Desde 1967 existen leyes que prohíben la apropiación de objetos celestes, pero no su explotación comercial. Ahora la NASA y empresas del sector aeroespacial se plantean establecer una base lunar en el año 2020.

 

Cuando se discute la explotación económica del espacio, la mayoría de las personas sin duda deben remontarse hacia alguna película de ciencia ficción o creer que se trata de algo extraño y lejano, muy lejano de la realidad en la que vivimos. Nada más lejano de la realidad: la explotación económica del espacio ha estado siempre presente como un plan potencial desde los tiempos de la Guerra Fría, y hoy más que nunca podríamos estar al margen de verlo ocurrir en el futuro muy próximo.

Desde 1967 existen leyes que prohíben la apropiación de objetos celestes, pero no su explotación comercial. Ahora la NASA y algunas empresas del sector aeroespacial se plantean la posibilidad real de establecer una base lunar en el año 2020, con un costo de 12,000 millones de dólares. El objetivo de esa misión, además de sus obvias oportunidades para la investigación científica, radica en la posibilidad de extraer recursos de gran valor de la superficie de nuestro satélite natural.

Elementos como el helio, para elaborar combustibles para reactores; el agua congelada en la superficie como fuente de hidrógeno y oxígeno que puedan ser empleados como combustible para reabastecer misiones a otros mundos dentro del sistema solar, abaratando de esta forma los viajes a Marte y otros destinos dentro de nuestro sistema. Adicionalmente a estos elementos, los minerales presentes en la superficie tienen un enorme valor económico que hace de la explotación de estos recursos una inversión potencialmente de gran rentabilidad.

Adicionalmente se encuentra el lado de la manufactura. La revolución de la impresión 3D abre nuevas posibilidades para la elaboración de manufactura compleja en el espacio y permite la creación de nuevos materiales como aleaciones que no podrían realizarse debido a las condiciones específicas de la Tierra (mayor gravedad por dar un ejemplo concreto). Todo esto ha despertado el interés de volver al espacio –ya no sólo para aumentar nuestro conocimiento del universo, como un esfuerzo científico– en buena medida empujado por los intereses económicos de grandes sectores de la economía mundial.

Una de las grandes preguntas que nos queda por realizar frente a las posibilidades que nuestros avances tecnológicos y nuestros conocimientos nos permiten está relacionada con la sustentabilidad. La sustentabilidad está íntimamente vinculada a la economía contemporánea. Ya no sólo es necesario pensar en términos de maximización de utilidades o minimización de costos; los aspectos ambientales, sociales, económicos, todos están íntimamente relacionados. Si bien la percepción ecocéntrica del mundo no es relevante en el espacio como lo es la Tierra y las posturas tecnocéntricas dominan, la simple posibilidad de que en menos de un lustro comencemos a ver este tipo de aventuras comerciales nos debe forzar a pensar en las condiciones de sustentabilidad aquí y nos debe hacernos preguntar sobre el funcionamiento de la economía en el mundo.

No sólo el viejo marco legal de la Guerra Fría en temas de la economía del espacio debe ser y está siendo revisado en los países con programas espaciales activos; también deberían revisarse los mecanismos mismos de gran parte del sistema económico.

Para terminar, México tiene una muy joven agencia espacial, la AEM (Agencia Especial Mexicana). Sería grato verla involucrada, al menos de manera discursiva, en este tipo de discusiones regulatorias a nivel internacional. Hay que recordar que este tipo de organismos tienen una racionalidad sumamente importante para existir. La ciencia y la generación de conocimiento producen valor económico por sí mismas y a través de su difusión. El máximo beneficio de planes como los que se discuten para 2020 en la NASA y otras agencias en el mundo es que el conocimiento que generan alimenta los motores de la innovación y del crecimiento económico en sus sociedades.

Puede sonar como una historia cliché de ciencia ficción, pero el 2020 está a menos de 5 años.

 

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