Por un momento, durante la evacuación del edificio donde laboro, sentí la inminencia de la muerte. Lo sé porque tuve mucho miedo mientras rebotaba de un lado a otro en las escaleras, un tanto por la fuerza del sismo y otro tanto porque no había luz, a la vez que polvo y piedras de la construcción caían en mi cabeza.

Sólo tenía un pensamiento: no me quiero quedar atrapado aquí, quiero ver a mi hija y familia.

Horas antes, participamos en simulacros que salían mal y de los que no aprendíamos nada porque los hacíamos sin ganas y porque la parte más oscura de nuestro orgullo se repetía: “Yo sí sé qué hacer en un sismo”. Una macabra coincidencia nos puso a prueba en todos los sentidos y nos recordó que toda nuestra pedantería a la naturaleza no le importa nada.

Cuando el sismo se detuvo en la tierra, más no en nuestras cabezas, empezaron las explosiones, los rumores, el ruido de los derrumbes y los gritos por doquier. No había teléfono, ni luz y la ciudad se puso caótica en un santiamén. Fue gracias a unos escuetos mensajes que llegaban de forma tímida e itinerante al WhatsApp que supe que mi familia estaba bien. Caminé tres horas por la ciudad y poco a poco me iba enterando de la magnitud de la tragedia. Videos y fotografías nos restregaban en la cara que algo malo había pasado. Igual que hace 32 años.

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A diferencia de 1985, donde tardamos incluso un par de días para entender lo que había pasado, la tecnología marcó una diferencia: supimos en tiempo real lo que sucedía y, más allá de la curiosidad o del temor, eso nos permitió reaccionar rápidamente. En menos de dos horas, ya estaban formados brigadas de rescate y se estaban entregando víveres y medicamentos de forma efectiva.

Paradójicamente, las ganas de ayudar se convirtieron en un problema durante esas primeras horas. Cientos de voluntarios llegaban a los edificios derrumbados con mazos y picos y empezaban a romper el concreto sin ton ni son, poniendo en peligro no sólo a quien intentaban rescatar, sino a ellos mismos. Llegó tanta comida, que fue necesario desecharla o bien se concentró en ciertos puntos, mientras en otros lugares del desastre, escaseaba.

Las redes sociales se transformaron en una especie de centro de información. Por una parte, estaban informando qué tipo de comida, donativos, medicinas o insumos eran necesarios y en dónde y, al mismo tiempo, nos mostraban la situación de la ciudad y la condición de las víctimas. El famoso hashtag #Verificado19S es un claro ejemplo.

Pero no sólo eso, con el paso de los días, las redes sociales se convirtieron una plataforma de fiscalización de las autoridades presionando, investigando y denunciando los actos de rapiña oficial y permitió que la sociedad organizada burlara las ganas de etiquetar donaciones con el nombre de un funcionario o candidato.

Las redes sociales también fueron una opción informativa frente a los medios tradicionales. Ayudaron a desmentir rumores y noticias falsas y fueron una buena medida para evitar la histeria colectiva ante las historias virales que hablaban de profecías, falsos reportes científicos que anunciaban catástrofes mayores o experimentos terribles como la rumorología que rodea al proyecto HAARP. Todo ese contenido que en nada ayudaba, fue rápidamente desmentido.

El Caso de #FridaSofía es emblemático. Toda la explicación del porqué se comenzó a hablar del rescate de una niña que no existía es bastante abstracta; entendimos que Frida Sofía no era tal, sino se trataba de un concepto (o algo así) que impulsaba a las autoridades y civiles a seguir trabajando. Eso no impidió que Televisa hiciera una transmisión de más de 12 horas explotando el sentimentalismo con el que sabe jugar muy bien. Su reportera repetía “están a 5 minutos de sacarla”, “sus padres están conmigo, ya hablé con ellos” y “le están dando agua a través de una manguera”.

Un par de horas después, los padres de los niños del Colegio Rébsamen informaban que el censo estaba completo y que no reconocían a una niña con dicho nombre. Al final, Televisa culpó a las autoridades y todo mundo dio explicaciones que no explicaban nada.

Los protagonistas en positivo de la tragedia son, sin duda, los millennials. Esos jóvenes que pensábamos egoístas y dependientes de la tecnología, guardaron su celular en la bolsa trasera de su pantalón y se pusieron a cargar piedras y transportar víveres.

Leí que quizá estábamos sobredimensionándolos, sin embargo, me da gusto saber que gran parte de esa ayuda necesaria y desinteresada vino de ellos. Las grandes tragedias son sinónimo de grandes cambios, porque el concepto tiene implícito en sí la reconstrucción. Estos jóvenes lo están haciendo bien y, de todo corazón, espero que sus sueños y esperanzas sean la impronta de la ciudad que vamos a reconstruir.

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