Sería falso decir que no hemos reído con algún chiste de “chairos” o “fifís”. La mayoría, incluso, ya se han posicionado y ubicado a otros en alguno de los dos bandos.

En torno a estos calificativos hemos leído reflexiones sobre si son negativos o no, e incluso han surgido diversos artículos analizando la génesis de estas palabras y del fenómeno divisorio que les precede. Hay, por otro lado, quienes se alarman falsamente por las formas de la división mientras que, sin pudor y deliberadamente, evaden la vergonzosa realidad que hay detrás de esas tensiones: el privilegio injustificado y la concentración de bienestar en cada vez menos personas, a costa de las grandes mayorías (no sólo en México sino a nivel global).

Por eso, debemos ser capaces de ir más allá en sus implicaciones.

Es preciso que podamos admitir que hay causas profundas que explican esta división y su larga existencia. No debemos caer en la trivialidad de responsabilizar a una persona, como se ha culpado al presidente electo López Obrador, de la fuerza con la que se ha expresado dicha polarización. Es fundamental para nuestro trayecto democrático visibilizar las fracturas con el objetivo de debatirlas y, sobre todo, canalizar soluciones de fondo a través de los mecanismos institucionales que tiene el Estado con las políticas públicas nacionales y con la cooperación internacional, para lograr que esas tensiones disminuyan.

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El riesgo, sin embargo, es que eso no suceda y que, en lugar de resolverse, esas divisiones se intensifiquen en un contexto ya de por sí violento como el que vivimos. Lo que está en juego no es solamente un discurso, sino la promesa de pacificación del país. Hay que decirlo claramente: será imposible tener éxito en un proceso de pacificación si en vez de buscar resolver las tensiones, éstas se usan para alimentar la división y que los grupos de un lado o del otro, tengan ganancias ya sea políticas o económicas.

Es preciso dejar claro que la fuerza con la que ha emergido la narrativa de batalla entre “chairos” y “fifís”, es tan solo proporcional a la fuerza con la que esas divisiones se mantuvieron silenciadas durante años en que las diferencias de clases e intereses fueron “resueltas” a partir del corporativismo y, después, por un discurso hegemónico de progreso y modernidad totalmente desconocido para una gran mayoría de mujeres y hombres en México.

En ese sentido, López Obrador supo darle voz al silencio contenido de una mayoría invisible para el poder político y económico de nuestro país: no sólo las personas en pobreza, sino también aquellos que, acostumbrados a ser de clase media han visto sus ingresos y calidad de vida mermarse frente a la situación económica, la falta de oportunidades para competir en sus mercados debido a la corrupción, y el continuo enriquecimiento de algunos grupos de poder político y económico. Esa parte mayoritaria de la población hoy siente que tiene al próximo líder del país de su lado y ese empoderamiento ha desatado una batalla por las narrativas de la política mexicana. Eso, contrario a lo que dijo Salinas de Gortari hace unos días, puede ser muy sano para la República.

En tan solo dos semanas Andrés Manuel ya será presidente de México, es decir, de “chairos” y también de “fifís”, con todo el poder que estos últimos acumulan, con toda la fuerza que los primeros le dieron en las urnas y con toda la incertidumbre de aquellos que no están ni quieren estar en ninguna de esas dos categorías.

Por eso, no está de más retomar la idea de multilateralismo como un reflejo de lo que debe ser también la construcción de la paz y la democracia al interior de las naciones: tomar en cuenta todas las voces y a todas las partes en una solución específica. En este caso, el Estado determina los objetivos y todas las partes trabajan en la solución a partir de la cooperación, siempre que ésta sea posible. Hoy, la solución de los problemas no puede darse sin la sociedad.

Llegó el momento, entonces, de pasar del discurso de campaña al quehacer del Estado y utilizar todas las herramientas a su disposición: presupuesto, política pública, política fiscal, cooperación internacional, infraestructura, legislación, justicia y todo lo que está al alcance de un jefe de Estado, de manera eficaz, eficiente, transparente y democrática, para darle respuesta a quienes esperan justicia y no quieren ser solamente una nueva caricatura del México del siglo XXI.

Si por el contrario, esta división solo se utiliza por unos y otros para exaltar ánimos, identidades de clase y preferencias políticas, estaremos avanzando en un camino sin retorno cuyo costo será muy alto para el país y para la esperanza de una democracia incluyente.

Parafraseando a António Guterres, Secretario General de la ONU, en su discurso del pasado domingo en París: esto es demasiado importante como para fracasar.

 

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