Por María Batlle*

Después de todo, ¿quién recuerda el Genocidio Armenio?” dijo Adolf Hitler el 22 de agosto de 1939, justo una semana antes de la invasión alemana a Polonia.

Luego de la Segunda Guerra Mundial y su Genocidio del Holocausto o Shoah, sus masacres, bombardeos, hambrunas, enfermedades, y sus armas nucleares, luego de ese capítulo inhumano, con infinitos escenarios de terror, considerado el más sangriento de la historia, un grupo de italianas e italianos decidió tomar en sus manos el destino de su comunidad.

En 1945, los habitantes de una pequeña aldea llamada Villa Cella en el Norte de Italia comenzaron a vender los tanques de guerra y otros armamentos abandonados por los alemanes, para construir y financiar una nueva escuela. Ladrillo por ladrillo fue colocado por las mismas madres y padres.

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Un documento municipal histórico indica que el mayor problema para una población que acababa de salir de una guerra era reconstruirse material, social y moralmente. Aparte de la necesidad de restaurar edificios, infraestructuras, y actividades de producción y/o agricultura, el pueblo también tenía la necesidad de sentir que superó las divisiones ideológicas que perduraron por dos décadas. Sobre todas las cosas, el pueblo sentía la necesidad de asegurar que sus hijas e hijos nunca vivirían algo tan terrible como lo que ellos sí habían vivido.

Se organizaron grupos para luchar contra la dictadura, la ocupación alemana, la injusticia y la desigualdad social, todos juntos por el progreso y un mejor futuro ya que sus hijos serían los habitantes de ese ‘nuevo mundo’ que estaba siendo rápidamente construido. Era entonces, completamente natural que el C.L.N. (Comato di Liberazione Nationale) estuviese preocupado por la primera infancia. (Reggio Children, 1997, p.6).

Los padres no querían escuelas ordinarias. Querían escuelas en las cuales los niños obtendrían habilidades de colaboración y pensamiento crítico para reconstruir y asegurar una sociedad democrática (New, 2000).

Loris Malaguzzi se unió a estos esfuerzos para luego convertirse en el fundador de la filosofía educacional de aquel rincón que revolucionaría la historia de la educación en todo el mundo, Regium Lepidi, hoy llamado Reggio Emilia.

Malaguzzi se graduó de Pedagogía y comenzó su carrera como profesor de primaria en 1946. En el 1950 calificó como psicólogo educacional y fundó el Centro Médico Psico-Pedagógico Municipal de Reggio Emilia donde trabajó por más de 20 años. Amaba la declaración de que aquella primera escuela en Villa Cella era el lugar donde la construcción de la paz era concebida al educar a las nuevas generaciones.

La primera escuela de Reggio fue construida gracias al arduo trabajo y la solidaridad de mujeres, granjeros y obreros de la pequeña aldea de Villa Cella, lo cual Malaguzzi describía como “el principio de toda nuestra experiencia”.

La historia se puede reconstruir con las palabras del mismo Loris Malaguzzi encontradas en el libro “Ladrillo por Ladrillo” de Renzo Baraz-zoni:

El destino parece quería que yo fuera parte de un evento extraordinario. Escuché que en una pequeña aldea llamada Villa Cella, a unas millas del pueblo de Reggio Emilia, la gente había decidido construir y manejar una pequeña escuela para niños. ¡Esa idea me pareció increíble! Me apresuré con mi bicicleta y descubrí que era todo cierto. Encontré mujeres rescatando y lavando pedazos de ladrillos. La gente se había unido y habían decidido que el dinero para la construcción vendría de un tanque de guerra abandonado, unos cuantos camiones, y caballos dejados por los alemanes. “El resto vendrá” me decían. “Yo soy profesor” les dije. “Bien” me respondieron. “Si eso es verdad, ven a trabajar con nosotros”. Todo parecía increíble: la idea, la escuela, el inventario siendo un tanque, camiones y caballos. Me explicaron todo: “Construiremos la escuela nosotros mismos, trabajando de noche y los domingos. La tierra ha sido donada por un granjero; los ladrillos y las vigas serán rescatadas de casas bombardeadas; la arena vendrá del río; y el trabajo será voluntario de parte de todos nosotros”.

Hoy, la propuesta de educación de Reggio Emilia es reconocida mundialmente como una de las mejores para la primera infancia, promoviendo que las niñas y niños son ciudadanas y ciudadanos, protagonistas de su propio aprendizaje, que son fuertes, con mucho potencial, y con la capacidad de establecer relaciones y colaboraciones.

En una de sus lecturas inolvidables en la universidad de Harvard, la directora de educación de primera infancia en Reggio Emilia, maestra Carlina Rinaldi, sostuvo que los niños, a diferencia de los adultos, niegan eso de que el arte está separado de otras disciplinas, de otras áreas de la vida. Afirmó que las experiencias de los niños nos recuerdan a un mundo donde el arte no está aparte. “Si observas bien a un grupo de niños, podrás ver que ellos nacieron para jugar: quieren descubrir algo a través del juego”.

Carlina Rinaldi, ídola amada, respetada y admirada por ser una de las mayores responsables del desarrollo de Reggio Emilia, lugar al que llama su hogar, describe el compromiso de este modelo de educación mejor que nadie en su libro “En diálogo con Reggio Emilia: Escuchando, Investigando y Aprendiendo”:

El niño no es un ciudadano del futuro, es ciudadano desde su primer momento de vida y también es el ciudadano más importante pues representa y trae consigo lo ‘posible’, es un portador, aquí y ahora de derechos, de valores, de cultura. Es nuestra responsabilidad histórica no sólo afirmar esto, pero crear los contextos culturales, sociales, políticos y educacionales para recibir a los niños y dialogar con su potencial de construir derechos humanos”.

*Chairwoman, Maria Batlle Foundation CEO, Thrive Consulting Firm, Asesora, SubPac.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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