Se instaló la LXIV legislatura del Congreso y Enrique Peña envió su último informe. A 18 años de la primera alternancia, en México seguimos sin mecanismos republicanos de rendición de cuentas del ejecutivo frente al legislativo.

La nueva legislatura es histórica porque es paritaria; porque desde el periodo 1991-1994 no había una mayoría tan amplia; porque el que fuera partido hegemónico nunca había tenido tan pocos legisladores; porque el partido de izquierda emblemático desde 1988 casi desaparece; por la división del PAN que puede diluir más a la oposición; porque nuevos partidos pueden emerger como la oposición en México.

La reconfiguración del poder implica nuevas narrativas, en lucha desde ahora. No es menor, pues la gran lección de este sexenio es que no importa cuantas veces repitas una frase, si ésta no encuentra sustento en la realidad o en la esperanza (para lo cual se necesita confianza), estás destinado al fracaso.

En ese sentido, lo que vimos el sábado en el Congreso es significativo.

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Muchas personas se alarmaron por los gritos de apoyo a López Obrador. Eso sucedió hace 6 años y hace 12. Pasa cada seis años. Quien no entiende que el partido en la Presidencia apoya a su presidente (hasta que el presidente ponga en riesgo al partido), no entiende el sistema democrático de partidos o engaña a la sociedad. Esto también es parte de las narrativas que están en juego: quién encarna la verdadera democracia.

Si antes la lucha era apodarse del cambio, hoy se trata de contar el cambio, hacerlo perceptible o evidenciar su inexistencia.

En ese sentido, están quienes afirman que la voluntad popular se apoderó, ahora sí del Legislativo; que los treinta millones de personas que votaron por Andrés Manuel y Morena encontrarán eco en las deliberaciones y votaciones. Además, se suman a la exigencia de justicia por casos como Ayotzinapa, conscientes o no de que ese grito ya es una autoexigencia y un compromiso.

La idea de un movimiento social hecho gobierno es muy atractiva pero no poco problemática, pues no necesariamente esos 30 millones comprenden igual el cambio de modelo económico, la justicia o las libertades (ahí las expresiones de algunos grupos contra planteamientos de Olga Sánchez Cordero).

Por otro lado, están quienes responsabilizan a López Obrador y a su partido de cuanto pasa en México, con marcaje personal, aún sin ser gobierno. ¡Se llama democracia!

Lejos del silencio autoritario o irresponsable, el debate ahí esta. Ya escuchamos a Dante Delgado poner a Morena contra la primera cuerda: cumplir su promesa de revertir el gasolinazo; algo complejo para las finanzas públicas.

En México no pararán las desapariciones, la violencia, ni los problemas económicos de un día para otro. Lo que de inmediato puede hacer diferencia entre el próximo gobierno y el actual, es transparencia y rendición de cuentas (políticas y financieras), sentido social de las decisiones, calidad de la deliberación, congruencia, sensibilidad y apertura; de eso depende si se prolonga la legitimidad del gobierno electo. Lograr una narrativa tan eficaz como la construida en oposición.

Por otra parte, de la articulación de una narrativa opositora dependerá la capacidad de presionar al próximo gobierno y quien lo logre se posicionará para las elecciones intermedias. Que los cambios signifiquen mayor calidad democrática, depende de que cada parte juegue bien su rol en esta nueva etapa.

Morena llegó al poder por la habilidad y persistencia de López Obrador en una narrativa convincente para las mayorías. Sus aliados resistieron ser “mayoriteados” y crecieron a la par del descrédito del actual gobierno. Está por verse si aprenderán en cabeza ajena o, como se dice, tendrán una cucharada de su propio chocolate.

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