La búsqueda de oportunidades no es el único camino que tiene el emprendedor. Existe uno que puede ser mejor: sembrar el negocio.

 

 

Siempre nos han dicho que el núcleo de la vida empresarial es la búsqueda de oportunidades. Las teorías administrativas afirman que la base para emprender es la claridad de la meta, la visión de cómo obtenerla, los valores que nos llevarán a llegar a ella y el plan de acción. Sin duda, todo eso es correcto; no seré yo la que contradiga a Michael Porter. Sin embargo, la búsqueda de oportunidades no es el único camino que tiene el emprendedor. Existe uno que puede ser mejor. Se puede sembrar el negocio.

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Por años hemos visualizado al empresario como a un cazador de mariposas que eleva su red al cielo para atrapar, en el momento preciso, el tesoro deseado. Al hacerlo así, dejamos un tramo de la responsabilidad a la suerte y a la observación. Así, el que tiene la fortuna o la agudeza de atrapar una oportunidad, conseguirá el éxito. Pero habrá otros que vivirán eternamente con la red en el aire sin conseguir nada. En cambio, si vemos al emprendedor como un agricultor que prepara el terreno, lo fertiliza, lo deja listo para recibir la semilla, cuida los brotes y los hace crecer, entonces la responsabilidad del éxito recae en el trabajo.

Un cazador y un agricultor persiguen un mismo objetivo: llegar a casa con algo para poner en la mesa. La diferencia entre uno y otro es el tiempo para lograr la meta y lo distinto de sus recompensas. En el mejor de los casos, el cazador podrá atrapar varias piezas, mientras el agricultor cosechará toneladas de frutos. Claro, uno lo hace de inmediato y otro tiene que esperar. Ambos métodos son válidos. Lo que pasa es que en términos empresariales vemos al emprendedor más como un cazador de oportunidades que como un sembrador. Las nuevas tendencias están cambiando la apreciación: se sienten más atraídas por los mejores rendimientos de la siembra de nuevos negocios.

Sí, pero ¿cómo se siembra en el terreno empresarial? Todo parte, como siempre, de una idea de negocio que apasione al emprendedor; ésa es la semilla. Acto seguido, debemos convocar a un equipo de trabajo que se entusiasme con el proyecto y cuyas características abonen a su crecimiento. Es decir, tenemos que congregar a personas cuyas habilidades, competencias y experiencias sean el fertilizante que potencie el proyecto. También es necesario diseñar un plan de compensaciones que los ayude a seguir entusiasmados con el plan.

Lo siguiente es crear un ecosistema virtuoso que propicie el crecimiento, es decir, una red de empleados con actividades específicas que enfoquen sus esfuerzos en generar utilidades a partir de cada uno de los eslabones de la cadena de valor de una empresa. Así, cada quien, desde su trinchera, verá la forma de rentabilizar las compras, la producción, las ventas, la administración, la logística, la investigación y desarrollo que requiera el proyecto.

Para reforzar estos ecosistemas empresariales virtuosos, Lynda Applegate, profesora de la Universidad de Harvard, aconseja apoyarse en tres pilares fundamentales: recurrir a incubadoras, hacer uso de aceleradoras y estar abiertos a la innovación. ¿Qué significa eso?

Las incubadoras son organizaciones dedicadas a acompañar al emprendedor para alcanzar el éxito. Proveen recursos profesionales, servicios compartidos, y en ocasiones hasta espacio para trabajar. Aconsejan cómo minimizar el riesgo que implica empezar algo nuevo. Su propósito primordial es ayudar a crear y crecer empresas jóvenes proveyéndolas del apoyo necesario en cuanto a servicios técnicos y financieros, para que el proyecto alcance una vida larga. La incubación proyecta un futuro ideal por medio de un plan de negocio bien estructurado. Conforme va operando se van vigilando los posibles cambios y se verifican los objetivos. Es en esta fase en la que se desarrollan de manera real los modelos de trabajo que emanan del plan de negocio. También se fortalecen las áreas de oportunidad y se vigila que las amenazas estén controladas y no hieran de muerte al proyecto.

Las aceleradoras de empresas son instituciones que ofrecen programas de capacitación, formación intensiva, educación digital y tutorización, con el fin de acompañar al empresario para que pueda adquirir contactos, financiamiento, conocer las mejores prácticas de negocio. El modelo de negocio de las aceleradoras está basado en generar un retorno del dinero invertido en el proyecto desde las primeras etapas, en la medida de lo posible.

Ambas, incubadoras y aceleradoras, son modelos en que los empresarios pueden proteger su proyecto mientras crece y gana fuerza. Además del acompañamiento que ofrecen con la asesoría y consejo de expertos, está la compañía de otros empresarios que van siguiendo el mismo proceso y cuyas experiencias se comparten y sirven de ayuda. Así, como una comunidad que se forma trabajando a un ritmo similar y bajo la misma protección, se forman los ecosistemas virtuosos de emprendimiento.

El último elemento es la apertura a la innovación. En el modelo de siembra de negocios, estar abierto a la innovación significa ver el negocio desde distintos puntos de vista. Es preciso salir del encierro que implica la opinión de uno mismo y del equipo de trabajo y recurrir al exterior. Es decir, apoyarse en las sugerencias de los proveedores, vigilar lo que está haciendo la competencia y, sobre todo, escuchar las quejas y sugerencias que tienen los clientes. La fuente más valiosa con la que se cuenta es la más dura de apreciar. Una queja lleva implícita la sinceridad que emana de la molestia de un cliente. Lo mejor que podemos hacer es atacar de raíz esa molestia y desaparecerla. Si no se puede eliminar, la tarea del equipo será lograr diluirla hasta su mínima expresión.

Hoy, más que nunca, los emprendedores reconocen las ventajas de formar redes de acompañamiento que los ayuden a transitar en el proceso de echar a andar una empresa. La opción de hacerlo en soledad aumenta el riesgo, o adiciona riesgos que pueden ser evitados. Además, al compartir experiencias, los emprendedores se acompañan en los tiempos de espera, se asisten en los momentos de incertidumbre y se forma una red de contactos que más tarde o más temprano servirán para hacer crecer los negocios.

Al sembrar un negocio se pone la responsabilidad en primer plano y la suerte se busca, no se espera. El que siembra, sabe con claridad lo que quiere cosechar y lo que debe esperar. Esta nueva tendencia está echando raíces y dando buenos frutos.

 

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

 

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