Parece que algunos políticos y gobernantes no han logrado dejar de lado los elocuentes relatos de la democracia imaginaria, como si ésta fuera el producto de acontecimientos trascendentes y gestas heroicas protagonizadas por personajes extraordinarios o fuera de serie, cuando en realidad, según ordena el texto de la Constitución General de la República, antes que nada, es una forma de vida.

Asumir esta verdad nos lleva necesariamente a plantear la vida democrática a menor escala: la de las pequeñas cosas. Vivir democráticamente significa, en primer lugar, autogobernarnos, es decir, anteponer el bien general al bien individual, y anteponer el servicio que prestamos al beneficio que obtenemos. Estar conscientes de este sentido democrático debería traducirse en hechos concretos; debería de llevarnos a hacer las cosas bien, sean grandes o pequeñas, con profesionalismo, congruencia y seriedad, ajustándonos a lo estipulado en los contratos, en la normatividad o en lo que ofrecemos en la prestación de un servicio público o privado. Significa estar atentos para no cometer errores que atenten contra las libertades y, en lo político, ser conscientes de los efectos y consecuencias de los actos en lo social. La democracia no es una quimera, es un modo de vivir basado en la veracidad, la lealtad a la palabra dada, el respeto por el tiempo de los demás y el orden social justo. Vivir en democracia es un modo cotidiano de vivir, de lo contrario es mera simulación o inútil aspiración para engañase a sí mismo. Resulta imposible autodenominar “demócratas” a las personas o gobiernos que no respetan esos mínimos, pero fundamentales, valores cívicos de convivencia y bien común.

Decía con toda razón Héctor Aguilar Camín que “las pequeñas cosas son el último eslabón de las grandes, el verdadero escaparate de qué es lo que funciona y lo que no funciona en una sociedad, y ponía un ejemplo de esa visión de la vida a escala humana: el estado de las banquetas -señala- es un síntoma elocuente de la calidad del gobierno” (Milenio, 24.07.17).

En efecto, las banquetas abruptamente destruidas a escala nacional, descuidadas, rotas, abandonadas por los gobiernos, abiertas por las raíces de los árboles o por los taladros de los trabajadores de las compañías de luz, gas, internet y teléfono; esas calles que avergüenzan a los honestos ciudadanos con baches profundos, asfaltos deprimidos que hacen verdaderas zanjas y oleajes, carreteras y caminos sin mantenimiento y en un estado casi de total abandono, son claros ejemplos de las pequeñas cosas en las que se refleja y expresa la calidad del gobierno, en este caso, de la pésima calidad de los gobiernos federal, estatales y municipales, del color o partido que sea.

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Pero lo pequeño se vuelve grande pudiendo llegar a afectar gravemente a un número cada vez mayor de personas cuando no se ponen los medios para remediar tales males. El diagnóstico es: ni capacidad ni voluntad política; ni voluntad ni capacidad gubernamental. Es decir, no quieren y no pueden, a sabiendas que nuestra democracia cosmética se caracteriza precisamente por esa incapacidad egoísta e indiferente de los líderes, nefastos para lo público y lo privado.

De acuerdo con un informe del Inegi, en 2016 el país tenía un aforo vehicular de aproximadamente 43 millones de automóviles, camiones, camionetas y motocicletas circulando por calles y carreteras que se encontraban en un estado que va de lo regular a lo pésimo. En un estudio realizado conjuntamente por el Instituto Mexicano del Cemento y el Concreto (IMCYC) y la agencia de investigación De la Riva Group, se dio a conocer, entre otros resultados, que prácticamente nueve de cada 10 mexicanos consideran que los baches son el principal problema de las vialidades nacionales. Y si de las vialidades pasamos a las banquetas, por las que heroica o temerariamente transitan miles de peatones a diario, el resultado no es menos desconsolador. Según informe del Programa Nacional de Desarrollo Urbano 2014-2018, el 67% de los encuestados en ese rubro califica entre regular y pésimo el estado en el que se encuentran. Entonces, ¿De qué sirven los programas de movilidad y vialidad en todo el territorio mexicano si los automóviles y las personas siguen padeciendo tan irresponsable descuido gubernamental que, lamentablemente, hemos incorporado a la normalidad de la vida?

¿De qué sirve que declaremos como derechos humanos el libre tránsito y lo plasmemos en un documento de supuesta enorme trascendencia histórica (la Constitución) si el ciudadano de a pie, no puede transitar en el sentido literal del término, porque las calles y banquetas son intransitables?

Hablar de democracia nos obliga a comportarnos democráticamente, es decir, de acuerdo con los valores concretos de transparencia, lealtad a la palabra dada, a los compromisos adquiridos con la ciudadanía, sea mediante declaraciones oficiales, la prestación de servicios públicos y privados o a través de la firma de documentos. Lo mínimo que se puede pedir a un gobernante o líder político en cualquier nivel de gobierno es que se comporte congruentemente conforme a esos valores. De lo contrario, será cómplice de traición a la patria, traición a la constitución y traición al quehacer democrático.

Si uno de los principales compromisos de todo gobierno es garantizar la movilidad y el libre tránsito de la ciudadanía, ¿por qué tardan una eternidad en tapar los baches o en alinear el asfaltado? O, si lo hacen, ¿por qué utilizan tan mala calidad de materiales? Ya basta de que las banquetas y calles sean motivo de políticas públicas de mero deslumbrón y táctica mediática para tiempos electorales, donde se inyectan solo materiales corrientes a sabiendas de que su deterioro será inminente en el cortísimo plazo. Moverse y transitar son actos que requieren condiciones materiales específicas, que deben expresarse en pequeñas cosas, como el verdadero mantenimiento de calles, caminos, carreteras y banquetas. Sin esa materialización concreta de la democracia, la del día a día, la del ciudadano común, la que responde a las necesidades cotidianas del ciudadano de carne y hueso, difícilmente podremos dar el paso de la actual democracia de oropel a la trazada por la Constitución como una forma de vida.

Frente a los actos de autoridad, la democracia debe ser práctica cotidiana congruente o, de lo contrario, es pura simulación autoritaria.

 

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