Subimos al DeLorean. Nos vamos al año 2050. Desde el punto de vista económico, el panorama indica que el crecimiento de México hará que nuestro país se convierta en la capital del crecimiento de América del Norte.

 

En el contexto de la visita del presidente de Estados Unidos a México surgen siempre interesantes análisis sobre lo que hablarán en esta reunión Obama y Peña Nieto.

Es la primera reunión entre los dos mandatarios desde que el Presidente mexicano asumió el cargo y se espera que hablen de varios temas coyunturales.

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Si bien el centro de la relación México-Estados Unidos en los últimos años ha sido el tema de la violencia y la cooperación en materia de seguridad entre ambos países, todo parece indicar que habrá cambios importantes en la forma de la cooperación y que se buscará “desnarcotizar” la agenda bilateral para darle un mayor peso a otros temas: crecimiento, inversión y por supuesto, migración.

Indudablemente, estos temas han sido fundamentales en la agenda, diseñada a partir de los problemas que heredamos del pasado, mirando para atrás, o los retos que hoy enfrentamos, mirando el presente.

Sin embargo, esta retrospectiva, por un lado, y la realidad del presente, por otro, creo que podría nutrirse mejor si planteamos las cosas de otra manera: si vemos de cara al futuro lo que realmente importa para ambos países y en particular para México.

Plantear el diseño de política de relaciones desde una visión de futuro altera radicalmente lo que es posible para México y también lo que es posible para la relación entre ambos países. Una relación que se plantea desde un futuro ya realizado, pero que desde allí nos regresa al presente para descubrir lo que tendríamos que estar planteando en nuestra relación, es un cambio radical, por decir lo menos.

Históricamente, las relaciones entre los dos países han estado definidas por una gran asimetría en la correlación de fuerzas, entre los tamaños económicos, los poderíos militares y en la lógica de los flujos migratorios entre los dos países.

También, aunque quizá no sea tan evidente, la asimetría ha provenido de la forma en que cómo los mexicanos nos vemos dentro de esa relación.

Puede que la forma de plantear el puente bilateral haya tenido un sustento en la realidad o los datos duros, o puede que simplemente no la tenga.

La relación México-Estados Unidos ha sido creada, entonces, tanto por una realidad que está asociada a ciertos datos y hechos y, por otro lado, por conversaciones o creencias arraigadas al respecto que, aunque no son la verdad, se han vuelto verdades generalizadas y prácticamente irrefutables.

Ahora, afirmaré por qué ha llegado el momento de hacer un replanteamiento completo de la relación de las dos naciones. Este argumento se apoya tanto en datos duros y cambios fundamentales en los hechos, como en el cambio radical en nuestras mentes entorno al paradigma de la forma de ver la relación bilateral.

Existen tres aspectos esenciales cuyos cambios fundamentales necesariamente obligan a cambiar la forma de ver la relación.

En el aspecto económico, el acuerdo generalizado de organismos financieros internacionales, corredurías y think tanks, es que en el año 2050 México se convertirá en la quinta economía más grande del mundo. De hecho, la discusión la podemos tener respecto a si México será la quinta o la séptima economía más grande del mundo o si lo alcanzará en 2050 o 2040. El hecho es que cuando los jóvenes de preparatoria y los universitarios de hoy cumplan sus 45 años, esa será la realidad.

Por su parte, Estados Unidos será la tercera nación en importancia global, como resultado de su ciclo económico y su envejecimiento poblacional.

Las tasas de crecimiento esperadas seguirán indicando que el dinamismo de México estará por encima del dinamismo de la economía de Estados Unidos. Desde el punto de vista económico, nuestro crecimiento hará que –por decirlo de alguna manera–, México se convierta en la capital del crecimiento de América del Norte.

Este es un cambio radical respecto a la conversación tradicional de la asimetría económica entre los dos países. Entonces, la pregunta es: ¿Cuál sería la conversación imperante en la relación entre ambos países si venimos del 2050 y regresamos al día de hoy, mientras diseñamos una política bilateral consistente en materia económica? ¿Cómo replantearíamos el TLCAN, las disputas comerciales, la integración económica y financiera? Visto desde esta perspectiva, el “patio trasero” mexicano ha crecido y ahora es toda una casa.

