Por Mauricio Millán Costabile*

Reducir, administrar o gestionar la incertidumbre en la que está inmerso el mundo se ha convertido en una tarea tan ardua como necesaria, ya que toca todos los ámbitos de la vida personal, profesional, empresarial e institucional. Ahora, vivimos momentos de gran incertidumbre política, económica, social, ambiental, judicial, patrimonial y tecnológica, y pareciera que tiene que ver con lo que sucede a nuestro alrededor y no podemos controlar. Tan es así, que las proyecciones acerca del futuro (aun a corto plazo) resultan inciertas, pues lo improbable y lo previsible ya no lo son tanto. El panorama actual se ha colmado de incertidumbre, que ya no se refiere a algo específico, sino a una situación en general.

Evidentemente, este clima poco certero predomina también en la economía mundial: guerras comerciales, fin de la globalización, proteccionismo, metamorfosis en los bloques comerciales, Brexit y tantos eventos que han impactado en el proceder de las políticas públicas en torno a la economía y finanzas internacionales, con el consecuente reflejo en el desarrollo empresarial. Esta última, en adición, enfrenta la tecnología, que la ha forzado a entrar a la Revolución 4.0 de manera acelerada.

Es decir, a las empresas, los nubarrones de la incertidumbre parecen oscurecerles los tiempos venideros, lo que nos lleva a entender que el futuro no se predice ni se inventa; el futuro se construye. Es posible entender las fuerzas motrices de las empresas y gobiernos e identificar los cuestionamientos críticos, así como explorar cómo es que éstos se pueden desplegar para administrar la incertidumbre y obtener una ganancia del cambio. Podemos también actuar para influenciar el futuro y crear un escenario más o menos deseable, entendiendo que éste es producto de mejores decisiones y no de mejores predicciones. Por ello, es necesario tomar el control del futuro de nuestra organización, gobierno y sociedad.

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Así, las herramientas como la Planeación y la Planeación Estratégica resultan cada vez más usadas de manera metódica en las empresas; sin embargo, no son ni serán suficientes, ya que quedan limitadas. La primera se basa en el corto plazo y en indicadores del presupuesto de operación, tales como ventas (clientes), compras, costos, finanzas, flujo. La Planeación Estratégica liga la operación a estrategias, es decir, en el mediano plazo se identifican temas como clientes y mercado, entorno, competencia e indicadores de gestión, y es en estos temas donde se diseñan los planes de acción, principalmente.

Aún hay más que visualizar. Por eso es que no sólo hay que planear, sino hay que hacer previsiones. Ésta es una de las bases de un Sistema de Gestión Prospectiva®, en la que se suma un tercer nivel de planeación: la Planeación Prospectiva, que vincula las estrategias con la previsión, en donde se incluyen algunos elementos a estudiar, como la cadena de valor y su ecosistema, la arquitectura comercial, los elementos de I+D+i, tendencias emergentes de mercado, eventos portadores de futuro o wild cards (eventos con poca probabilidad de ocurrencia, pero de alto impacto) y entorno ampliado, y todo esto con enfoque de mediano a largo plazo. Esta técnica nos lleva a construir un mapa de futuro, encontrando en el tiempo un equilibrio en el trinomio certidumbre, permanencia y generación de patrimonio o riqueza, sin descuidar los objetivos sociales.

La incertidumbre también toca emocionalmente las fibras de las personas, empresas e instituciones. Por ello, en algunos casos, limita, pero, en otros, sirve de motor para crear e innovar, experimentando conocimientos nuevos, tecnologías innovadoras e incorporando nuevas herramientas de la Revolución 4.0, con el objeto de convertirnos en arquitectos de nuestro propio futuro.

*Socio de Consultores Internacionales, S. C.

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