Por Gerardo Herrera Villanueva*

En un mundo caracterizado por un cambio generacional que promueve transformaciones mayúsculas como el impulso a la inclusividad, el combate al cambio climático y una mayor equidad de género, las inversiones meramente concentradas en generar ingresos parecen pertenecer ya a un pasado cada vez más lejano. La rentabilidad continúa siendo un factor esencial para las nuevas generaciones, cierto, pero el enfoque para seleccionar los proyectos donde se busca el retorno de inversión se ha transformado de manera considerable.

El concepto de “inversión de impacto”, por ejemplo, ha cobrado una enorme relevancia en años recientes. Una inversión de impacto concilia la intención de producir impactos sociales, económicos y ambientales que sean positivos y medibles con conceptos como ganancias y rentabilidad financiera. La inversión de impacto trasciende el mero compromiso de gestionar riesgos: su objetivo es ir más allá de la obligación de evitar daños y aprovechar el poder de la inversión para generar beneficios para la humanidad en su conjunto.

Los administradores de activos aún no cuentan con estándares comunes para evaluar con rigor el impacto de los proyectos, lo que tiende a producir confusión entre los inversionistas. La creación de estándares claros, transparentes y acordados sobre lo que constituye una inversión de impacto resulta fundamental para movilizar a los inversionistas institucionales y generar la masa crítica requerida para impulsar el cambio. La preocupación no es menor: la sobreutilización de la etiqueta “impacto” puede redundar en el rechazo de una nueva generación de inversionistas que de por sí ya manifiestan una elevada falta de credibilidad en las instituciones y esquemas de inversión convencionales. Sin directrices claras y medibles, el peligro de que el concepto termine por desvirtuarse resulta extremadamente alto. No hay vuelta de hoja: este es el momento de desarrollar principios comunes para administrar esta clase de inversiones. De hacerlo bien, el apetito por la inversión de impacto puede evolucionar al punto en que cada vez más ciudadanos, titulares de pensiones y accionistas exijan que sus activos se gestionen para su futuro y para el beneficio de la sociedad.

Consciente de este cambio de paradigma, la Corporación Financiera Internacional (IFC, por sus siglas en inglés), miembro del Grupo Banco Mundial orientado a promover el desarrollo del sector privado, publicó el 12 de abril los Principios Operativos para la Gestión de Impacto, los cuales están conformados por una serie de directrices que aspiran a convertirse en el estándar del mercado dirigido a la inversión que busca repercutir positivamente en la sociedad de manera rentable, transparente y disciplinada. El desarrollo de los principios corrió a cargo de IFC en colaboración con los principales administradores, propietarios y agentes de activos, bancos de desarrollo e instituciones financieras, así como consultas con diversos stakeholders (grupos de interés) durante un periodo de tres meses.

Hasta ahora, los principios han sido signados por 60 inversionistas de peso completo, entre los que destacan instituciones como AXA Investment Managers, Credit Suisse, European Bank for Reconstruction and Development (EBRD), LGT Impact, Prudential Financial Inc., UBS y Zurich Insurance Group Ltd., por mencionar algunos.

De acuerdo con Creating Impact: The Promise of Impact Investing, reporte publicado por IFC, el apetito global por canalizar inversiones a proyectos de impacto podría ascender a 26 billones de dólares (5 billones provenientes de mercados privados en los que interviene el capital de inversión, la deuda no soberana y el capital de riesgo, y 21 billones provenientes de acciones y bonos comercializados de forma pública). Según Philippe Le Houérou, CEO de IFC, no hay tiempo que perder: “tenemos la oportunidad histórica de impulsar este mercado y generar beneficios inéditos para los habitantes de todo el planeta”.

Las organizaciones que han adoptado los principios poseen en conjunto más de 350 mil millones de dólares en activos con inversiones de impacto y se han comprometido a gestionarlos en consonancia con estas nuevas directrices. Cualquier inversión futura de impacto realizada por los firmantes también se adherirá estos nuevos estándares.

Se puede argumentar que la idea de las “inversiones de impacto” no es precisamente nueva: fundaciones, organizaciones filantrópicas, instituciones de financiamiento para el desarrollo y gestores de fondos especializados han sido pioneros en el espíritu que anima esta clase de operaciones. De hecho, con 62 años de experiencia y una cartera de 57,000 millones de dólares, IFC es probablemente el inversionista de impacto más antiguo y grande del orbe. Lo que sí es nuevo, sin embargo, es la sincronía entre el cambio generacional y la urgencia por cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU trazados para 2030 en materia de salud, educación, agua y saneamiento. Las necesidades de inversión por parte del sector privado en estos rubros son evidentes. La compatibilidad entre rentabilidad e impacto social nunca había sido tan palmaria. Ha llegado la hora de aprovechar la oportunidad. El planeta así lo demanda.

*Catedrático y Director de Comunicación de RiskMathics

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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