Un segundo aspecto tiene que ver con la seguridad. En este caso, como ya lo han mencionado muchos –entre ellos George Friedman de Stratfor– México se convierte paulatinamente y sin darnos cuenta en un país con un peso geopolítico cada vez mayor y de gran importancia para Estados Unidos. De repente, ellos serán vecinos de una frontera de 3 mil 600 kilómetros y un país que será entre la tercera y la quinta economía del mundo. Necesariamente, los temas de seguridad cambiarán significativamente de la preocupación de ahora a la correlación de fuerzas en un futuro cercano. Y si bien esto puede parecer una fantasía para algunos, baste con revisar la información que se produce en algunos think tanks estadounidenses al respecto.

La correlación de fuerzas por el cambio en el tamaño y el desplazamiento del crecimiento a países como México –que además es vecino– implican un reto y un manejo de una relación bilateral muy diferente. Resumen: ya no se trata entonces de estados fallidos o retórica de soberanía, sino de construcción de estado de derecho y de verdadera cooperación.

Después de una histórica política de no injerencia y la relativamente poca cooperación en materia de seguridad, pasamos a un extremo de cooperación y participación del vecino del Norte en la materia. Entonces otra pregunta nos ilumina: hoy, de cara al posicionamiento de México en el 2050, ¿cómo debe ser una cooperación entre dos países vecinos en temas de seguridad e inteligencia?

Finalmente, está el aspecto migratorio, en el que vivimos un cambio radical y de proporciones mayores. Desde 1999 se observa una significativa disminución en la migración mexicana. De hecho, el año pasado la migración neta de México a Estados Unidos fue virtualmente cero. Es decir, en la operación matemática de los mexicanos que se fueron y los mexicanos que se regresaron, el resultado es que no hubo migración. Esto es consistente también con el censo de 2010 en el que “aparecieron” alrededor de 4 millones de mexicanos que no se tenía esperado contar como resultado y que elevaron la cifra de aproximadamente 108 millones de población estimada a un conteo de 112.3 millones.

Más aún, estimaciones relativamente inerciales plantean que en 2030 la economía de México se encontrará en un punto en el que se requerirá el 100 por ciento de la población económicamente activa para mantener el equilibrio en el mercado laboral. De lo contrario, por cada mexicano que emigre será necesario recibir a un extranjero para que ocupe su lugar o experimentaremos presiones hacia el alza en los costos de la mano de obra.

Igualmente, según cifras del Departamento de Estado viven en México alrededor de un millón de migrantes estadounidenses. Se les llama por toda clase de eufemismos, ya sea expatriados o comunidad americana en México, aunque finalmente no son otra cosa que migrantes, tal cual. Algunas estimaciones hablan que ese número de migrantes estadounidenses podría ser significativamente mayor y que se encuentra en franco crecimiento.

En 2030, Estados Unidos tendrá alrededor de 79 millones de los llamados baby boomers buscando un lugar para establecerse en su retiro y sabemos que México sigue siendo un país con un atractivo muy significativo para ellos. De esta forma, la historia tradicional en temas migratorios se habrá alterado en forma radical y esto no es algo que ocurrirá en el “largo plazo” sino relativamente pronto. ¿Cómo cambiará este fenómeno nuestra relación? ¿Cómo y en qué casos el Gobierno estadounidense apoyará a sus connacionales viviendo en México? ¿Cómo impactará la incorporación de esta nueva comunidad en la vida política, social y económica en México? ¿Y los hijos de estos migrantes que se establezcan en México? De esta forma, más que el cliché de la migración de México a Estados Unidos, la nueva conversación de nuestra relación bilateral tendrá que necesariamente abordar esta novedosa migración.

Viniendo desde el futuro y no desde las verdades y conversaciones envejecidas, una nueva relación entre los dos países necesariamente tendrá que considerar estos datos y hechos.

México ha cambiado más rápidamente que lo que hablamos en nuestra conversación cotidiana y nuestra relación bilateral no es ajena a esto. La nueva doctrina para México en relaciones exteriores debe estar moldeada sin la menor duda por el tamaño y futuro que le espera a México en el mundo. La nueva relación bilateral requiere un replanteamiento desde el futuro ya realizado del que venimos. Un futuro que fortalece en el presente las acciones que nos llevan a materializarlo.

La otra mirada, las verdades aparentes y nociones envejecidas, son historia. En el DeLorean una frase brilla en la pantalla de mandos: “Bienvenida una relación poderosa entre México, Estados Unidos y el mundo”.

 

 

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