Siempre he pensado que el ámbito de los negocios y el terreno profesional se parece mucho al mundo de los deportes. De hecho, muchos líderes empresariales quisieran gozar de la admiración que tienen algunas estrellas deportivas. Un jugador de futbol como Cristiano Ronaldo se convierte en un héroe, lo mismo que sucede con un piloto de Fórmula 1 o un tenista. Los volvemos ídolos, los subimos a un pedestal y desde ahí los admiramos. Nos gusta ver la calidad total con la que llevan a cabo sus tareas, la creatividad que inoculan a su quehacer, la innovación que aportan al deporte y los vemos como titanes cuando pisan el terreno de juego. Por eso, es muy triste ver cuando un héroe se rompe en mil pedazos, como sucedió con Serena Williams al perder frente a Naomi Osaka el juego por el campeonato del US Open.

Evidentemente, la sorpresa de ver que en el primer set, Naomi Osaka, una tenista de veinte años le pasaba como barredora a la experimentada y súper favorita Serena Williams sacó a todo el mundo de balance, menos a la jugadora japonesa. Claramente, se vio que Osaka llegó preparada y concentrada a la cancha Arthur Ashe y sobre todo, llegó con la actitud adecuada. Entró enfocada y no permitió que nada le distrajera de su objetivo: quería ganarle a la que fuera su ídolo por muchos años, a la jugadora de tenis que más admiraba y a la que la vida le había dado la oportunidad de enfrentar en la mejor instancia que hubiera podido imaginar: la final del gran slam.

Por su parte, Serena Williams entró con la seguridad que da la experiencia. Midió a su contrincante. La vio tímida, recogida en sí misma, sin levantar las ovaciones que ella sigue provocando en el nutrido grupo de admiradores que la hemos seguido a lo largo de años de jugar buen tenis. Por eso, ni le dio la mano al principio del juego ni le deseo buena suerte al comenzar el partido. Tal vez por eso, cuando le ganó tres juegos seguidos se le veía tan descolocada, desconcentrada y mirando con desesperación hacía las tribunas en donde se encontraba su equipo y su entrenador.

Ser profesional significa prepararse para todo tipo de situaciones, incluso para entender que te van ganando. Es tener la sangre fría para aplicar los correctivos necesarios y tomar el camino adecuado para recomponer las cosas. Cuando no se es profesional se recurre a los berrinches, a los gritos, a las acusaciones y se culpa a todos en vez de asumir la responsabilidad. El espectáculo que dio Serena Williams a nivel deportivo y a nivel profesional fue lamentable. Recibió un karting —una advertencia— cuando su coach le hizo una señal, lo que está prohibido en tenis. Y, pocos minutos después, rompió una raqueta, lo que le valió perder un punto, tal como lo advierte el reglamento y por último, le gritó al juez de silla, le dijo que era un ladrón, que ella era una madre que educaba a una hija y que no era tramposa. La volvieron a amonestar.

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Esta lamentable situación deportiva me lleva a pensar en cuántas veces en el terreno empresarial y de emprendimiento vemos este tipo de exabruptos. Empresarios que quieren violentar las reglas, emprendedores que apuntan el dedo al entrono para explicar por qué sus productos o servicios no funcionaron, profesionales que pierden en empleo por no haber dado el ancho y en vez de escuchar las advertencias siguen por el camino que los lleva a la perdición. Es triste, pero he visto muchos ejemplos de personas que llegan confiados a una licitación y cuando encuentran a un adversario que está haciendo las cosas mejor, en vez de observar y corregir o de poner atención y aprender: gritan y esgrimen argumentos que no tienen nada que ver para llevar agua a su molino.

Serena Williams es una tenista que tiene muchos años jugando buen tenis. Conoce las reglas y además ya había perdido los estribos en otra final y había recibido un castigo. En aquella ocasión Kim Clijsters ganó porque jugó mejor, no porque hubieran amonestado a Serena. En esta ocasión, el juez, Carlos Ramos, aplicó bien el reglamento, hizo lo que se espera de un árbitro: que aplique la ley independientemente de la fama o del prestigio del jugador. Sin embargo, las autoridades del torneo lo dejaron sin la réplica del trofeo. Es decir, castigaste a Serena y nosotros te castigamos a ti. Es verdad, muchas veces la justicia brilla por su ausencia.

Lo cierto es que la verdad no se puede tapar con un dedo. Ramos hizo lo que debía y Osaka ganó como se debe: con la raqueta en la mano y no con artilugios que buscan distraer al adversario. Ni hablar. Independientemente de todo, Naomi Osaka se llevó el trofeo a su casa. Ella ganó y una vez más. Serena Williams se cayó del pedestal y rompió su imagen en mil pedazos. Serena le dijo a Carlos Ramos: eres un ladrón, yo no soy tramposa, tengo una hija y la estoy educando. ¿Eso que tiene que ver? Pero, si en verdad le importara tanto, no habría montado semejante escándalo que con el tiempo su hija podrá ver cuando tenga edad, porque las imágenes ya corren y recorren todo el mundo. También invocó temas raciales y de discriminación del juez por tratarse de una jugadora mujer. ¡Por favor, seriedad!

Cuando un héroe se rompe en mil pedazos es muy difícil que se vuelva a reconstituir. En cualquier terreno, es fácil esgrimir temas candentes que no vienen al caso para distraer al oponente y apretar botones que lleven al competidor a una mejor situación. Son golpes sucios que se dan para salir del atolladero. También son signos de desesperación y de falta de entendimiento de lo que está sucediendo. Un contrincante profesional hace caso omiso, no se desconcentra y sigue en forma perseverante detrás de la meta.

Insisto, el terreno profesional es muy similar al mundo de los deportes. Siempre podemos aprender de los jugadores lo que nuestras abuelas siempre nos advirtieron: no hay enemigos pequeños. Cualquier evento merece nuestra preparación total y si no estuvimos a la altura de la competencia, siempre queda la galanura de saber perder. Perder será asumir que cometimos un error que no repetiremos la siguiente ocasión. Eso, en vez de patalear, hacer berrinches y rompernos en mil pedazos.

 

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