Esto es serio: el argot corporativo ya no se percibe como adecuado. Aun así, está ahí como el dinosauro del cuento de Monterroso. Y no sabemos cuándo estará dispuesto a atacar.

 

Las grandes corporaciones y los pequeños negocios familiares comparten preocupaciones. La ansiedad que causa el proceso para llegar al número fijado que refleje los resultados esperados se encuentra entre quienes trabajan en una compañía trasnacional o en los empleados de la tienda de la esquina. Muchos negocios se parecen, sin importar cuál es el campo de acción en el que se desempeñen. Sin embargo, una diferencia importante la marca el lenguaje. No se escuchan los mismos términos en una fábrica que en un despacho de contadores. Los abogados y los médicos no usan las mismas palabras. Es evidente que cada rama de especialización tiene su propio vocabulario. Pero, de un tiempo a la fecha ha venido floreciendo un tipo de lenguaje que se utiliza en ciertas compañías: el argot corporativo.

El argot corporativo es una especie de jerga utilizada en algunas corporaciones, en ciertos ambientes burocráticos y espacios de trabajo, que pretende generar identidad de grupo. Es el vehículo de comunicación que se maneja para delimitar ciertas áreas de interés, cuyo reto principal –en teoría– es desarrollar un código que facilite el diálogo con todas las áreas de la empresa y círculos de la compañía ajenos a su sector. Al menos así fue concebido en sus orígenes, pero las circunstancias han cambiado y los modos se han abusado. El argot corporativo se ha convertido en una colección de construcciones extrañas, sumamente elaboradas a partir de sintagmas importados de otros idiomas, que se usan para mimetizar el verdadero sentido de lo que se está diciendo. Este tipo de oraciones intrincadas mezclan palabras de varias lenguas y contrastan con el uso sencillo y correcto del lenguaje. De repente, al escuchar estas frases con pastiches de diversos orígenes, como que no se entiende lo que están diciendo.

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Esta costumbre se ha propagado entre ejecutivos de grandes negocios, equipos de marketing, consultores, especialistas en finanzas, leyes o manejo contable. La comunicación se salpica con términos especializados cuya intención es marcar un territorio entre los que pertenecen y los que no forman parte de ciertos grupos selectos. Se pronuncian frases, con gestos de autosuficiencia y aires de grandeza que comunican muy poco. Lo que anteriormente era una costumbre de distinción, hoy en día se está empezando a clasificar como una mala práctica y como motivo de burla para ejecutivos y compañías que patrocinan este tipo de conductas.

 

Daña tu negocio

El argot corporativo está siendo clasificado como una mala práctica, ya que implica conductas despectivas y peyorativas. El argot incluye el largo, complicado y oscuro camino de palabras abreviadas, eufemismos, anacronismos diseñados para quedar bien con el jefe y lograr sentido de pertenencia entre los grupos de la empresa. ¡Fuera máscaras! Estas costumbres son mañas sistémicas que pueden desarrollar y encubrir conductas como abuso, intimidación y acoso, o pueden causar molestia entre los miembros del equipo al nivel de acabar con la cordialidad de las horas de oficina. Se rompe la comunicación. Así, si alguien no conoce las siglas para denominar al plan de trabajo o desconoce el nombre de los formatos o no maneja la nomenclatura en forma fluida, no encaja, queda excluido a pesar de su experiencia. El remate de lo absurdo sucede.

También es un motivo de burlas que se gana el que no conoce el funcionamiento de este tipo de lenguaje, y ¿cómo?, si es difícil desentrañarlo. El argot corporativo no sigue reglas lógicas ni de gramática ni de fonética ni de pronunciación. Se erige como una forma sofisticada de hablar, y no lo es. Hay situaciones en que este tipo de jerga avanza tanto que se vuelve una especie de dialecto independiente. Si el argot corporativo es una práctica común en la compañía y forma parte de la cultura empresarial, el aprendizaje de este idioma debería ser parte del programa de entrenamiento, capacitación y bienvenida. En todo caso, es de mala educación hablar en un lenguaje que otra persona no puede entender, si existe la posibilidad de usar el que sí se maneja.

De acuerdo con Jennifer Chatman, investigadora de la Universidad de Berkeley´s Haas School of Business, el abuso del argot corporativo está dañando los negocios, ya que en vez de propiciar la comunicación, la destruye. Muchos defensores de la jerga gremial sostienen que los términos especializados deben utilizarse en ciertas arenas. Tienen razón, si y sólo si el significado y el entendimiento de una idea no están comprometidos.

No hay que confundir: una cosa es el léxico corporativo y otra el argot. El primero se usa para nombrar en forma técnica, para dar especificidad y evitar confusiones; el segundo propicia el desconcierto. El problema reside en que el argot es una especie de galimatías y nadie quiere compartir las claves para comprenderlo. Según Chatman, “la mayoría de las veces, la intención de quienes lo usan es dar un grado de sofisticación para encubrir carencias de conocimiento. La gente sustituye las palabras simples y claras del lenguaje para esconder insuficiencias de desempeño”.

Hay que tener cuidado. Si te encuentras en una situación en la que tienes que preguntar los por qué, si no entiendes los chistes locales, es probable que hayas caído en las redes venenosas del argot corporativo. La buena noticia es que no se trata de falta de capacidad; el problema es que no manejas los términos de este dialecto. Actualmente, ya no son los del grupo de mercadotecnia o los consultores o los financieros o los egresados de escuelas de alta dirección los que ocupan este caló tan desagradable. Muchos han adoptado esta mala práctica. Por suerte, lo que en el pasado parecía superprofesional y el camino más elegante para demostrar habilidades superiores, hoy se está convirtiendo en una mala práctica y una seña de mal gusto.

El argot corporativo está siendo percibido como una máscara que pretende disimular incompetencia. Para acabar con esta pésima costumbre de denominar cosas con siglas, abreviaturas, reticencias… lo mejor es tomar aire, cambiar el paradigma y tener la originalidad de llamarle a las cosas por su nombre en el idioma oficial del país. Mientras más sencilla sea la palabra que utilicemos, más claro quedará el concepto y se propiciará un proceso comunicativo eficiente y acertado.

 

El antídoto

La advertencia es seria: el argot corporativo ya no se percibe como adecuado. De acuerdo con Harlod Hamm, consejero de Mitt Romney, el argot corporativo es “una de las prácticas más molestas, pretensiosas y sin sentido que el mundo empresarial viene arrastrando como herencia de los yuppies de los años ochenta. ¿Ya se nos olvidó que esas prácticas nos llevaron al fracaso del lunes negro?”

Aun así, el argot corporativo está ahí, como el dinosauro del cuento de Monterroso. No sabemos cuándo estará dispuesto a atacar. Para contrarrestar esta mala práctica lo mejor es aplicar conocimiento y experiencia. El mejor antídoto contra esta verborrea rampante es atacarla con la herramienta de la sencillez del lenguaje y la claridad de las ideas. El reto es uniformizar el vehículo de comunicación que son las palabras. También es una seña de identidad que con más frecuencia se asocia a la incompetencia y la opacidad.

Insisto, el argot corporativo no es lo mismo que el lenguaje técnico. La diferencia es que uno usa neologismos, palabras rimbombantes que carecen de significado y empobrecen la comunicación. No hay forma de confundirlos: el lenguaje técnico aclara términos y es preciso. Si en algún terreno la claridad y la transparencia son elementos importantísimos, es en el de los negocios. Si el lenguaje se ha convertido en una barrera en lugar de un medio de transmisión de ideas, algo debe ser corregido, y mientras más rápido, mejor.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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