Al menos tres de las encuestas más importantes publicadas en los últimos días –Reforma, Parametría y El Financiero-Bloomberg—muestran una ventaja cada vez más amplia de AMLO sobre los demás candidatos. Lo que varios pronosticaban como una elección que se iría cerrando conforme pasaran los meses y se acercara la jornada electoral, parece haberse convertido justo en lo opuesto: un proceso en el que el candidato puntero podría obtener una votación por encima del 50%, como no se había visto desde la de Ernesto Zedillo en 1994, quien ganó entonces con 48.6%. La ventaja creciente de AMLO también se refleja en la posibilidad de que su coalición pueda obtener ventajas claras en el Congreso y llevarse entre cuatro y seis gubernaturas en disputa.

Las razones de fondo –se ha dicho en muchos espacios—tienen que ver con el hartazgo de una sociedad agraviada por la violencia, por la inseguridad y por los escándalos de corrupción que han quedado impunes. Estas razones favorecían desde el inicio un escenario electoral en el que “el cambio” debía ser el concepto central alrededor del que tendrían que girar las campañas.

Estaba claro que AMLO representaba una alternativa clara al sistema actual, pero al inicio el equipo de Anaya también entendió el contexto y definió como eje rector la idea del “cambio inteligente”, que, además de interpretar bien el momento, tenía contenido emocional y, lo más importante, un objetivo moral público. Por una parte, marcaba una línea de ruptura con el sistema actual, encarnado en el PRI y el gobierno, a quienes responsabilizaba de la corrupción, de la violencia y la incertidumbre actual. Por el otro, también insistía en que el cambio que encabezaba era cualitativamente distinto del de AMLO, a quien definía como anclado a un pasado populista que no había dado los resultados esperados y que, antes bien, había generado severos lastres al país. La elocuencia de Anaya junto con una comunicación efectiva de su eje rector en sus spots y mensajes lo llegaron a colocar en febrero a menos de diez puntos de AMLO.

Los problemas, sin embargo, comenzaron muy pronto. A través de la PGR se abrió una investigación contra Anaya por presunto lavado de dinero con gran difusión en comunicados y redes sociales de la propia institución, que hasta publicó un video del candidato y su equipo en la entrada de las instalaciones de esa dependencia. Si bien su estrategia de comunicación contraatacó al responsabilizar al gobierno federal de montar una campaña de desprestigio -y amenazar directamente al presidente Peña con meterlo a la cárcel-, la acción de la PGR resonaba con uno de los negativos de Anaya: el supuesto de que “le gusta el dinero”.

PUBLICIDAD

Anaya, no obstante, pudo recuperar algunos puntos luego de que, en la mayoría de los sondeos, se le viera como el ganador del primer debate del 22 de abril. Sólo para que, unos días después, se le viera insistiendo en un acercamiento con el PRI para formar una gran coalición de facto, con el argumento de que él era el único capaz de derrotar a AMLO. Para muchos, estas acciones lo identificaban con otro de sus negativos: el supuesto de “ser capaz de cualquier arreglo con tal de lograr el poder”.

En comunicación política resulta crucial recordar que, al definir un eje rector, no sólo es fundamental apegarse a él, sino recordar que, si es congruente con la identidad del candidato, se fortalece su legitimidad y se le blinda contra ataques. No es casual que la inconsistencia de Anaya –vista hoy como mera oposición desesperada a AMLO— se refleje en las encuestas. Vale la pena peguntar, ¿qué queda entonces del “cambio inteligente”?

 

Contacto:

Correo: [email protected]

Twitter: @mag1970

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

esposas-candidatos-presidenciales
Última llamada para el compromiso con la mujer
Por

El tercer debate será la oportunidad de los candidatos para dejar claro qué pretenden hacer en materia de equidad y géne...