ciudadanos que votan y que no pertenecen a las estructuras de los partidos, aumenta el componente ciudadano”.

En elecciones, entre menos burros haya, más olotes se reparten. Es decir, mientras menos votos haya en las urnas, el valor relativo de cada voto se incrementa.

“En la medida en que el absten­cionismo crece, dependo menos del voto duro, y de lo que más dependo es de los indecisos. Mientras más baja la participación, más dependo del voto duro. Ésa es la fórmula”, explica el ceo de la consultora de imagen y marketing político, Capitol Consulting & Communication, Alfredo Paredes. “La del 2015 es quizás una de las elecciones que más abs­tencionismo va a presentar, porque por el cansancio, por el hartazgo, que ya estamos hasta el tope de los es­cándalos, al bajar la participación, el voto duro va a ser el importante para los partidos; es la gente que siempre vota y no le importa el candidato que le pongan. El objetivo ahora va a ser no perder el voto duro”.

Incluso, cuando un candidato lleva todas las de ganar en un terri­torio, le conviene que el abstencionismo se mantenga o incluso aumente, para que los otros candi­datos ya no puedan alcanzarle. De acuerdo con Berrueto, la cuota de voto duro no da tan sencillamente la victoria a los partidos, ya que incluso los mayoritarios necesitan el voto partidista (voto duro), pero también lo que el candidato logra sumar (voto ciudadano).

“En estrategia electoral y en las metas de votación, el componente partidista da, si a acaso, para la mitad de los votos. En otras palabras, no hay posibilidad de ganar la elección si el resultado solamente descansa en el voto del partido; los candidatos tienen que hacer campañas con un componente mediático muy fuerte, sobre todo para atraer a electores que no necesariamente son los votantes tradicionales de su partido”.

El sociólogo y académico del CIDE, José Antonio Crespo, asegura que la idea de que la abstención favorece al PRI es una falacia, ya que “si a menor participación, mejor le va al PRI y a mayor participación le va peor, no se explica entonces que en 2006, que fue el nivel de partici­pación (en elecciones presidenciales) más bajo que hemos tenido, el PRI se cayó al tercer lugar. En 2000 y en 2012 el nivel de participación fue el mismo, sin embargo en el 2000 el PRI perdió y en el 2012 ganó con seis puntos de ventaja.

“Cuando ves las encuestas pos-electorales de los abstencio­nistas y les preguntas: ‘En caso de haber ido a la urna, ¿por quién habría votado?’, la mayoría en 2009 te dice que por el PRI. No es cierto que en automático la abstención favorezca al PRI”, insiste Crespo, y explica que a los partidos políticos no les afecta el abstencionismo porque ellos “dedican su dinero a su estructura. Entonces si esos votantes que no son parte de su estructura son 20,000 o 500,000, no incide. Ellos (los partidos) meten su dinero o compran el voto con las estructu­ras corporativas o redes clientelares que tienen. Pero los que se abstienen están fuera de esos círculos, y si van a ir o no a las urnas, no modifican la estructura de gasto de los partidos”.

Paredes explica que los partidos políticos ni siquiera intentan ganarse al abstencionista, ya que saben que es muy difícil convencerlo y la inver­sión no sería redituable. Pero hay una excepción: “El abstencionismo lo usas cuando las elecciones son muy cerradas. Si tenemos 30 puntos uno y 28 el otro, ese 2% puede cambiar la elección. A esas alturas, el voto duro ya está muy decidido, para ese momento generalmente el indeciso ya se ubicó, entonces tengo que fomentar la participación del voto no comprometido que se pueda conseguir”. ¿Y cómo logra ese efecto?: “Presentando la imagen del líder carismático y poderoso. El abs­tencionista no tiene interés, entonces necesitas generarle el interés con una imagen atractiva”.

Crespo dice por su parte: “La abstención en sí misma no es sana para la democracia; es una actitud de indiferencia, de alejamiento, un sín­toma que los partidos tendrían que leer, sin duda es decir que se están alejando los ciudadanos de la vida política por cosas que tendríamos que tratar de resolver”.

La abstención genera otros efectos adversos, como la falta de legitimidad de los servidores públi­cos electos por una minoría, y esto puede reproducir esquemas de des­igualdad. El abstencionismo hace que la política pública se sesgue en favor de quienes participan, porque los políticos y funcionarios no tie­nen la presión para poner atención y atender las demandas de quienes no participan.

Además puede introducir un sesgo en favor de algunos grupos sociales o raciales en los procesos políticos y dejar a los ciudadanos a merced de las élites. Algunos autores incluso argumentan que un aumento en la participación política resultará en un cambio hacia políticas públicas más igualitarias y, por ende, más democráticas, según el Informe país sobre la calidad de la ciudadanía en México, publicado en 2014 por el entonces IFE.

“No hacer política y no involu­crarse en los asuntos públicos es la forma idónea para que los políticos que no les gustan, que no desean, se preserven y sigan haciendo lo que hacen. Si se involucran los ciudada­nos en asuntos públicos, el margen de maniobra de los gobernantes será menor. En pocas palabras, le diría a los ciudadanos: ningún buen gober­nante cae del cielo, sino que la propia ciudadanía los genera y ese es el reto y la tarea que tienen los ciudadanos”, asevera Ruiz Saldaña.

 

Voto nulo, ¿participación o desdén?

Ya que el abstencionismo puede con­siderarse apatía y conformismo del ciudadano frente a sus gobernantes, algunos especialistas consideran al voto nulo conciente una forma de participación electoral que, a dife­rencia de la abstención, es inequívo­camente un acto de protesta. “Anular un voto lleva una intencionalidad y un mensaje político que es: ‘Ninguno me sirve. Aquí estoy, yo quiero votar, pero no encuentro ningún producto que me haya satisfecho’”, explica Paredes, de Capitol Consulting & communication, una firma que ha asesorado a más de 400 candidatos y figuras públicas en más de 40 países.

Sin embargo, el INE desincen­tiva la iniciativa de anulación. “Evidentemente no deseamos que los ciudadanos anulen su voto, nos interesa mucho que los ciudadanos participen. No considero al voto nulo una forma de participación política, sino de no participación política, porque no están manifestando nada”, sostiene Ruiz Saldaña.

El analista político Crespo indi­ca que el 40 o 45% de la población que siempre está dispuesta a votar puede, incluso, legitimar las malas prácticas de gobierno. “Es una especie de voto duro de la partidocracia. Los partidos saben que, hagan lo que hagan, estos electores van a ir a votar, entonces no les preocupa demasiado corregir sus deficiencias y frenar sus corrup­ciones, porque saben que, sean buenos o malos candidatos, un 40-45% de la gente les va a dar el respaldo suficiente, la legitimidad necesaria, para que ellos puedan seguir haciendo lo que quieran. Eso se traduce en impunidad electoral, porque como sistema de partidos, con esa legitimidad es suficiente para gobernar, enton­ces, ¿cuál es el incentivo para que mejoren, para que bajen los gastos, para hacer menos corruptelas?: Pues no hay ningún incentivo”.

 

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