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No existe temor, penuria o sacrificio que se interpongan entre el ser humano y sus pasiones. En su adolescencia, Diego Enrique Osorno descubrió que tenía un romance con la escritura y decidió transformar su ánimo creador en la pasión que hoy lo obsesiona: el periodismo.

“El periodismo ha sido mi columna vertebral. He experimentado con literatura, con el mundo del cine a través del documental, con la televisión a través de las series de ficción, pero esencialmente me considero un reportero”, dice en entrevista el creador de la serie documental 1994, que se exhibe en Netflix.

La escritura del regiomontano se alimentó, en primera instancia, de la lectura de poemas. “Quería comunicarme a través de la poesía y decir muchas cosas, pero las terminé diciendo por medio del periodismo”, explica desde su oficina en Ciudad de México.

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La estación Radio Alegría, de Monterrey, Nuevo León, fue la primera empresa informativa que recibió a Osorno a sus 14 años. Un corte informativo de cinco minutos interrumpía cada hora la programación de música grupera y abría una oportunidad para el joven nacido el primero de diciembre de 1980.

Al principio, Diego Enrique se encargaba de servir café a los reporteros y redactores. Sin embargo, a los tres meses de haber incursionado en la radiodifusora, la falta de personal abrió una nueva oportunidad para el periodista.

Desde aquel tiempo, la vida de Osorno no se ha despegado del periodismo. El reportero ha documentado la vida de Carlos Slim, la historia de los cárteles y la tragedia ocurrida en la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora, por mencionar algunas temáticas de su obra, la cual clasifica en tres vertientes: el poder, la rebeldía y la justicia.

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“Un reportero tiene que ser un rebelde, tiene que ser un justiciero. Yo concibo el periodismo como un acto de rebeldía, un acto quijotesco. Los reporteros creemos que con nuestro trabajo cambiamos al mundo”, asegura.

En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo de México y, en 2018, el de las Artes Literarias de la Universidad Autónoma de Nuevo León, así como otros reconocimientos internacionales a lo largo de su carrera.

El éxito para Osorno no es un premio o un reconocimiento, sino el placer de iniciar una nueva historia y concluirla. “Todo está hecho a costa de un montón de gente que vas perdiendo […]. Detrás de los documentales y los libros hay tiempo que se perdió con la familia, con los amigos, con la gente que quieres, pero vale la pena. Es imposible competir con una pasión”.

 

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