16 de agosto de 2017: era miércoles cuando los mexicanos empezaron a reescribir su propia historia, a raíz de los ataques que provenían del norte y que los obligaron a pensar en una nueva forma para fortalecer su economía, hasta ese momento tan dependiente de Estados Unidos. Así es como en el futuro se recordará la fecha en la que formalmente arrancaron los trabajos entre México y su vecino rumbo a la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Después de muchos meses de labores de inteligencia (y lobbying), que dieron paso a varias llamadas telefónicas con personajes clave de Donald Trump, la contratación de uno de los despachos más influyentes en el Congreso de Estados Unidos (Akin, Gump, Strauss, Hauer y Feld) y el cierre de filas en el sector privado, México se declaraba listo para protagonizar una de las negociaciones más importantes de los últimos tiempos, que podría llevar a nuestra nación a una etapa de luminosidad (o todo lo contrario).

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Entre los personajes que estuvieron muy cerca de los trabajos preparatorios destaca alguien que conoce, como pocos, la evolución que ha tenido el TLCAN. Juan Ignacio Gallardo Thurlow, presidente del Consejo de Administración de Organización Cultiba, fue uno de los empresarios más activos en el proceso de preparación del equipo mexicano y quien estaba prácticamente dispuesto, a cualquier hora, a cualquier solicitud de información y asistencia que requirieran las autoridades y los empresarios responsables de defender la postura mexicana frente a los cold fish de Donald Trump.

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El futuro del TLCAN, entonces, ha provocado un evento plausible: el activismo del sector privado alrededor de este tema, la unidad entre líderes y, sobre todo, el reconocimiento documentado (gracias a toda la información recopilada) de las valiosas aportaciones que México otorga a sus socios de Norteamérica y, consecuentemente, de la interdependencia que existe entre varios sectores económicos de los tres países.

Hasta ahí, todo muy bien.

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Sin embargo, dentro del equipo negociador hay preocupación por algunas lamentables prácticas, muy mexicanas que, sobre todo sus pares estadounidenses, usarán para alterar el tono de las conversaciones: la corrupción, el debilitamiento institucional, la falta de Estado de Derecho, la impunidad. ¿Quién se atrevería a tener un socio que no puede (¿o no quiere?) deshacerse de estos vicios? Visto así, la diatriba de Trump es una cosa que, seguramente, tomará otro cariz, gracias al arranque de las discusiones formales para actualizar el TLCAN.

También, se multiplicarán las noticias alrededor de los puntos fuertes de la economía mexicana y hasta la dependencia que Estados Unidos tiene hacia su vecino de sur. El agro mexicano es uno de ellos. En contraste, se derramará mucha tinta para manifestar los grados de preocupación que hay en temas como las reglas de origen, los mecanismos para resolver controversias, el sistema fiscal, la energía y el comercio electrónico.

Pero el punto en el que México no está bien parado es el de la corrupción, y en éste no tiene nada que ver todo el trabajo de inteligencia que se ha realizado. Es el Talón de Aquiles que Estados Unidos utilizará para elevar el costo de esta renegociación.

Conclusión: el enemigo vive en nuestra propia casa.

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