Mover a México, en los actuales contextos, implica legitimidad, honestidad y congruencia para lograr un auténtico fortalecimiento en la capacidad de respuesta de una sociedad. La parálisis y el miedo no son opciones ante actitudes pesimistas y optimistas. Se requieren grandes cargas de realismo resiliente por parte de nuestros líderes, los cuales están escasos de liderazgo.

El decadentismo social, una realidad de la que es necesario debatir

A mediados del siglo XX se puso de moda hablar y escribir sobre el tema de la decadencia de las sociedades. Uno de sus más célebres representantes fue Arnold F. Toynbee, quien sostuvo que un grupo humano se mantiene vigente, activo y vigoroso en la medida en que conserve en su interior el binomio desafío y respuesta (challenge and response). La decadencia, para Toynbee, se produce cuando esa dinámica entra en crisis o recesión debido a múltiples causas, siendo una de las principales el debilitamiento de la capacidad de respuesta por carencia de líderes que ofrezcan desafíos y alienten respuestas oportunas.

La ausencia de liderazgos que motiven la capacidad de respuesta es notoria en múltiples terrenos de la realidad mexicana actual. Es suficiente con echar una ojeada a los diarios, redes sociales y a los noticieros para corroborarlo: cada vez son más notorios los vacíos de poder y de legalidad en todas las materias a escala nacional, es decir, parecen infinitas las zonas en las que predomina la ausencia de un orden establecido por el poder público, zonas donde no está garantizado por las autoridades la mínima seguridad y zonas donde las autoridades no son obedecidas por total irrespeto a las leyes del lugar. Situaciones a las que técnicamente se denomina Estado fallido.

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¿Qué pasa con los habitantes de esas zonas cero que lamentablemente parece que van en aumento? Da la impresión de que en muchas regiones del país (Guerrero, Tamaulipas, Jalisco, Nayarit, Colima, Michoacán, Estado de México, etc.) hubiese una “complicidad o conspiración del silencio” que lleva a las personas a no responder al desafío que representa la seguridad pública (incluso su propia seguridad y la de sus familias) y la lucha contra la corrupción que supuestamente debería llevarlos a denunciar actos contrarios a la ley o que pongan en riesgo la vigencia plena del Estado de Derecho. Sin embargo, la mayoría caya, y las autoridades enmudecen. Hay quienes piensan que ello se debe al lamentable estado total de corrupción que se ha filtrado en todos los estratos sociales. Pero la cuestión no es tan sencilla. Si un gran número de mexicanos permanecen en silencio y sin dar muestras de colaboración, no es debido a su pasividad, sino a la paralización que produce el miedo, ese terror que imprimen sobre ellos las organizaciones del crimen organizado y la poca, insuficiente o nula garantía que ofrecen las autoridades locales y federales en materia de seguridad. ¿Por qué habría de denunciarse la actividad delictiva si las mismas autoridades no están dispuestas a cumplir con su deber de perseguir, reprimir y castigar el crimen? La denominada cifra negra delictiva es producto de esta obscura realidad.

Señales del grave e irreparable malestar

Son muchas las voces que desde diversas plataformas presentan propuestas para generar cambios en la capacidad de respuesta de la sociedad mexicana: por lo general se refieren a la mejor capacitación de las policías locales, a programas de formación e integración policial mediante la mejora de sistemas de información, certificación policiaca y alguna otras que ya se han vuelto propuesta común y que, aun siendo sin duda valiosas y beneficiosas, no parece que se orienten a apuntalar uno de los más delicados puntos de ruptura que necesariamente son causa fundamental del debilitamiento o carencia de la capacidad de respuesta: la pérdida de liderazgo social y la pérdida de confianza que el líder -se supone- debe producir en la sociedad. El primer aspecto (pérdida de liderazgo) corresponde a la integridad de las autoridades y, el segundo (pérdida de confianza), a la percepción de éstas en la sociedad. En cualquier caso, estamos seguros de que fortaleciendo los estilos de liderazgo político podremos recuperar la crisis producida por la carencia del binomio desafío y respuesta -del que habla Toynbee- para producir vitalidad existencial a los habitantes y sociedades evitando caer en el pesimismo, frustración y hartazgo que produce el decadentismo social, es decir, la falta de desafíos que generen respuestas o la falta de éstas cuando hay desafíos.

La capacidad de respuesta de una sociedad depende de múltiples factores (condiciones de vida, situaciones de crisis, nivel educativo, sana conciencia, índices de formación humana, etc.), pero sin duda uno de los más importantes es el nivel del desafío que los líderes presenten a la sociedad, así como de la forma en que muevan a ésta a responder para mantener vivo el binomio desafío-respuesta. Se genera así una interesante dinámica de reciprocidad y bilateralidad, pues, por una parte, el líder desafía a la sociedad motivando su capacidad de respuesta y, a la vez, la sociedad ha de ser entendida por el líder como un desafío al que deberá responder satisfactoriamente.

En cualquier caso, se trata de procesos de decadencia cuyas fisuras es preciso detectar para remediarlas o al menos intentarlo. En efecto, pues hoy estamos ante un México roto, lleno de egoísmo, miedo, autoritarismo ciego, apatía y deshonestidad.

Liderazgos en situaciones críticas y de crisis

La función de un líder social o político en una situación de crisis como la que vivimos deberá centrarse en fortalecer la capacidad de respuesta antes de que ésta se pierda, se rompa definitivamente o se produzca una ruptura que ponga en riesgo la estabilidad nacional interior.

En la Ciencia Política o de Gobierno se suele hacer una distinción respecto a las cualidades del líder que es preciso recordar en el momento actual. Se afirma que hay dos formas de ejercer el mando:

  • Mando formal (potestad) y/o
  • Mando informal (autoridad)

El mando formal se tiene cuando se cuenta con un nombramiento oficial que otorga la facultad o potestad legal de hacer hacer, es decir, de mover a la acción bajo la amenaza de la coacción; mientras que el informal o de autoridad, lo tiene quien sea capaz de hacer querer hacer, lo que significa que mueve a la acción por convicción y ejemplo, y no por tener la fuerza coactiva que otorga el poder formal.

Desde esta perspectiva se dice que hay quienes tienen el poder formal sin la autoridad, y hay quienes, por el contrario, tienen la autoridad que mueve a la acción y a la respuesta aun sin contar con un nombramiento legal para ello. Desde un punto de vista político, lo ideal es que quien tenga el poder formal cuente con la autoridad (moral, científica, eficiente, etc.), pero eso es una tarea difícil.

Aun cuando la tarea implique enormes dificultades, en un contexto de crisis, es urgente contar con líderes que muevan verdaderamente a la sociedad y la lleven a recuperar su capacidad de respuesta y colaboración, pero ¿qué significa mover?

Resiliencia para reasumir la capacidad de respuesta

La movilización social no es únicamente física, ni significa tomar las calles en forma anárquica o reactiva; tampoco se logra solo mediante técnicas de manipulación-persuasión y seducción-cosmética de los grandes conglomerados sociales para que supuestamente éstos recuperen su dinamicidad. Nada de esto. No hay cabida para la iatrogenia política.

Nosotros afirmamos que se requieren líderes que, además de hacer hacer, sean auténticamente capaces de hacer querer hacer, moviendo auténticamente con su propio ejemplo, con su propio quehacer ejemplar, su honestidad congruente, su recta razón y su nivel de preparación profesional para la solución. Solo así se reavivará la resiliencia social que tanto, tanto, requiere México; resiliencia para reasumir la capacidad de respuesta y la energía vital que se ha perdido en todos los rincones del país. Entonces sí, y solo así, México se moverá.

 

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