Por Norbert Monfort*

La audiencia entre Winston Churchill y la reina Isabel II de Inglaterra parece tensa. “¿Comenzamos, Su Majestad?

Hay una cuestión de extrema urgencia que eclipsa todo lo demás: los soviéticos y su bomba H, admite el entonces primer ministro británico quien, por su participación en decisiones trascendentes como ésta, es reconocido por todas las generaciones, además de que su rol de líder es prácticamente incuestionable.

Pero en este artículo nos proponemos estudiar su papel como primer ministro después de la II Guerra Mundial, ya en su segundo mandato, en medio de una sociedad (y un mundo) en reconstrucción tras la derrota final de los nazis.

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La formidable serie que ha producido Netflix, The Crown, nos narra la biografía de la reina Isabel II quien, a una muy temprana edad, debió mantener audiencias semanales con un imponente y experimentado Churchill, cuya reputación parecía agrandarse cada vez más.

¿Por qué vale la pena ver esta serie? Una de las razones es porque nos muestra a otro Churchill, uno más viejo naturalmente, pero también más alejado de las verdaderas necesidades de su país. A nivel interno, el segundo mandato no está siendo muy favorable para el primer ministro: hay crisis económica, mucho desempleo, una neblina histórica y tóxica que deja un saldo de 12,000 muertos… El gabinete está impaciente y ya muchos comienzan a dudar de la idoneidad (física y mental) del legendario líder. Incluso la joven reina se pregunta si debe pedirle la renuncia.

¿Y cuál es la actitud de Churchill? Los asuntos domésticos casi no le interesan; su obsesión son las relaciones con las potencias extranjeras, tanto aliadas como enemigas. Su alma de militar y estratega sólo tiene ojos para Estados Unidos, la Unión Soviética y otros asuntos diplomáticos.

De alguna manera, no puede evitar basar su liderazgo en aquello que le dio éxito en el pasado, en aquello que lo convirtió en héroe.

Es vital —le sigue diciendo a la reina a propósito de la bomba H de los soviéticos— que reaccionemos rápido para asegurar la paz que tanto nos ha costado conseguir. Yo soy la persona que debe negociar con los rusos, ya que Stalin llegará a un acuerdo sólo si yo estoy presente”.

Churchill no logra desprenderse del modelo que lo llevó a la gloria, que lo tiene a él en el centro, como protagonista. ¡Cuidado! Un modelo que fue crucial en la década de 1930 y al despuntar la Segunda Guerra Mundial, cuando hizo falta osadía, astucia, valor y estrategia para enfrentarse a un Hitler ante el cual nadie reaccionaba. Pero como bien apunta la serie: “El mundo ha cambiado. La sociedad británica ha cambiado”. ¿Podía Churchill, en su segundo mandato, lograr el éxito con su misma visión de la historia y del mundo contemporáneo?

Su final es bien conocido y no dejaremos el spoiler aquí. Hubo quien alguna vez definió a Churchill como “un gran líder, pero un mal político”. Si pensamos esto en términos organizacionales, podríamos decir que Churchill era un excelente gestor de crisis (sobre todo respecto al cliente externo) pero con grandes falencias en la gestión del cambio (respecto al cliente interno). Esto, sumado a una enorme reputación anclada en importantes victorias y a una cierta arrogancia, más que justificada, conlleva un riesgo: el colapso de la estructura que sostiene a toda una organización.

¿Cuántos casos similares conocemos en los grandes líderes de hoy? Es de vital importancia saber gestionar las crisis, porque asegura la supervivencia, pero es igualmente esencial saber gestionar el cambio, en tanto que la mejor ocasión para hacerlo es cuando estamos bien. Muchos líderes centran su atención en el cliente externo solamente y olvidan a la propia gente que trabaja para ellos, el cliente interno, que necesita siempre de un ambiente adecuado para autodesarrollarse y adaptarse a un mundo cambiante.

La evolución de una figura histórica como la de Winston Churchill nos puede ayudar a ver las distintas caras de un liderazgo efectivo, según la situación y el contexto en el que se opera. Como alguna vez alguien dijo: “Para mejorar, hay que cambiar; para ser perfectos, hay que cambiar todo el tiempo”.

*CEO de Monfort Ambient Management y profesor del ESADE.

 

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Twitter: @monfortnorbert

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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