En prácticamente todos los cursos que imparto sobre redes sociales y política recurro al mismo ejemplo: Michelle abraza sinceramente a Obama, rodea su cuello emocionada, mientras el viento la despeina un poco. Él tiene un rictus que podemos adivinar de emoción y satisfacción, parece que viene de una jornada de trabajo extenuante, por lo menos eso es lo que dicen su camisa arremangada. De fondo, un cielo nublado. El texto que acompaña a la fotografía dice “Cuatro años más”. Y sólo eso.

Ese fue el único tuit que salió de la cuenta oficial de Obama cuando en 2012 ganó la reelección. Nada de discursos grandilocuentes, nada de montajes gigantescos y menos fotos con multitudes y pies grandilocuentes al estilo “Ganó la democracia, ganó el país”.

En su momento, se convirtió en el tuit más compartido de la historia y fue emblema de la forma en la que el entonces presidente de los Estados Unidos llevaría su vida digital: llena de momentos que nos hacían recordar que, si bien era el jefe de Estado de una de las naciones más importantes en el sentido económico y militar en el mundo, nunca había dejado de ser humano.

Tal parece que a la comunicación política en general le hace falta más color. El caso en México es aún peor: todos los actores políticos saben la importancia de generar una buena imagen digital, ya que, después de los medios con los que siempre tratan de quedar bien, las redes están llenas de personas que han elegido a las plataformas sociales como el primer medio para informarse y expresar su opinión y, al mismo tiempo, es también el medio de contacto entre gobierno y gobernados.

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Sin embargo, las redes sociales políticas son grises a más no poder. Frías, sin interacción con los ciudadanos, distantes y sin atractivo. Políticamente correctas, sin historias. Tan interesantes como podrían ser los boletines en PDF que comparten en sus muros.

La interacción positiva en redes sociales tiene un objetivo muy similar al de la comunicación social en el Estado. Se trata no sólo de hacer públicas las acciones o anuncios de un gobierno, sino de legitimar su acción a través de la opinión pública y generar empatía y confianza que, a largo plazo, permitiría emplazar nuevas acciones con mayor facilidad.

Justo en ese contexto resalta la estrategia del 14 de febrero pasado cuando el presidente Peña, en un acto inusitado, el equipo digital respondió a los comentarios en Facebook que los usuarios hicieron en una fotografía donde aparecía él y la Primera Dama.

Si bien no es la primera vez que los usuarios comentan de forma masiva las fotografías de carácter personal que suele compartir la cuenta del presidente, sí es la primera en la que el equipo responde con el mismo tono juguetón y sarcástico.

Al estar activado el filtro de malas palabras, los usuarios de Facebook han tenido que utilizar su creatividad para publicar comentarios sobre la figura presidencial.

El resultado fue una aprobación masiva e instantánea. Al parecer, la distante envestidura presidencial, tan alabada y respetada en décadas pasadas, se quedó un tanto atrás y permitió una cercanía que jamás se había dado durante el sexenio.

En algunos momentos, esa estrategia donde se humanizaba al presidente fue bien recibida, como en el caso de House of Cards y la 3a temporada y en algunas, con nulo timing político, fue vilipendiada, como en el caso del #CalcetaGate.

La pregunta en este sentido es qué hubiera pasado si durante todo el mandato esa hubiera sido la estrategia presidencial. Quizá, me atrevo a especular, hubiéramos visto a un presidente mucho más cercano (digitalmente), lo que hubiera provocado menos ataques y más reacciones empáticas. Quizá hubiéramos pasado del “¿Cuántos más, Peña?” al “Peña bebé”.

La necesaria humanización de la comunicación política digital puede ser la diferencia en el contexto del proceso electoral en curso, puesto que no sólo se trata de encontrar vivas y aplausos a través de las redes, sino de generar empatías que podrían convertirse en adeptos.

 

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