Toda organización es la proyección de lo que vive dentro de sus líderes. Si un empresario es un caos emocional, ineficiente, incongruente, arrogante, enemigo de la tecnología, seguramente los colaboradores de la organización reflejarán estos antivalores y, a su vez, los materializarán en un deficiente servicio al cliente, productos obsoletos y caros, y un ambiente laboral estresante y de alta rotación.

Cuando, por el contrario, un líder empresarial vive en paz con su pasado, es planeador y eficiente, le gusta escuchar, es innovador y creativo, seguramente promoverá un entorno organizacional armónico, que generará productos y servicios de valor agregado, con gente feliz, leal y comprometida.

En este aspecto, el Gobierno no es diferente a las empresas, ya que también es una organización conformada por humanos en busca de ofrecer valor, sólo que, en este caso, son productos y servicios sin fines de lucro, dirigidos a los ciudadanos.

Por ende, los líderes gubernamentales también proyectan gran parte de sus emociones, ideas y hábitos en el resto de los colaboradores, y éstos, a su vez, los trasladan en servicios de alto o bajo valor, en entornos eficientes o ineficientes, y en estados de ánimo positivos y creativos, o negativos y obsoletos.

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Hoy, el Gobierno Federal de México y muchas entidades estatales y municipales se caracterizan por ser poco creativas e innovadoras, por carecer de incentivos para los colaboradores y espacios modernos que fomenten la armonía operativa y la colaboración, y por ser maquinarias pesadas y ancladas a viejos modelos.

Si a esto le sumamos que es casi imposible despedir a los funcionarios públicos como mecanismo de búsqueda de personas especializadas y motivadas, y que es cotidiana la práctica de antivalores (como la corrupción y opacidad), tendremos un entorno burocrático que presenta grandes retos a los líderes que están entrando a gobernar.

Transformar la administración pública es una tarea pendiente, totalmente necesaria y que no puede esperar más, puesto que los servicios públicos que hoy recibimos los ciudadanos distan mucho de ser lo dignos que quisiéramos que fueran. Muchos esfuerzos se han hecho en pasadas administraciones y no han rendido los frutos esperados; incluso, en muchas instancias, ha habido retrocesos.

Si lo que hay dentro del pecho y cabeza del presidente en turno, Andrés Manuel López Obrador (así como en los de sus altos mandos) es innovación, eficiencia, planeación, capacidad legítima de escuchar, ética y honestidad, seguramente veremos una buena modernización de la administración federal, en la que colaboran más de 1 millón de funcionarios. ¡Tan sólo imaginemos esta gigantesca fuerza humana trabajando inspirada y motivada, con un plan y rumbo fijo, sirviendo a la población con servicios de alto valor agregado!

Pero, si en la cabeza y corazón de AMLO y sus aliados hay guerra emocional, incongruencia, desactualización, soberbia e incapacidad, pronto veremos reflejados estos valores en los servicios públicos brindados a la sociedad.

Son los servicios públicos (salud, educación, infraestructura, seguridad, higiene, facilidades para la inversión y rapidez en atención burocrática) los mejores indicadores para saber qué hay dentro de los líderes.

Para ser honesto, mis oídos pueden hacer caso omiso a las palabras, pleitos, insultos e incongruencias verbales de los líderes de una empresa o del Gobierno, pero lo que no puedo evitar es resentir la situación cuando veo que una empresa ofrece productos mediocres o que el gobierno no entrega servicios con calidad y eficiencia, porque de ellos, y no de las palabras del líder, dependen vidas, la educación de niños y niñas, la salud de los enfermos, la seguridad de la población y el desarrollo de nuestro país.

Estaremos muy atentos, no tanto a los tuitazos de AMLO y su equipo, sino al estado de los servicios públicos que su gobierno nos ofrecerá. Por el bien del país, ojalá que sean de calidad y eficientes. Si fuera así, le perdonaría cualquier incongruencia verbal.

 

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