‘Después de la Tierra’: Pasar la estafeta

Especial.

 Quizá Will Smith deba olvidarse un rato de intentar cimentar la carrera de su hijo y dejarlo encontrar su propio camino.

 

En un futuro no muy lejano, la humanidad ha terminado con el planeta Tierra y se ha visto en la necesidad de abandonarlo. Su nuevo hogar se llama Nova Prime, pero no todo ha sido miel sobre hojuelas: no está sola en el nuevo planeta y por años ha luchado por establecerse contra las otras razas que ahí habitan. En especial contra los Ursas, seres ciegos con la capacidad de rastrear humanos gracias a las hormonas que secretan por miedo.

En ese pedazo de paraíso, el más grande guerrero de la humanidad se llama Cypher Raige (Will Smith), un hombre capaz de esconder su miedo y “fantasmearse.” Una habilidad muy útil en el campo de batalla y por la que ha sido nombrado general y modelo a seguir.

Pero Después de la Tierra (After Earth, 2013) del irregular M. Night Shyamalan no es una épica a gran escala de la humanidad peleando por sobrevivir en el espacio exterior. No, es una historia sobre dos seres humanos incapaces de conectarse.

Kitai (Jaden Smith) es hijo de Raige y vive con la pesada losa de existir bajo la leyenda de su padre, la presión es tal que le es imposible esconder el rastro de miedo que surge de su cuerpo y no es aceptado en la milicia.

Con la esperanza de que mejoren su relación, la esposa de Raige le sugiere que lleve a Kitai a los ejercicios de entrenamiento de los reclutas. Sin embargo, en el trayecto una lluvia de meteoritos los obliga a aterrizar de emergencia en un planeta en cuarentena. Sólo Cypher y Katai sobreviven, el primero con ambas piernas rotas. Será deber del infante enfrentarse al agreste planeta y lanzar la llamada de auxilio que salvará sus vidas.

Will Smith es uno de los pocos actores en Hollywood que pueden decidir qué hacer y financiar cualquier proyecto con su mera presencia en una marquesina, además de con quién hacerlo. Honor que probablemente sólo comparta con Tom Cruise –que no hace mucho estrenó la tématicamente similar, Oblivion (2013)–, Johnny Depp y Brad Pitt.

Durante la pasada década, el actor eludió entrar al cine de autor o tomar riesgos en cuanto a los papeles que elige. Ali (2001) puede ser localizado como su último intento por sumergirse en aguas más profundas. La falta de peligro en sus elecciones ha provocado un estancamiento en su carrera y Después de la Tierra viene a demostrarlo.

La historia original es invención suya, él eligió a Shyamalan como el hombre indicado para el trabajo, el proyecto como el paso apropiado para cederle la estafeta a su chamaco, Jaden, y decidió que sería mejor hacer esto que Django sin cadenas (Django Unchained, 2012) de Quentin Tarantino.

Aunque es lógico porque Smith no aceptara el protagónico con Tarantino –no podría mangonearlo como hace con la mayoría de los directores que elige para sus películas–, eso no borra que cada fotograma de After Earth lleve impresa la palabra nepotismo.

Ésta es la película de Jaden, no hay duda. Con Will recluido a un sillón por ¾ de la trama, es su turno por brillar y alcanzar un poco del lustre de papá.

Pero no está listo para cargar con ese peso y quizá nunca lo esté, es cierto que había hecho un trabajo aceptable en el remake de Karate Kid (2010), mas en After Earth su presencia se recarga mucho en el puchero y en un despliegue emocional limitado.

Ahí es donde entra a juego Shyamalan. El realizador de origen indio no ha tenido un verdadero hit –o algo que se le parezca– desde La Aldea (The Village, 2004) y carrera parece ir en franco descenso. Qué tiempos aquellos en que era el niño maravilla de Hollywood por El sexto sentido (The Sixth Sense, 1999).

A pesar de no ser una idea suya y estar aquí a sueldo –su nombre ni siquiera se usó para promocionar el filme–, hay en Después de la Tierra algunos rasgos que caracterizan a Shyamalan: la naturaleza que se vuelve en contra de la humanidad, cierto esquema de cuento de hadas, su poca pericia para filmar escenas de acción, etc.

Es lo plano de las secuencias en que Kitai pelea con tigres, monos o criaturas extraterrestres el mayor pecado de la película, no logran transmitir emociones e incluso desatan algunas risas entre los espectadores. Una película veraniega sin eso está condenada al fracaso.

Quizá Will Smith deba olvidarse un rato de intentar cimentar la carrera de su hijo y dejarlo encontrar su propio camino. De lo contrario, es probable que tira la estafeta una y otra vez sin poder alcanzar la meta. O como dice Alex Pappademas de Grantland, habrá otro aterrizaje forzoso en el planeta nepotismo.

 

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